SANA-MENTE

¿Dónde está la abuela?

Caso:

Pablo sospecha que algo anda mal. Todos en la casa se ven preocupados. El teléfono no para de sonar y cada ring es recibido con un sobresalto. Desde anoche sólo se escuchan murmullos, corridas y de pronto un silencio extraño parece envolver la casa.

Ese día Pablo no fue a la escuela. Le dijeron que después le explicarían, pero sucedieron más hechos extraños sin ninguna aclaración. Martha está con los ojos rojos e hinchados, como si hubiera estado llorando. Pablo le ha preguntado el motivo y sólo recibe respuestas evasivas, «es sólo que hoy no me siento bien…». Pablo tampoco se siente bien, no sabe qué le pasa pero tiene ganas de llorar, aunque tampoco sabe por qué.

Ha intentado buscar su refugio habitual, en el cuarto de la abuela. Y ella en su cama mullida, tendiéndole los brazos que se cierran en un arrumaco dulce y tranquilizador.

¡Abuela!, el grito se le ahoga en la garganta, ¡no está la abuela!, ¡no está la abuela!

¡Ma!!! ¿Dónde está la abuela? Solloza mientras Martha no consigue articular una palabra. Pablo está temblando mientras grita es ¡mi culpa!, ¡es mi culpa!, yo no le hice caso…

Martha intenta vanamente explicarle que no es su culpa, que la abuela estaba muy enferma. En su cabeza las preguntas de agolpan sin respuesta: ¿Cómo explicarle lo sucedido? ¿qué palabras usar? ¿Podrá entender que su abuela no estará más esperándolo al volver de la escuela? Además del propio dolor, ¿cómo explicarle a su pequeño la muerte?

 

Comentario:

La muerte es una etapa del ciclo vital de cuyo transcurso tenemos total certeza. Sin embargo, la vivencia de la muerte de un ser querido es uno de los períodos de mayor incertidumbre. Se inicia entonces una etapa de incredulidad, en ocasiones negación, dolor, rabia, finalmente tristeza y resignación denominada «duelo».

Como en el caso que comentamos, Martha está enfrentada a su propio dolor y al mismo tiempo debe contener a Pablo y ayudarlo a que supere esta etapa de vulnerabilidad de la mejor forma posible.

No es habitual que las personas estén preparadas para enfrentar una pérdida afectiva de la magnitud que conlleva la muerte de un ser querido. Por ello la situación de Martha se torna doblemente difícil. Pablo enfrentará la muerte de su abuela de la forma en que lo haga Martha sumando ciertos aspectos particulares debidos a su niñez.

Los hechos que rompen la rutina cotidiana son percibidos por Pablo generándole malestar aún antes de percatarse de la ausencia de su abuela. El llanto de Martha sin explicaciones o con evasivas que no lo conforman va incrementando la ansiedad que genera la comprobación de la ausencia.

Pablo se encuentra así, de pronto, sumido en un mundo de incertidumbres, de preguntas sin respuestas que son exigidas a una atribulada Martha.

Por la natural dependencia de los niños, la ausencia es vivida como abandono. La necesidad de buscar explicaciones a la muerte que se desconoce como parte del ciclo vital puede, como en el caso de Pablo, relacionarse con una causalidad mágica. Se asignan entonces a acciones u omisiones el peso mágico de culpas inexistentes que complican la elaboración del duelo.

La tristeza de la pérdida es inevitable, sin embargo el dolor es aún mayor si las circunstancias se rodean de mayor incertidumbre y culpa. Por ello es necesario dar información de los hechos sin dramatismos ni fantasías y en forma sencilla a medida que van sucediendo. Esto oficia de preparación para un posible desenlace, que puede ser así explicado en alguna medida en forma más natural.

La negación de algunas de estas circunstancias entorpece la elaboración normal del duelo. Es necesario entonces que el adulto asuma una actitud lo más serena posible, asegurando al niño todo el apoyo afectivo alejando el desvalimiento del abandono. La aceptación de la muerte como parte del ciclo vital puede ejemplificarse con situaciones del mundo animal u otras experiencias conocidas por el niño.

Las respuestas frente a preguntas existenciales requieren del adulto la mayor honestidad con respecto a sus creencias. Si no se tienen, es mejor admitir el desconocimiento de algunas explicaciones que intentarlas sin convicción.

Es importante aceptar en lo personal y en el niño, la necesidad de hablar de lo sucedido, expresar los sentimientos y revalorizar los recuerdos afectuosos.

Ayuda en la aceptación y elaboración de la pérdida, la realización de un ritual de despedida. Es una forma personal de cerrar esta etapa con acciones que simbolicen el afecto y las vivencias compartidas con el ser ausente. Las posibilidades son tan innumerables como personales: una carta, una canción, un objeto, una frase particular y propia del ser querido, etc,

Se convierten en ritual de despedida en tanto se adjudique a esa situación u objeto el significado de testimonio de la relación que se valoriza en la dimensión afectiva y es el adiós sereno a una etapa que se cierra y se recordará siempre.

Poco a poco, el dolor da paso a la tristeza, resignación y serenidad. Imperceptiblemente se reinician las actividades cotidianas y se reorganizan los proyectos pendientes. La vida con las exigencias cotidianas y presentes ayuda a superar esta etapa de dolor, cuyo saldo agrega a las experiencias vividas madurez y serenidad.

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