Lo primero
Todos saben que los bueyes deben ir delante de la carreta, pero ¿quién no ha pensado cuál es el primer grano de un montón de arena? ¿O quién no se ha devanado los sesos queriendo saber qué es primero, el huevo o la gallina?
En algo de eso parece andar cierta gente de la izquierda, excesivamente inquieta por las candidaturas y, sobre todo, por la fórmula presidencial para las elecciones. ¿Qué es primero, el candidato o el programa? Pues bien, frente a una pregunta tan sencilla sobreviene una paradoja: todos dicen que lo primero es el programa, pero la mayoría se desvive discutiendo acerca de determinadas personalidades sugeridas como aspirantes a la candidatura más importante.
No ha faltado quien, con astucia política admirable, ha dicho que se puede expresar preocupación y trabajar en ambos asuntos al mismo tiempo. A fin de cuentas, ¿qué lo impide?
En teoría, nada.
Sin embargo, la cosa es muy delicada como para desarrollar teorías y probarlas en un par de semanas. Cuando aún no ha concluido una administración que ha hecho mucho, pero que también dejará mucho para seguir construyendo y que debe haber acumulado enseñanzas de su primera e histórica experiencia de gobierno, trabajar en un nuevo programa o en la corrección del vigente parece inmune a cualquier contradicción o debate. Pero, en realidad, uno advierte que hay más interés en alentar o desalentar candidaturas, y hasta en crear algunas al modo de quien frota la lámpara de Aladino, que en analizar si se debe continuar la misma senda en todas las áreas o qué otros caminos podrían tomarse.
Si en vez de política esto fuera literatura, yo diría que necesitaríamos una suerte de narrador realista »con un realismo crítico», al decir de Dionisio Ridruejo, que hiciera una investigación sin declarar anticipadamente tesis alguna. Y ciertamente creo que esa investigación, si ahora hablásemos con claridad de política, conduciría primero al programa y no al candidato.
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