PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

BOLICHES DE AQUELLOS TIEMPOS

Evocando algunos boliches es nuestra manera de rendirles homenaje a todos aquellos bastiones esquineros de la muy sabia «Universidad de la calle». Por Miguelete y Magallanes estaba «Negro el 11″, donde todos los viernes en una grandota cocina a bomba de querosén, marca Volcán, hacían una cazuela de rechupete. Ese boliche, como otros de esos tiempos, tenía en el fondo a una peluquería donde le daba a la tijera un señor de saco cortito y corbata de moñita. Por la misma calle Miguelete, pero en esquina con Cabildo, el popular Ruben Dorado tenía su bar «El Rodeo». Cuentan que su laborioso propietario se levantaba de madrugada para hacer unos enormes refuerzos de queso de cerdo que nunca faltaban, muy tentadores, ubicados en una bandeja sobre el largo mostrador. En ese boliche fue donde una vez dos guardianes de la cárcel de mujeres se agarraron a los tiros pues ambos se disputaban el amor de una hermosa presidiaria que los había enloquecido de pasión. Para el lado de Centro, en Colonia y Vázquez estuvo el bar y comedor de don Juan Elizalde, un maestro en las copas y la elaboración de ricos platos. Organizaba banquetes donde sus parroquianos habituales fueron jerarcas del Municipio y también dirigentes del fútbol. Por la zona de 18 y Andes, abundaron boliches con ricas historias. Estaban los que convocaban a «los burreros» que entre pronósticos y fijas soñaban con salir de pobres. Los principales fueron «Los Veteranos» y «El Derby», que además de los timberos, todos los sábados, recibían a muchos espectadores del Teatro Artigas y del Urquiza. A media tarde, «Las Cuartetas» de Andes, se llenaba de curiosos atraídos por las primeras máquinas traganíqueles. Algunas tenían un visor donde por un minuto se podían ver cortitas y muy picantes películas eróticas que con los años terminaron su ciclo proyectándose en el destartalado proyector del Cine Hindú de Bartolomé Mitre. En la rinconada norte de la Plaza Independencia, el boliche «Antequera» con su leyenda de náufragos nocturnos habitués de la ginebra y en el fondo, pegadas al baño, las mesas donde le daban con todo a la timba del «seven eleven». Por Convención y Cerro Largo estuvo el Café «El Riesgo» de don Bernardo Alvarez.

Por ahí andaban el Pocho Pérez y Luis Bermejo que dirigían a «Los Amantes al Engrudo» que se decía era la murga decana del Carnaval. Por Soriano y Convención en «El Coloso» del gallego José Lorenzo se veían muchas mujeres y parejitas que al caer la noche comenzaban a trillar esas cuadras. Es que al inaugurarse «un mueble» o casa de citas en el barrio, por Convención casi la Rambla, se había alborotado el avispero. En Bartolomé Mitre y Cerrito, «La Gran Vía» de Césare Fernández que servía una ginebra de porrón que le ganó muchos fanáticos entre señores de almidonadas camisas y portafolios de cuero. Por Cerrito y Guaraní, había un boliche llamado «Tres Amigos» que no cerraba jamás y hasta los primeros de año o el Día de los Trabajadores siempre estaba abierto atendido por su laburante propietario Casimiro Rodríguez. En la Aduana «El Perro que fuma» se llenaba de estibadores y «bagayeros» que recalaban en sus mesas cuando el bar «El Globo» de la Rambla Portuaria y Yacaré tenía un ambiente demasiado espeso y no se podía charlar tranquilo de «negocios». En el Mercado del Puerto estaba «El Trocadero» de don Alberto Schinca donde entre sus parroquianos estaba el bailarín Pirulo Albín. La hermosa raza negra también tuvo sus boliches como «El Expreso Palermo» por Maldonado y Médanos y en la esquina de Ejido el gran candombero Pedro Ferreyra estaba sentado en el tradicional bar «Palermo». Con más recuerdos y música los esperamos en la 30, Radio Nacional.

COORDINACION:ANGEL LUIS GRENE

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