DEDOS PINTADOS
Ayer volvimos. Fuimos a ver las elecciones internas del recién creado Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), que agrupó a casi todas las fuerzas políticas partidarias del presidente Chávez. Elegían candidatos y candidatas para gobernadores y alcaldes en la crucial contienda que a nivel nacional se realizará en noviembre de este año.
El padrón de afiliados ronda los cinco millones de personas, de las que un millón doscientas mil son consideradas militantes activas.
Venezuela, creciendo, se acerca a los veintiocho millones de habitantes.
Caracas (no estuvimos en otro sitio) resulta «increíble» y alucinante; pero rompe los ojos que eso viene desde hace mucho tiempo… Como desde cuando nació el mar Caribe…
Por poner sólo dos ejemplos: ninguno de nosotros podría manejar en Caracas sin matarse ya sea por impacto o por infarto. Y en materia de llegar tarde, dudo que haya sitio en el planeta que pueda superarlos (ni tan siquiera nosotros).
Dicho sea de paso: a Uruguay y a Venezuela les convendría intercambiar algunas toneladas de gente para su indudable bien común.
Porque cada país tiene lo que le falta al otro (y lo que respectivamente les sobra). Un izquierdista uruguayo (por ejemplo) militando allí, zozobraría de angustia y vértigo; uno de Venezuela se muere acá de aburrimiento y formalidad. Ambos fallecen en pocas horas.
No se puede resistir el deseo de pedir otro intercambio: a la izquierda uruguaya le convendría muchísimo importar de Venezuela, a crédito y en cuotas, algunas toneladas de Oposición. Por el contrario, a la derecha uruguaya no hay virus que le hiciera mayor daño.
Esa es una ventaja indudable, un «handicap», diríamos, con el que (a su favor) compite ventajosamente la izquierda venezolana. Esto conviene decirlo en voz baja no sea cosa de que se enteren porque, como es sabido, cuando la derecha se equivoca no conviene interrumpirla.
La derecha de Uruguay disfruta a su vez de las crasas equivocaciones de la izquierda y, no sólo no las interrumpe, sino que las apoya y fomenta.
Por poner como ejemplo un solo caso, de entre los muchos que hay: ayer miércoles la Corte Electoral ilegítima pero legal que nos rige a prepo violando la Constitución desde el año 2000, asunto que la izquierda viene denunciado unánime y mensualmente en vano, se dará un banquete alevoso contra todos nosotros gracias a la denuncia del a esta altura ya inefable Dr. Helios Sarthou contra el Frente Amplio. ¡Nada le podemos reprochar a Chávez frente a su «oposición» de izquierda tan militante!» Nada le podemos tampoco a la derecha ante tanto colaboracionismo nativo.
Hecho sin precedentes en la Historia de Venezuela, el pasado domingo, un partido importante decidió convocar a sus millones de afiliados y militantes para que en votación secreta y libérrima designara nada menos que a sus candidatos y candidatas para una decisiva convocatoria nacional inminente. Además, los precandidatos pudieron autopostularse, o ser postulados, por las organizaciones de base de dicho partido.
El domingo, supervisado por el «Poder Electoral Nacional» (equivalente a nuestra Corte Electoral), concurrieron a las urnas más de dos millones de personas superando las expectativas del PSUV.
No hubo incidentes ni anormalidades, más bien una fiesta tropical. Los resultados fueron brindados en primer lugar y exclusivamente por el citado organismo electoral del Estado y, como es lógico en toda convocatoria electoral, hubo quien ganó y quien perdió.
Pero también debe decirse: conocidos los resultados gobernación por gobernación y alcaldía por alcaldía, a lo largo y ancho de todo el país, hubo fiesta en ese partido y, al mismo tiempo, brotó algo así como un incomprensible resentimiento, muy hondo, hasta como un odio o rencor, propio más bien de un melancólico tango de luctuosa letra, en filas periodísticas y partidarias de la golpeada y golpista derecha venezolana (valga la redundancia).
