Educación
La violencia entre adolescentes en los liceos y excepcionalmente entre niños en escuelas se ha convertido en un fenómeno que sacude las raíces de la llamada educación formal.
Las autoridades piden no estigmatizar a los chicos, rescatar lo positivo de la nueva cultura juvenil, cifran sus esperanzas en la nueva Ley de Educación y repiten que la violencia está instalada en la sociedad.
Los docentes reclaman más aulas, más personal y, sobre todo, programas de ayuda psicológica.
Nadie habla de que se está frente a un problema que exige nuevas formas pedagógicas, si se quiere resolverlo aun de modo relativo. Sólo así la educación formal recuperará su sitio en la formación del niño y del adolescente, abandonado por la familia tradicional, que ya no está, y dominado por los medios electrónicos de comunicación.
¿Cuáles serían esas nuevas formas pedagógicas? Sólo puedo apoyar mi idea en lo que han dicho otros, más preparados y sabios. Por ejemplo, que los programas permitan al alumno, niño o adolescente, «participar del descubrimiento y la invención», como quiere Sábato; que se ayude a ese alumno a «limpiar las puertas de su percepción para que pueda considerar al mundo infinito y sagrado», como sugería Huxley; analizar si Lorenz tenía razón cuando impulsaba una sociología humana «inductiva, naturalista, científica», porque estos problemas son de orden social «y no se pueden solucionar mediante especulaciones filosóficas, sino exclusivamente por medio de un trabajo de investigación inductiva realizado con paciencia»; finalmente, pensar si Ronald Fletcher, de la Universidad de Londres, está dando en el clavo cuando dice que «iniciamos el proceso de educación formal demasiado tarde, cuando los ajustes básicos del período infantil ya han tenido lugar, y lo terminamos muy pronto, cuando los del adolescente al patrón de los adultos recién comienzan».
Reflexionemos acerca de todo ello. Es muy importante lo que está en juego.
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