Sanamente

Fue sin querer…

Caso:

Pablo no puede quedarse quieto, un desagradable sentimiento lo invade y solo atina a caminar agarrándose la cabeza casi con desesperación. Un nudo en la garganta no lo deja respirar mientras en sus oídos resuena una y otra vez ese crashhhhh y los gritos… Los gritos de un niño al que no se animó a mirar. La ambulancia, la policía, la gente, todo en un instante, casi sin saber qué pasó. El no iba rápido, tan solo fue un instante de distracción, la bici que volaba, el parabrisas que estallaba en su cara y el caos.

Jamás pensó que algo así podía pasarle. Si pudiera volver el tiempo atrás, tal vez no atendería esa llamada en su celular.

Ya es tarde, solo le queda esperar que el niño sea fuerte y sobreviva. Por momentos solo espera que no esté lastimado y que todo haya sido una pesadilla; sería lo mejor para él. Si no fuera así tal vez quede como homicidio culposo, pero homicidio al fin. Y esa palabra se torna un eco torturante.

En el caos de sus pensamientos, recuerda un episodio de su niñez y la angustia similar a la de hoy. Está muy claro en su memoria el momento en que sin querer empujó a un niño más chico por la escalera de la escuela. Recuerda como su sonrisa pasó a ser una mueca cuando al final de la rodada el niño no se levantó y hubo que llamar a la ambulancia.

En ese momento no era consciente de las consecuencias de sus actos. A partir de entonces este tema le provoca un recuerdo doloroso. Al igual que entonces hoy siente que sus actos tienen consecuencias no deseadas que tal vez pudo prevenir y solo atina a murmurar: «Fue sin querer, no me di cuenta…»

 

Comentario:

Asumir la responsabilidad de las decisiones y actos requiere un aprendizaje permanente que se inicia en la infancia. Implica la toma de conciencia de los confines de un territorio propio o personal y uno ajeno.

Una piedra arrojada a una laguna genera movimientos en el agua que perduran y se extienden más o menos según sea el tamaño de la piedra y la fuerza con que haya sido lanzada. Igualmente en la vida cada decisión para hacer algo o no hacerlo, para tomar una acción u otra genera siempre repercusiones.

Tomar conciencia de estas consecuencias en la vida personal y en la ajena requiere un largo camino. Implica conocer las propias fuerzas o debilidades y especialmente ser consciente de la existencia de un mundo ajeno similar al propio. En el que ese «otro ser» tiene sentimientos, necesidades, fortalezas y debilidades como las propias, aunque diferentes en sus tonalidades y contenidos.

La conciencia de ese «mundo afectivo del otro» requiere del acceso al conocimiento de un límite. El niño reconoce sus propios sentimientos y necesidades accediendo a reconocer similares en el » otro» a partir de las señales de la existencia de un límite demarcatorio que debe comunicarse adecuadamente.

Si este límite no se mostró convenientemente, el niño no adquiere la capacidad de reconocer el momento en el que sus acciones invaden el mundo o territorio ajenos. Inevitablemente las consecuencias de esta invasión se verán en ese mundo invadido, pero también en el propio.

La ausencia de respuesta por indulgencia frente a un niño que lastima una mascota, golpea o muerde a otro niño o adulto no le ayuda a conocer el «mundo afectivo» de ese otro ser al que sus acciones «invaden». Ese desconocimiento del límite invadido no le permite imaginar las consecuencias de sus actos.

Este ejercicio no implica devolver «ojo por ojo y diente por diente». Significa facilitar al niño la «representación» del «mundo del otro», su reconocimiento y el respeto por sus límites. El uso de la imaginación para suponer las consecuencias de los actos es suficiente como herramienta.

Las repercusiones de los actos o decisiones no están solo teñidas de dolor o molestia. En igual sentido el niño también aprende que su sonrisa produce satisfacción en el «otro» y le franquea mayores posibilidades de encuentro.

Según exista conciencia de estas repercusiones desde pequeños, se facilitará o entorpecerá el desempeño de una persona en su vida adulta. Cuanto más tardíamente se adquiere este conocimiento seguramente más serán las posibilidades de enfrentarse a situaciones no deseadas y en apariencia «sorpresivas». Por supuesto cada ocasión se seguirá de la convicción de «tener mala suerte», «ser un perdedor» o similares, que solamente confirman esa incapacidad para ser protagonista de la propia vida.

En el caso de hoy, Pablo, si bien tiene en el recuerdo las consecuencias no previstas del empujón que diera a un compañerito en su infancia, no ha podido adquirir aún la capacidad de anticipar la repercusión de sus actos. Al menos es capaz de ver sus errores con posterioridad a cometerlos. La posibilidad de «imaginar» o «prever» será un nuevo aprendizaje en este camino que hoy le cobra un peaje muy alto.

Con frecuencia quienes suelen enfrentarse a situaciones aparentemente sorpresivas han sido en realidad sus propios gestores. Su falta de conciencia sobre las repercusiones de sus actos para sí mismos y para los demás los toma luego por sorpresa. Surge así la conocida frase: «Fue sin querer», o «no me di cuenta» que se repite invariablemente en distintas circunstancias.

Esta columna y las anteriores están disponibles en www.prosalud.com.uy. Dra. Almendras. Informes y Seminarios 4099983

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