TIENE LA PALABRA
Aniversario de la Batalla de Carpintería
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens.
El pasado día 19 se conmemoró un nuevo aniversario de la Batalla de Carpintería, librada el año 1836 a orillas del arroyo homónimo un afluente del río Negro en el departamento de Durazno- entre el ejército gubernista al mando de Ignacio Oribe, hermano del presidente de la República Manuel Oribe, y el revolucionario, a órdenes de Fructuoso Rivera.
Dicho enfrentamiento ha pasado a integrar el nomenclátor histórico del Uruguay, debido a que en el mismo hicieron su aparición pública las divisas que identifican, hasta hoy, a nuestros partidos fundacionales.
La anécdota es muy conocida. Surgió, la divisa blanca, por decreto gubernamental de 10 de agosto de aquel año. Nació, la colorada, despuntada de los forros de los ponchos gauchos, en algún rincón impreciso de la campaña.
Escribía, hace unos años, el profesor Carlos Cigliutti al respecto: «En rigor, el choque primero, definió los partidos. Porque la divisa blanca habría tenido el mérito que su autor buscaba, si su uso hubiera sido espontáneo y desinteresado. Pero no fue una invitación la de su uso: fue una imposición. No por solidaridad sino por obligación, la gente usó la divisa uniformadora y anticipó así la homogeneidad igualitaria del mandato. En cambio, Rivera usó la divisa colorada porque no tenía otra a mano. Y la gente sintió el significado del símbolo y lo usó con orgullo recordando sin duda, el vigor de la sangre derramada por la libertad nacional».
Y acertó el profesor Cigliutti al delimitar los campos. Pues en aquella lucha fratricida, comenzada en Carpintería y culminada dos años más tarde con la victoria de los revolucionarios y la renuncia del primer mandatario, el enfrentamiento civil excedió los límites de lo meramente político para expandirse a lo profundamente social.
Dos series de argumentos abonan la afirmación precedente.
Primero: del lado del presidente Oribe militó lo más selecto del patriciado, especialmente el ligado a la gran propiedad rural, amiga del orden y la «paz social» y contrario, en general, a los caudillos depredadores de haciendas, sean estos los de la alborada de 1811, los de 1820 o los de los primeros tiempos de la independencia. Mientras que, junto a Rivera se congregó la porción más numerosa de los «pequeños hacendados y peones», basamento de su prestigio en la campaña, como reconocería el historiador Alfredo Castellanos.
No en vano es que el profesor Juan Pivel Devoto diría de él, que se trataba de «un hijo auténtico de la revolución con las virtudes y los defectos inherentes a la época y al medio en que había formado su personalidad», que «se daba sin tasa sólo a los humildes». O que Reyes Abadie y José Claudio Williman le definieran como «militar guerrillero de legendario prestigio y caudillo de la plebe campesina». O que el cónsul inglés Mr. Hood, afirmara que el poder de Rivera en la ocasión descansaba «en el elemento popular y el populacho».
Segundo: resaltar un aspecto atinente a las apoyaturas sociales de Rivera durante toda la campaña de 1836-1838, tanto en lo relativo a la composición de sus milicias como al tendido de redes de lealtad política en la esfera de la «opinión pública», cual es el componente indígena guaraní misionero. Está harto probado que el elemento perteneciente a esta etnia y sus descendientes constituyó, en el período que va desde la conquista de las Misiones en 1828 hasta la hecatombe de India Muerta en 1845 ya en plena Guerra Grande-, fuente de fervorosos partidarios para el caudillo. El militar argentino Tomás de Iriarte insertó en sus memorias que Rivera, cuando Carpintería, «engrosó su fuerza con los indios misioneros de la colonia del Cuareim», agregando además que «estos indios le eran muy devotos».
El presidente Oribe escribía a Juan Antonio Lavalleja cuatro días antes de la batalla: «Estoy persuadido que no debemos contar con los indios para nada, pues son decididos esclavos de Rivera, y no conocen derecho, ni justicia que se oponga a separarlos de dicha servidumbre». Asimismo, dos días luego de concluida le expresaba: «…sea inexorable mayormente con los tapes, a fin de que no nos quede ningún vicho de éstos». Manifestación, la última, incubada seguramente al calor de la lucha, pero que no denotaba afán exterminador alguno de parte del mandatario.
