Candidatos
Lo dijo Larra: «No son uno todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo entendimiento, no tienen las mismas costumbres ni la misma delicadeza cuando ven las cosas de distinta manera».
Luciendo un impecable traje oscuro, camisa blanca, corbata al tono y zapatos brillantes, va un hombre caminando a ritmo ágil. Su cabello gris cae cuidadosamente a un lado, mientras sonríe con cierto pudor que no se sabe bien si es su natural. Detrás de los lentes, sus ojos miran fijo, como si jamás hubiese dudado de su objetivo. Lleva un portafolio gordo y a sus flancos tratan de seguirle el paso unos colaboradores que también cargan cosas: carpetas, libros de cuentas y, sobre todo, documentos de esos que tranquilizan las aguas en los foros internacionales. Se le nota satisfecho, aunque, mirándolo bien, es tensa su actitud, tal vez porque le gustaría el consenso y, en su mismidad, las críticas le incomodan como un grano en la nalga. Está claro que lo que sabe, en tanto esencial, lo guarda.
¿Es el candidato?
En la vereda de enfrente va otro hombre, algo agachado, paso cansino y toda la apariencia de un trabajador del campo. Exhibe el pelo revuelto, ha abjurado de la corbata y sus brazos se balancean buscando el equilibrio, sin que las manos deban lidiar con papel alguno. Sin embargo, su penetrante mirada y una sonrisa oblicua y pícara que muestra poco, desnudan que por su cabeza circula mucha información que mastica todo el tiempo y, cuando le conviene, larga de a trozos, exornándolos con refranes propios de un gaucho. Su espalda doblada revela sufrimientos y, quizás, el peso de los votos y de la responsabilidad. Parece sentir la necesidad de hacer el camino que queda rescatando gente, sin la cataplasma del conformismo ni la retórica de los que todavía sienten la tentación de prosternarse ante los dueños del mundo, aunque sus giros echan sombras a sus certezas.
¿Es el candidato?
Ah, caramba, vaya dilema.
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