
El hombre había acusado a la mujer ante tribunales australianos de ser “una loca enferma que abandonó a sus hijas” para radicarse en España junto a su actual marido. La mujer lo denunció por una golpiza, amenazas, atentados, e incluso, por el secuestro de las tres niñitas que trajo a Uruguay sin su permiso.
Nada pudo confirmar la policía de Melbourne, pero la mujer debió mudarse de Australia a España, tras padecer un atentado a balazos, varios seguimientos por la calle de vehículos desconocidos, así como una intromisión en su auto y en su casa, donde los policías hallaron evidencias de un posible delito pasional.
Ya en junio, la mujer viajó de España a Uruguay a buscar a sus hijas para un planificado paseo a Bariloche. El hombre nunca se presentó en el aeropuerto y días antes le prohibió acercarse. Las tres niñas parecen temer represalias de su padre; una de ellas admitió que llegó a inventar que su madre la castigaba.
La negativa del hombre a cumplir lo pactado en Australia (motivo de otro juicio iniciado en España), derivaría en un tercer juicio, ahora en juzgado uruguayo; además, los derechos de las niñas a estar con ambos padres están amparados por convenios de las Naciones Unidas, resoluciones que Uruguay debe acatar.
Aconsejada por psicólogas sociales que trabajan para los tribunales de familia de la ciudad de Melbourne, la mujer aceptó que las tres niñas regresaran junto a su padre a Uruguay. A cambio, se acordó un régimen de visitas para que su madre pudiera pasar las vacaciones junto a sus tres pequeñas en Europa.
El acuerdo se firmó el 29 de enero de 2008. La pareja se distanció en junio de 2006. Estuvieron casados desde 1992. Había transcurrido casi un año desde el 10 de enero de 2007, el último día en que las niñas vivieron con su madre. La actitud del hombre le costó a la mujer 31 mil dólares en abogados.
“Llegó el padre hecho una fiera”, relató la mujer que estaba en su casa, con sus tres niñas, ya acostadas, en un nuevo hogar que trató de construir para seguir residiendo en Australia, cerca de sus hijas. “Golpeó y gritó, y pegó en las puertas y ventanas”. El padre le ordenaba a las menores que regresaran con él.
“Yo me paré atrás de la puerta de la cocina, cerrándola con llave”, pero las niñas estaban “tan asustadas” que eligieron escapar “por la ventana del living”, dijo la mujer.
Durante el juicio, un funcionario diplomático uruguayo designado en Australia se jactó ante la mujer argentina de tener potestades para enjuiciarla en nombre del Estado Oriental. Y ante los tribunales de familia de Melbourne declaró tener fondos para costear los pasajes del ex marido denunciado y de sus tres hijas.
El diligente diplomático desapareció de escena y evitó volver a mantener todo contacto con el asunto, apenas la mujer le advirtió que recurriría al amparo y al asesoramiento jurídico del Consulado argentino en la ciudad de Melbourne. No sería de extrañar que la posición del funcionario fuera escudriñada en el juicio.
Al parecer, el diplomático habría actuado bajo engaño del marido, quien aún hoy dice tener en exclusividad la custodia y la tenencia de las menores, como si la madre de las niñas hubiera sido castigada por los tribunales australianos con la pérdida, tanto de sus derechos como progenitora como de ver a sus hijas.
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