SANA MENTE

Disfrutar sin culpa

Caso:

Juan hace varios años que recibe el amoroso cuidado de su esposa. Si le hubiera hecho caso… Nunca pensó que le pasaría algo así. Postrado todo el día, sin posibilidad de hacer nada por su cuenta. Ni siquiera vestirse, comer o higienizarse. No podría sobrevivir sin ella. Elena es un ángel, no se queja nunca, siempre está dispuesta a atenderlo y satisfacer sus mínimos caprichos.

Los recuerdos se agolpan ante sus ojos.

Los miles de cigarrillos que lo llevaron a esta situación, las innumerables advertencias del médico y las súplicas de Elena. Ya es tarde para lamentarse y menos mal que el accidente vascular no le afectó totalmente el habla. Sus balbuceos solo pueden ser entendidos por ella que lo mira con ojos cada vez más tristes.

Está delgada, casi no come y últimamente está irritable. Se le caen las cosas de las manos y parece cada vez más torpe. Le molestan los ruidos y mientras higieniza a Juan todas las mañanas, murmura, mientras sus hermosos ojos perdidos en profundas ojeras ya no transmiten nada. No le quedan fuerzas ni para hablar con sus hermanas y sus amigas se han cansado de invitarla a salir.

Esta mañana Juan se sorprende con los gritos de Elena que lo zamarrea, mientras llora y murmura algo que por fin consigue entender: «¡No puedo más, no puedo más!».

 

Comentario:

El cuidado cotidiano de un paciente crónico por largos períodos de tiempo, pone a prueba las reservas físicas y psíquicas de una persona. La demanda de cuidados las 24 horas del día, los 365 días del año, desgasta lenta pero seguramente a quien ejerce ese rol. Día a día, minuto a minuto, la entrega abnegada de cuidados resulta en un languidecer sin fin que termina enfermando al «cuidador».

Muchas veces el amor que impulsa al cuidado del ser querido enfermo va desdibujando las necesidades personales de quien brinda esa atención. Se van postergando los descansos, los gustos, los momentos propios. Todo pasa a girar en torno de quien sin duda requiere cuidados. No se miden los esfuerzos y sucede lo inevitable. El agotamiento llega tarde o temprano.

El entorno de un paciente crónico debe tener presente este factor desde el inicio de la enfermedad. Planificar y dosificar las fuerzas de quienes rodean al paciente es parte de los cuidados que se pretenden dar.

Es frecuente que los primeros tiempos de una enfermedad movilicen a familiares y amigos, incluso superponiendo esfuerzos, turnos y cuidados. Con el paso del tiempo las excusas van surgiendo y los turnos se van espaciando. De pronto es una sola persona quien queda a cargo con esporádicas visitas de algunos familiares o amigos.

La soledad de la persona que queda al cuidado del paciente llega inevitablemente. Es el tiempo en que el desgaste empieza a manifestarse. Dificultades para dormir o sueño interrumpido, pérdida del apetito, cansancio y olvidos frecuentes entre otros síntomas muy variados en la esfera del cuerpo.

Llama la atención la irritabilidad aún con el propio paciente al que se pretende dar cuidados abnegados. Este suele ser el motivo de consulta más frecuente ya que genera culpa en quien queriendo «cuidar» termina agrediendo a su ser querido. Este sentimiento es otro motivo de sobrecarga que aumenta presión al esfuerzo cotidiano.

En el caso de hoy es Elena quien sufre del «síndrome del cuidador». La postergación de sus gustos, tiempos personales y especialmente su propio cuidado la llevan a un desgaste que hace inevitable buscar un relevo para el cuidado de Juan. Ya no está en condiciones para «cuidar». Por el contrario Elena, hoy requiere «cuidados», que tal vez el entorno no esté en condiciones de proporcionar. Depositaron en ella toda la responsabilidad del cuidado de Juan y se «olvidaron» de relevarla en esa tarea.

Desde el inicio de una enfermedad que se avizora prolongada, debe primar la planificación en los cuidados a brindar. La responsabilidad debe compartirse y establecer la máxima rotación posible entre todas las personas que pueden brindar su apoyo.

Quien asume el cuidado principal debe procurar por todos los medios mantener ante todo su propio cuidado. Una buena alimentación, el respeto por el tiempo para su descanso diario y especialmente salir del entorno del enfermo en forma periódica, al menos una vez por semana deben ser considerados con igual importancia que cumplir las prescripciones del paciente.

El disfrute es necesario como alimento para poder seguir al frente del cuidado del paciente crónico y su búsqueda no debe avergonzar. El descanso, la alegría y todo aquello que pueda aumentar el bienestar del cuidador se volcará con creces en el paciente que se verá beneficiado por cuidados abnegados prodigados por un cuidador saludable.

Debe tenerse presente que un entorno saludable es tan importante para un paciente como sus medicamentos. Para lograrlo el «cuidador» debe mantenerse por todos los medios, saludable, sin asumir toda la responsabilidad por el cuidado del paciente ni sentirse culpable por guardar un tiempo para su descanso y el disfrute personal a su alcance. Renovarse y descansar es una necesidad que el paciente agradecerá.

Esta columna y las anteriores están disponibles en www.prosalud.com.uy.  Dra. Almendras. Informes y Seminarios 4099983

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