IMPULSAR NUESTRO PROPIO TREN BALA

La sociedad uruguaya, tan lerda a veces, tiene momentos en los que comienza a moverse a velocidades que no se compadecen con las viejas y pesadas estructuras que la sostienen.

Todo cruje. Es como un ferrocarril de alta velocidad, una especie de tren bala que pretende adquirir su rapidez máxima deslizándose sobre los viejos rieles de AFE. No hay manera.

Hay múltiples ejemplos. La reforma impositiva impulsada desde el gobierno y avalada por el Parlamento ha mostrado algunas de las peculiares formas de resistencia que, en distintos ámbitos sociales, se generan a partir de un movimiento que, en el fondo, es considerado excesivo, demasiado brusco y, por lo tanto, peligroso. Hay quienes tienen cocodrilos en el bolsillo, es verdad. Pero hay muchos que de verdad tienen miedo a un descarrilamiento catastrófico. Otros apenas sienten vértigo.

Ese miedo, en tanto freno y fuerza amortiguadora, es una característica muy arraigada en distintos estratos sociales, y se expresa en la cultura, en la producción artística, en el sosegado empuje empresarial, en el espíritu conservador de sindicatos y organizaciones sociales diversas. Se expresa, muy especialmente, en la estructura misma del Estado.

Sin embargo, también está el impulso que lleva hacia delante al tren bala de los cambios uruguayos. Pongo un ejemplo, nada más que a título de tal: hace pocos días un destacado dirigente sindical planteó la necesidad de ponerle fin al monopolio de hecho que ostenta UTE en la generación de energía eléctrica. El planteo en sí mismo es revulsivo, pues obliga a pensar en ciertos marcos regulatorios que no son más que letra muerta, y en la utilidad de mantener abiertas las cabezas a los desafíos de estos tiempos. Ya desde la órbita política se había establecido la gravedad del problema energético y la responsabilidad que a UTE le cabe. Pocas semanas atrás, para no ir más lejos, el senador Eleuterio Fernández Huidobro lo denunciaba con toda la vehemencia de su prosa. Decía en esa nota periodística el veterano tupamaro: «El Gobierno ha debido reservar un monto equivalente (unos 300 millones de dólares) para respaldar con dineros públicos la estratégica y brutal ineficiencia de la UTE. Quiere decir que otros trescientos cuarenta millones de dólares producidos por todo el país serán tragados por ese Ente. Podrían haber ido a cubrir perentorias necesidades públicas pero no: tal como en el año 2006, UTE nos saldrá un ojo de la cara. La mitad de todo lo ahorrado. Dos planes de emergencia. Sin debate, sin opiniones… A prepo de equivocados hechos consumados por omisiones e irresponsabilidades a lo largo de varios lustros. De las que nadie se hace cargo (…) Lo peor es que hasta la fecha UTE ya gastó doscientos setenta y siete de esos trescientos cuarenta millones previstos para todo el año. El agujero puede ser mayor aún… Si Dios no hace llover (y mucho) UTE nos pasa por sus carburadores petroleros a razón de dos millones de dólares por día. Y tenemos que subsidiar ese desastre porque de otro modo la cuenta completa debería ir a las tarifas. UTE nos está haciendo boleta en masa. (…) Ahí yacen, clausuradas sistemáticamente por UTE a lo largo de muchos años, las posibilidades nacionales en las energías propias: eólica, hidráulica de pequeñas represas, de biomasa con leña, basura, tratamiento de efluentes, la de los esquistos bituminosos, las del mar… Sin mencionar la energía ahorrable por serias y drásticas políticas de eficiencia energética y en la matriz del transporte».

Es claro que el referido tren bala uruguayo no se lleva bien con los rieles vetustos, ni con los pasos a nivel, ni con los yuyos al costado de la vía. Para el caso, poco importa que la UTE no tenga un monopolio formal, y que existan iniciativas y que haya quienes producen electricidad y se la venden al Estado para su distribución. Todo eso existe. Pero ocurre que, y sigo con la alegoría, esas locomotoras circulan a paso de hombre en un mundo que a cada momento instala nuevos obstáculos y mueve los puntos de destino. La tan trajinada «estación Carnelli» ya no sirve ni como referencia metafórica. Nadie se acuerda.

Se trata, para el caso, de entender por qué nuestras opciones en materia de energía son tan acotadas. Y buscar soluciones. Y buscarlas ya. Para ello se requiere inteligencia. Y velocidad. En realidad, el programa del Frente Amplio es un tren bala, pero se ha enfrentado desde el primer día a las ferruginosas cintas del antiguo trazado, sacrosanta herencia del Uruguay batllista. No tenemos vías adecuadas para circular a esas velocidades. Es más, muchos podemos hasta sentir nostalgia del antiguo ferrocarril, de su traqueteo, de aquel paisaje de vacas y quintas que estaban ahí, del otro lado de las ventanillas. Nada cambiará la realidad.

Las limitaciones de ese lujo necesario que es el tren bala de un proyecto nacional nos atraviesan a todos: son limitaciones legislativas, pues en muchísimos casos los ciudadanos comunes y corrientes se topan con leyes y normas que no se apiadan del paso del tiempo; son económicas, ya que para acelerar el viaje y ponernos a la altura de las circunstancias se necesitan recursos que a veces escasean; son también culturales, y de ello hay testimonios hilarantes o dramáticos, según se mire. Es así que en el Uruguay del siglo XXI, por ejemplo, se discute la pertinencia o no de que los motociclistas utilicen casco, mientras decenas de compatriotas revientan sus cabezas contra el pavimento día tras día, por caer de sus motitos recién compradas.

En ocasiones el hermoso tren adquiere aceleración, pero de inmediato aparecen los guardabarreras. Más rápido que ligero alguien encuentra la manera de detener al susodicho ferrocarril y con él detener a sus pasajeros, que somos todos. Lo hacen a través de múltiples lenguajes, desde un recurso de inconstitucionalidad hasta un paro con asamblea incluida. La reforma de la Salud es otro buen ejemplo del trancazo.

Hay vicios burocráticos, hay códigos perimidos, hay corporativismos, hay fatiga estructural en la sociedad uruguaya. Y hay, a la vez, virtudes espléndidas que afloran a cada momento en el Estado, como esos pastitos que brotan en las junturas del asfalto. Nuevos códigos luchan por imponerse. Estructuras nuevas pujan por ocupar su lugar. La solidaridad le planta cara al pichón corporativo que todos llevamos dentro y que, siempre es, en el fondo, más bien fascistoide.

El resultado de esa incesante confrontación entre lo viejo y lo nuevo es una tensión que por momentos puede resultar agobiante, pero que sin duda es necesaria para quebrar la inercia del quietismo. Ya tenemos el tren bala, y bastante que nos costó conseguirlo. Ahora hay que construir las vías por las que deberá transitar. Hay que hacerlo rápido y entre todos. Y ojo, está prohibido equivocarse, pues arriba del tren vamos nosotros, y van también nuestros hijos y nuestros nietos.

|*| Periodista y escritor

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