SANA MENTE

Escrito por: Ivette Almendras  - Psiquiatra

Domingo 29 de junio de 2008 | 3:45
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De príncipes a tiranos

Caso

María y Juan han formado su hogar con sacrificio y mucho amor. Hace bastante tiempo que esperan a la “cigüeña”, sin respuesta. Los intentos frustrados una y otra vez dan paso a exámenes interminables y por fin el tratamiento que trae la noticia esperada. María y Juan han tocado el cielo con las manos. Todo gira alrededor del embarazo para el que se prodigan los máximos cuidados.

Un interminable desfile de libros y revistas sobre los cuidados para el bebé van llenando la vida de esos radiantes padres. Por fin llega el día y se hace realidad el sueño largamente acariciado. Un príncipe ha nacido y rápidamente se convierte en el centro de toda la familia que le demuestra su cariño con juguetes y más juguetes. Cada momento de Matías es registrado para la posteridad con fotos y filmaciones. Sus primeros balbuceos son respondidos tratando de adivinar sus más mínimos deseos. Todo es poco para satisfacer al rey del hogar.

Con el paso del tiempo sus deseos son órdenes que se acatan risueñamente. Es casi un juego en el que poco a poco se van cambiado los roles. Matías ordena y nada se le puede negar ya que el juego se ha convertido en realidad. Un “no” en la cola del supermercado a la hora de pedir más golosinas es respondida con berrinches que por vergüenza a la trifulca en aumento se terminan comprando. Bajo protesta, pero Matías siempre obtiene lo que quiere. De ese modo, por evitar gritos y berrinches el príncipe devenido en rey a medida que crece se convierte en tirano. La autoridad de ambos padres se ha desdibujado. La adolescencia ya naturalmente difícil en este caso es insoportable. María está desesperada, no consigue un diálogo con Matías. Juan ha intentado imponer su autoridad a fuerza de gritos y golpes. Ayer Juan ha caído al suelo, no pudo esquivar un golpe de Matías.

Comentario

Es frecuente encontrar a padres desorientados en su rol. El temor a caer en el “autoritarismo” les hace olvidar que el principio de autoridad es un saludable encuadre para la formación de una persona. El amor se confunde muchas veces con la sobreprotección. Es así que los límites se desdibujan en tímidas negaciones a pedidos desmesurados, que finalmente son concedidos “para evitar problemas”.

La paulatina y diaria concesión desacredita reivindicaciones de autoridad. Los sermones no logran ningún efecto, por el contrario, incitan a la rebeldía. De esta forma los hijos llegan a pensar que es “obligación” de los padres hacerles los gustos. “Ellos no pidieron venir al mundo”, suelen gritar ante un límite parental. Estas disputas terminan con padres arrinconados, acobardados en el ejercicio de su rol, con temor a “poner límites”. Es que nadie ha enseñado a los futuros padres a poner los mentados límites.

Tal vez porque los padres de ayer ya los empezaron a desdibujar. Tal vez porque el autoritarismo que vivió nuestra sociedad entonces hizo pensar que poner un límite rememora momentos temidos. Esta confusión entre autoritarismo y autoridad conlleva el peligro de dejar a los hijos sin un marco de autoridad que permita crecer en un encuadre que facilite ejercitar la autonomía.

El aprendizaje experiencial forjado a través de la superación de dificultades crecientes y acordes con la edad estimula la toma de la responsabilidad de los actos personales y sus consecuencias. Este crecimiento es indispensable para internalizar el necesario marco de respeto para vivir en familia o en sociedad.

Es así que muchos de nuestros adolescentes y aún adultos no consiguen asumir la responsabilidad de sus actos y menos aún pueden imaginar las consecuencias de los mismos. Es obvio que quienes marchan de esta forma por el mundo cosecharán un sin fin de problemas.

Poner límites es también un ejercicio en el que debe estar presente la responsabilidad de ejercer un rol. El amor bien entendido no puede así, nunca confundirse con la sobreprotección. Ésta impide el crecimiento personal. Despoja a quien recibe la sobreprotección de la posibilidad de disfrutar de sus logros, ya que no consigue alcanzar nada. Todo le es concedido y es obtenido sin un esfuerzo que se vea recompensado por el éxito. Se pierde el entusiasmo por generar proyectos y luchar por ellos. No se alcanza la fortaleza para enfrentar las adversidades y la frustración es vivida como una barrera imposible de superar. La vida puede llegar a perder el sentido y se afianza el sentimiento de que el mundo debe proveer todo, al igual que en la infancia.

Poner límites es un ejercicio que alimenta la autoestima personal y de aquel al que se pone el límite en un marco de respeto para todos los involucrados. Sin ordenar a los demás lo que deben o no hacer. Los límites son los que uno en lo personal está dispuesto a hacer o aceptar. Es un aprendizaje del diálogo y del respeto por los sentimientos y opiniones de los demás y los propios. Es también el respeto por el espacio que cada quien debe tener para aprender desde su propia experiencia y esfuerzo por superar sus dificultades.

Es saludable el ejercicio de los padres en acompañar a sus hijos en su crecimiento, sin perder el rol y sin “sacarles las castañas del fuego”, respetando sus tiempos. Será así posible señalar sus errores asegurando que se confía en su capacidad para superar las adversidades. Recordar que no hay nada mejor que “enseñar a pescar y no dar el pescado” como indica la sabiduría popular, que también es saludable.

Esta columna y las anteriores están disponibles en www.prosalud.com.uy. Dra. Almendras. Informes y Seminarios 4099983

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