Entusiasmo que se contagia de un país latinoamericano a otro
Victoria y Maximiliano viven desde abril en un apartamento en Ecuador. Ese es su hogar y al mismo tiempo, la oficina de Un Techo para mi País.
Días atrás conversamos con los uruguayos que están trabajando para implementar el programa en Ecuador. La responsabilidad es doble, ya que además de poner en marcha la organización, están en un lugar que tiene «escasa cultura de voluntariado», según contaron.
Año intenso
Varios han sido los voluntarios de Uruguay que han colaborado en la implementación del programa Un Techo para mi País, en distintos países de América Latina. Cabe recordar que el objetivo de la institución es estar presente en todos los países de Latinoamérica en el año 2010.
A comienzos de este año Victoria Blanc, fue seleccionada como directora comercial de Un Techo para mi País en Ecuador, mientras que Maximiliano Pérez, fue nombrado director social.
La tarea de implementar el proyecto no fue fácil, puesto que el trabajo arrancó de cero.
«Cuando llegamos no había ‘Techo’, y teníamos el contacto de un chico que quería ser voluntario; nosotros presentamos nuestro proyecto, él nos presentó su grupo de amigos, que a su vez trajeron otros amigos y empezamos a hacer contactos en las universidades para ir a dar charlas», explicó Blanc.
Luego ubicaron cuáles eran las áreas de extrema pobreza; estudiaron el contexto político; la realidad de las empresas y las experiencias de las organizaciones, entre otras cosas.
Hasta que finalmente, a pocos meses de trabajo, concretaron la primera construcción en Quito, con la presencia de 65 voluntarios. En las siguientes jornada, el número de jóvenes aumentó, y actualmente hay 45 voluntarios que participan en forma permanente y cientos más se unen para cada construcción.
«Nuestro objetivo es formar un grupo para consolidar la primera etapa: la de construcción de viviendas de emergencia, enfocándonos en la Sierra, en lo que sería Quito y los centros poblados de su alrededor. Porque Ecuador tiene la Sierra, Oriente y la Costa, son como tres países en uno; culturalmente muy diferentes», describió Maximiliano Pérez.
Nueva realidad
Además de encontrarse con un país culturalmente dividido, ambos voluntarios explicaron que los estudiantes universitarios están muy alejados de quienes viven en condiciones de pobreza. «Todo está dentro de la universidad para que no tengan que salir a buscar nada afuera, por eso no se vinculan con ninguna otra situación, ni realidad. Los chicos quedan muy fuera de la realidad», reflexionó Blanc.
A esto se suma la escasa cultura de voluntariado que hay en la sociedad, puesto que la mayoría de las personas que desarrollan esa tarea son extranjeros que permanecen un tiempo en el lugar, aprendiendo a hablar el idioma español y luego se van.
Los uruguayos también tuvieron que aprender sobre las costumbres y tradiciones de los habitantes de los pueblos, puesto que «como tienen fuertes tradiciones indígenas, nos costó diferenciar hasta dónde era la situación de pobreza y hasta dónde su forma de vivir, su cultura y sus tradiciones», dijo Blanc.
En cuanto a las condiciones de pobreza que viven allá, explicaron que la gente no habita en ranchos de chapa y cartón, como en Uruguay, sino que en casas de adobe que se encuentran en mal estado porque tienen más de 50 años. Ahí llegan a vivir hasta tres o cuatro familias en una casa de un solo ambiente. A pesar del estado de las viviendas de adobe, cocinan y pasan la mayor parte del día en ellas, y utilizan las de emergencia solamente para dormir.
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