Una observación final al respecto. La parcialidad de los guaraní misioneros se constituyó, históricamente, sobre el territorio de la Banda y de la Provincia Oriental primero si nos referimos a la «Patria Vieja» y luego sobre el novel Estado Oriental del Uruguay si hablamos de la «Patria Nueva» en parte sustancial del caudal demótico de nuestra campaña. La mayoría de los soldados del primer ejército de la República se integró con tapes. Asimismo, las peonadas de las antiguas estancias del país. El general Rivera fundó en 1833, con indígenas procedentes de Bella Unión, el pueblo de San Borja del Yi en las proximidades del Durazno. Fernando Tiraparé, cacique guaraní y primer «Comandante de los Naturales» de San Borja, fue un ferviente partidario de don Frutos. A su muerte, su cargo sería heredado por su esposa Luisa Tiraparé, más conocida por el apodo de «La Capataza».
Muchos borjistas habrían de ceñir, cuando Carpintería, y en circunstancias posteriores, divisa colorada.
¿Qué tenemos, entonces? Un caudillo surgido de la entraña de la convulsión revolucionaria y la lucha por la organización nacional Rivera, y un pueblo, de los «originarios» del continente, el de presencia más relevante en la región el misionero; ambos íntimamente consustanciados. Véase allí la faz más eminentemente americana del Uruguay del siglo XIX.
ATILIO CONDE NELSON DELLEPIANE [email protected]
Madera, madera (buena y nuestra)
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Hace unos años los justos para haber tenido hoy árboles con 20/25 centímetros de diámetro de fuste exhortábamos desde otras páginas a la plantación en serio y en serie de especies exclusivamente maderables, destinadas a la fabricación de muebles, aberturas, revestimientos, artesanías, construcciones navales, y todo un etcétera de piezas que requieran madera, madera de verdad.
Va de suyo que el fin de estas plantaciones excluía la proveeduría de leña, celulosa, puntales, tablas para encofrados, conglomerados, etcétera.
Las especies elegidas, por su probada y buena aclimatación y desarrollo, con crecimientos, incluso, superiores a los habituales en sus lugares de origen: fresnos, arces, paraísos, plátanos, acacias negras, robles, nogales (pecan), olmos…
Yo no sé si existe alguna ley que imponga a los forestadores y a los propietarios de la tierra estancieros, principalmente la reserva obligatoria de un porcentaje de hectáreas para la plantación y el cuidado de alguna de las variedades mencionadas, independientemente de los planes masivos de eucaliptos y pinos.
Una vez cercado el predio elegido un rinconcito en uno de los potreros más aptos hay sí que cuidar el plantío de sus enemigos de siempre: hormigas, liebres, sequía, sobre todo en los primeros tiempos. De las enfermedades nadie está libre, pero no hay duda de que hay especies más sufridas que otras.
Alcanzado cierto desarrollo, la plantación se vale sola si prescindimos de raleo, operación que puede superar hasta con creces el costo de la mano de obra, al venderse o utilizarse los troncos abatidos.
Cuando se dice que no es cuestión de plantar cualquier cosa y en cualquier lado, quiere decirse que además del asesoramiento debido respecto a la relación tierra-clima-árbol, hay que pensar, en el caso de su comercialización, en el flete en función de las distancias.
El árbol no es ningún miste
rio, crece para arriba y para los costados y todos los días un poquito más; del negocio que supone plantar especies maderables basta con saber el precio actual de sus equivalentes importadas y las que no se traen por su alto precio.
Dado el primer paso, rota la inercia de la plantación de especies finas, ya irán apareciendo los viveros proveedores.
Lamentablemente sabemos que la forestación -este tipo de forestación- es un poco como el ahorro: siempre parece tarde para comenzar.
Atentamente
EDUARDO MARTINEZ ROVIRA
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