¿La violencia como expresión de alegría?
Caso:
Se ha jugado otro partido clásico, el cuadro ganador irrumpe en la cancha y destruye todo a su paso.
Caso
Es el cumpleaños de María. La reunión está muy divertida, los globos, la música y todos bailando. Es hora de soplar las velas, todos se reúnen para cantar el tradicional «happy birthday», de pronto María siente que no puede oponerse a la fuerza que la empuja hasta sumergir su cabeza en la torta. Al instante la reunión se convierte en una «guerra» de merengue. De nada sirvieron algunas débiles protestas de quienes intentaban escapar del pegote que inundó el pelo y la ropa de todos los presentes. Las horas de peluquería y la ropa en algunos casos especialmente comprada para la ocasión no escaparon al ataque. En un instante los pisos y vidrios del local se vieron cubiertos de una pasta pegajosa y crujiente por los vidrios de cuanto vaso se encontraba en las mesas. Nada se salvó del «festejo».
Caso
Los amigos de Juan han organizado su despedida de soltero. Es un día muy especial se casa muy enamorado, lo que no quita que asistirá a esas reuniones tan divertidas de los miércoles. Ya lo ha dejado en claro con María. Sabe que esta noche tendrá sorpresas, pero seguro que será divertido. La comida y bebida abundan, risas, carcajadas y poco a poco las bromas suben de tono y se tornan más pesadas. ¡Juan pide que paren por favor! Es inútil, se ha desatado una tormenta de golpes, empujones, gritos… Juan cae pesadamente mientras todo le da vueltas. María está al pie de su cama en el sanatorio. El casamiento debe suspenderse. Juan tuvo que ser operado a causa de los golpes.
Comentario
La violencia que nos golpea día a día, de la cual nos asombramos y clamamos por respuestas, se construye también día a día a partir de cada uno de nosotros. Tener conciencia de esto es muy importante a la hora de pedir soluciones.
Los casos que hoy comentamos tienen como inicio una situación que convoca a la alegría y al festejo, sin embargo se tornan en situaciones de violencia. La participación grupal o masiva desdibuja las responsabilidades que de esta forma se diluyen. Luego de pasada la ola de violencia y frente al desastre resultante un manto de silencio envuelve a todos los participantes. Una suerte de amnesia impide recapacitar sobre lo ocurrido y asumir la contribución personal a los hechos, que cada quien en lo individual tilda de desagradables.
La constante vivencia de actos de violencia o maltrato en lo cotidiano, hace que insensiblemente se vaya modificando la capacidad de percibir y por tanto reaccionar frente a una agresión. Paulatinamente el empujón o el insulto pasan a ser una expresión de compañerismo, de confianza y hasta de cariño. Poco a poco se instala una forma agresiva o violenta de comunicación que no es detectada por el sistema de alarma individual o colectiva que permita una reacción saludable para detener estas acciones.
Luego frente a desgracias que rompen los ojos se clama por un culpable, o se intenta lincharlo. Impera así la lógica de repudiar aquello que se rechaza sin caer en la cuenta que tal acción está gritando cuán involucrados se está en la violencia que se rechaza también con violencia.
En lo práctico es como si cada uno de nosotros se dedicara a jugar haciendo pequeñas fogatas, muy divertidas. Despreocupadamente y sin conciencia, este juego fatalmente en algún momento se saldrá de control y la diversión se tornará en tragedia. Será el momento de llamar a los bomberos y luego culpabilizarlos si llegan algunos minutos más tarde de lo que nuestro apuro desea. Irracionalmente a alguien se le ocurrirá prenderlos fuego para que aprendan que deben llegar antes.
Este absurdo es el que vivimos cotidianamente. Es hora de reflexionar y de reparar la capacidad individual de reaccionar frente a la agresión. Es hora de reconocer que no es saludable tomar por divertida una situación de agresión, una burla, una ironía. Esas pequeñeces que lastiman a unos no pueden ser la diversión de otros. Y estos hechos se dan en el hogar, en la escuela, entre adultos «maduros», peor aún entre padres de familia, o incluso educadores. Es hora de reconocer en cada uno de nosotros la cuota de agresión que dejamos pasar sin reconocerla. Es que también así estamos jugando con fuego. Mañana no nos asombremos si debemos llamar a los bomberos.
Sin duda esta no es la solución mágica que resolverá todos los problemas de violencia. Es solo el inicio de la toma de conciencia de cuán alejados estamos todos como sociedad de forjar un entorno saludable mientras no reconozcamos la agresión en cada una de sus formas para no repetirla, para no acrecentarla. Especialmente para evitar participar en una «conspiración del silencio» desviando nuestra mirada o peor aún interviniendo en actos de agresión que poco a poco se normalizan y no se reconocen como tales.
Empecemos por revalorizar la expresión de alegría y festejo cotidiana sin confundir un abrazo con un empujón y un saludo con un insulto. Es un ejercicio saludable.
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