SANA MENTE
Caso:
Carmen es consciente de que la sanción de la que acaba de notificarse en su trabajo es merecida. En los últimos meses no tuvo más remedio que faltar y lo peor de todo es que en varias ocasiones ni siquiera pudo avisar. Está aturdida por sus problemas y arriba el cambio de sección… «Todo está mal», piensa Carmen mientras se le caen las lágrimas. Las inasistencias y llegadas fuera de hora tiran por tierra sus sueños de ascender a pesar de sus años de experiencia.
Pablo no entiende lo que le pasa y le repite una y otra vez: «No servís para nada, yo te lo dije». «Por qué no desaparecés de una vez». «No me llames más, encima de que pago tus cuentas y te doy un lugar donde vivir, me molestás con tus llantos y problemas», «ya te dije que no quiero saber nada de ti».
Carmen tiene miedo que su marido se canse de ella. Por eso calla y se disculpa. En el fondo sabe que Pablo en cualquier momento la puede dejar en la calle. La aterra esa posibilidad ya que su sueldo no le alcanza para vivir. Las cuentas la desbordan y prefiere aguantar los gritos de Pablo antes que quedarse sin su apoyo.
Se siente tan poca cosa, que vivir sin esa ayuda le parece imposible. Solo ha nacido para sufrir. En ocasiones este pensamiento la atrapa y prefiere quedarse en la cama arrollada, rumiando sus penas. Es así que sus faltas al trabajo se acumulan junto con los respectivos descuentos. Este mes deberá pedirle nuevamente plata a Pablo.
Siempre supo que Pablo era todo para ella. Solo él sabe tomar decisiones aún en circunstancias difíciles. Lo admira aún hoy, que a pesar de estar divorciándose, siente su protección y necesita su aprobación en todo lo que hace. Por eso lo llama frecuentemente y le cuenta todo lo que le pasa.
Pablo está cansado de ella, se lo ha dicho en reiteradas oportunidades. Cada conversación con él termina inevitablemente en insultos y descalificaciones, pero Carmen está convencida que sin él, ella no podrá enfrentar nada en la vida. Con esa certeza prefiere escuchar sus gritos y seguir consultándole sobre todo lo que le pasa.
Comentario:
La vida adulta en términos generales, se acompaña de grados suficientes de autonomía, que habilitan la toma de decisiones responsable, a los efectos de alcanzar los objetivos que se persiguen. Esta toma de decisiones responsable, es lo que diferencia a un adulto de un adolescente o un niño.
Carmen, si bien es adulta, vive sola, tiene un trabajo, no ha desarrollado la capacidad de decidir en forma responsable sobre su vida. Necesita siempre la «aprobación» o «permiso» de Pablo. De esta forma su vida no es autónoma, es dependiente.
La dependencia, como en este caso, no solo es económica, también es afectiva. Solicita siempre la intervención de Pablo a pesar de saber que será maltratada. Paradójicamente, cuanto mayor es el maltrato, mayor es la necesidad de aprobación.
El maltrato al menoscabar la autoestima de quien recibe los insultos y descalificaciones, va generando mayor inseguridad en sí mismo, mayor indecisión, confusión, etc. De esta forma, si bien Carmen teme el maltrato, la impotencia de sentir la desconfianza en sí misma y desvalorizada, hace que acepte pagar cualquier «precio» a cambio de esa «tutela psicológica» de Pablo.
La carencia de los grados necesarios de autonomía para una vida adulta plena, es producto de una niñez y adolescencia en situación de maltrato o de sobreprotección. Ambas circunstancias determinan la imposibilidad de adquirir confianza en los propios valores y asumir responsabilidades graduales acordes con la edad y las circunstancias.
Se pierde poco a poco, la capacidad para discernir aquello que se quiere alcanzar, es decir tener claridad sobre los objetivos personales y luchar por ellos. La inseguridad personal es tal, que la confusión y la duda alcanzan inclusive hasta los gustos personales.
De esta forma se ven adultos cuya respuesta frecuente es «no sé…», frente a simples decisiones de compra, de elección de ropa o comida. Es evidente que frente a la toma de decisiones más importantes vinculadas al trabajo, la economía personal, la salud o los hijos, etc., seguramente se sientan atemorizados y requieran que «alguien» decida por ellos, aunque deban pagar costos muy altos.
Es importante tener presente que la autonomía se gana día a día, en un ejercicio constante desde la niñez. Es así que un niño ejercita su capacidad para tomar decisiones acordes a su edad y asumir la responsabilidad derivada de sus actos.
La sobreprotección al aliviar la tarea de decidir o «sacar las castañas del fuego», no permite dimensionar las consecuencias de los actos personales. Se va perdiendo paulatinamente la posibilidad de desarrollar la autonomía suficiente para una vida adulta responsable y satisfactoria. El maltrato lleva a iguales resultados por el camino de atacar la base de una vida autónoma: la autoestima.
La experiencia en la toma de decisiones responsables en la vida es intransferible, por ello no hay mejor camino que evitar que se convierta en una asignatura pendiente. Se debe procurar acompasar la edad con la experiencia de decidir en situaciones cuya complejidad es acorde a las circunstancias.
Los errores que se puedan cometer entonces serán también acotados a esa dimensión, por lo cual se irá construyendo, paulatinamente, la experiencia necesaria para alcanzar una vida de mayor autonomía.
Esta columna y las anteriores están disponibles en www.prosalud.com.uy. Dra. Almendras. Informes y Seminarios 4099983
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