En lugar de saludar el acto democrático y democratizador, como hicimos acá cuando la derecha realizó sus elecciones internas juveniles (y como estoy seguro hubiera hecho la derecha uruguaya), salieron a despotricar contra el vecindario, como enfermos, echándole a la gente que fue a votar la culpa de su propia estulticia y fracaso.
Ahora quedaron muy embretados; entre la espada y la pared. Chávez, ni tonto ni perezoso, cuando fue a votar pronunció algunas palabras entre las que varias fueron dedicadas a invitar a sus opositores a hacer lo mismo, anunciándoles que para ello podían contar con todo el apoyo del Estado e incluso con su aplauso. Aprendió (para deportiva desgracia nuestra) a jugar también al fútbol: puso de un zapatazo la pelota en la cancha del contrario, y ahora espera a ver qué hacen. Les dejó (nada menos que él) el uso de la palabra. Por lo que vimos: tartamudean e insultan. Quedaron descolocados como chancho en la vía del ferrocarril. Y Venezuela va, en cuestión de meses, a una elección «municipal» de especialísima importancia. Como comienzo de una campaña electoral durísima, el PSUV tiró, de entrada, el chico muy lejos.
Porque la derecha ya dividida no puede emigrar fácilmente ahora desde la viejísima «cultura» política del «cogollo» (la misma que acá decide los candidatos entre bambalinas selectas) a un proceso de preselección tan democrático como el propuesto. Va contra su naturaleza intrínseca. Les puede armar un lío interno de órdago que termine despedazándolos aún más. A cambio de respuestas coherentes, y no sabiendo qué hacer con la quemante pelota que tienen ahora entre las piernas (más arriba de los muslos), insultan. Esa fue su primera y principal reacción. Como no sabiendo hacer alguna otra cosa.
Pero por encima de todo, quedamos impresionados por un mensaje popular espontáneo por la noche: en Venezuela se vota con el dedo índice mediante un avanzado sistema informático y, además, para evitar cualquier dolo (votar en dos mesas), cada una obliga a meter el meñique votante en un frasco de tinta indeleble. Esto quiere decir que por la noche de una jornada electoral los concurrentes, hasta el presidente de la República, tienen el dedo meñique pintado.
Pues bien: a modo de festejo y sin que nada ni nadie lo hubiera planificado, en Venezuela la gente festejaba simplemente mostrando sus manos abiertas… Hasta los niños y niñas que no habían podido votar mostraban sus manos bailando. Con el meñique pintado…
Esa «propaganda» la inventó el pueblo espontánea y rápidamente. Manos blancas y negras. Manos de cobre. Manos blandas hechas para caricias. Manos duras y grandes, sufridas, de campesinos y obreros. De las que raspan hasta cuando quieren besar y besan. Manos indígenas; manos viejas; y manos enfermas. Manos truncas.
Manos de levantarse orgullosas, a veces por primera vez en su vida, como banderas imponentes y terminantes, por millones, las de hijos e hijas, mostrándole al mundo su decisión de simplemente ser, decidir, opinar, resolver, hacer, protagonizar…
En agosto hay un referéndum definitivo en la torturada Bolivia que quieren descuartizar. En el próximo enero gana la izquierda en El Salvador (lleva más de veinte puntos porcentuales de ventaja al más próximo contrincante). En pocos meses habrá jornadas electorales de suma importancia en varios países del continente (entre ellos el nuestro). Al mismo tiempo hay avances guerreristas, metálicos, sanguinarios, blindados, asesinos, amenazando a estos pueblos.
Manos como palomas. Muchísimos millones de manos palomas recuperadas. Las de Víctor Jara espolvoreadas y sembradas que levantan desde tal semillero, una colosal cosecha de espigas cantoras.
Dedos populares empujando la pesada rueda de la Historia con fuerza imponente. Tañendo selvas de guitarras liberadas.
|*| Senador nacional, escritor
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