UNA OFENSA INUTIL
Decía don Alfonso Reyes, entre bromas y veras que, cuando alguien con pocas luces intenta alumbrar una idea, termina provocando un incendio. Algo de esto parece que acaba de ocurrir con una iniciativa de la organización «Articulación Feminista Marcosur», que en lo personal, quizá por mis pocas luces, me resulta inexplicablemente torpe y ofensiva. Trataré de explicarme sin echarle más leña a la hoguera.
Resulta que ellas, es decir las mujeres de la mencionada articulación, en conjunto con la prestigiosa revista Cotidiano Mujer, han enviado por correo electrónico la reproducción de un afiche, y han tenido a bien incluirme en su listado de destinatarios. Por primera vez lo han hecho, casi como un chiste, supongo.
El afiche muestra un rosario que, con las vueltas de sus cuentas, dibuja un útero y, a ambos lados, los correspondientes ovarios. La parte inferior del trazado culmina, como es lógico tratándose de un rosario, con la cruz. Y culmina, como es lógico tratándose de un útero y dos ovarios, en la vagina. Se trata de una vagina virtual, inexistente en el dibujo, colocada allí por simple e inevitable asociación de quien observa. El tal afiche tiene el título «Basta de rosarios en nuestros ovarios», y dentro de ese útero demarcado por las cuentas del rosario, aparece una leyenda que proclama: «El derecho a decidir sobre nuestros cuerpos no es una cuestión de fe. Es una cuestión de Democracia». En la parte inferior del afiche (si es que alguna parte no lo es), por debajo de esa cruz convertida por simple retórica del diseño en vagina, aparece la firma: «Campaña Tu boca fundamental contra los fundamentalismos. Articulación Feminista Marcosur. Cotidiano Mujer».
No voy a referirme a la despenalización del aborto, que es el tema central –aunque no explícito– del mencionado afiche. No lo haré porque es un asunto sobre el que ya he opinado en reiteradas ocasiones, en diferentes tribunas. Y además porque es una causa para la que he militado y milito de la forma más sencilla, eficaz y respetuosa posible. Seguro que esa militancia tiene las limitaciones propias de mi sexo, es decir las taras de la masculinidad, pero mis aportes han sido dados con el corazón, y estoy seguro que han sido recibidos de la misma manera. Sí, voy a referirme en cambio a la ofensa gratuita que las autoras o los autores de la iniciativa nos propinan a muchos cristianos que en el Uruguay y en todas partes del mundo tenemos en la fe el sustento espiritual de nuestra vida y el basamento ético de nuestras ideas.
Para los verdaderos cristianos, es decir aquellos que se consideran seguidores del Cristo, la cruz es un supremo símbolo de vida y de esperanza, y al contrario de lo que mucha gente ajena a la espiritualidad religiosa pueda pensar, es a partir de esa señal que se levanta la imagen de Jesús vencedor de la muerte. Necesario es recordar que ese crucificado es el mismo Jesús que, solidario y amoroso, se reparte hoy en muchos hogares del Uruguay, en barrios humildísimos, en los rancheríos de La Chacarita, o allá en el norte en Las Láminas, o en el legado del Padre Cacho, o en las madres-niñas del Pereira Rossell. Ese Cristo también está en la mesa y en los dolores y en el trabajo de tantas y tantas mujeres que, en toda América Latina, edifican sus vidas al amparo de esa luz. Es padre y madre a la vez. Es hermana y hermano. Y está en los sueños de sociedades más solidarias y fraternas, utopías forjadas con sangre y sacrificios sin cuento por los más humildes y los mejores de nuestros pueblos, entre ellos muchos católicos y muchas católicas. Utilizar la cruz de Cristo como parte de una campaña de impacto publicitario o propagandístico resulta, para decir lo menos, chocante y poco respetuoso para con muchísimos cristianos comunes y corrientes (entre los que me incluyo) que, desde el lugar en el que estén ubicados en la sociedad, tienen opiniones sólidas y bien formadas con respecto a la actual situación de los derechos sexuales y la salud reproductiva en nuestro país. Opiniones que, además, pueden ser de gran importancia en la lucha por democratizar más la vida social y establecer nuevas formas de entender los vínculos entre el Estado y las personas. Restar en lugar de sumar no parece muy sensato, sobre todo cuando esa resta es apenas un tributo a la ocurrencia gráfica y a la soberbia.
Para un católico el rosario es una parte sustancial de su vida de oración. No se trata de un objeto, de un adminículo cualquiera, sino de una manera superior de dialogar con Dios a través de los misterios que hacen a la fe. Además, el rosario está íntimamente ligado a la historia y al alma de los frailes Dominicos, una orden religiosa que en América Latina no se ha caracterizado precisamente por tener espíritu conservador o por andar de frufrú con el poder tanto civil como eclesiástico, desde Bartolomé de las Casas hasta hoy. Manipular y convertir el rosario en imagen publicitaria o propagandística es un error grave, porque es una ofensa inútil. Tiene un efecto negativo en cuanto a la reunión de voluntades, aunque no me hago idea de cuál habrá sido la intención de quienes diseñaron y divulgaron esa suerte de ideograma del fundamentalismo al que curiosamente dicen oponerse. Tengo por cierto que tu boca (y la mía) es fundamental para luchar contra cualquier fundamentalismo, como dice el afiche. Y es por ello que, desde esta página, digo con esta boca que es mía, que estoy agobiado de tanto fundamentalismo disfrazado y que el afiche de las articuladoras feministas me parece un ejemplo más, desliz involuntario supongo, de esa plaga a la que se dice combatir.
Se puede argumentar que las jerarquías de la Iglesia Católica han sostenido posturas inconciliables con ese espíritu democrático que ellas se afanan en defender. Es cierto. Se puede argumentar que el papado con todo el peso de su autoridad ha condenado de forma inequívoca todo intento de despenalización del aborto. Es cierto. Se puede argumentar que a través de la historia los grandes príncipes de Roma han satanizado a la mujer, causando calamidades indecibles a través de la caza de brujas y otros pecados. Es cierto. Se puede argumentar incluso que fueron dos frailes dominicos quienes le dieron soporte intelectual a tamaña salvajada. Es cierto. Se puede argumentar que hoy muchos cristianos militan contra la despenalización del aborto. También es cierto. ¿Y qué? Todo ello es verdad, pero también es verdad que con el rosario en la mano muchas personas lo dieron todo por la libertad, por la democracia, por los derechos humanos de mujeres y hombres, en la vieja Europa y en la nueva América, antes y ahora. Así que en lo personal me siento en el pleno derecho como cristiano, como católico y como dominicano de este tiempo, de señalar el agravio. Hace ya algunos años escribí un libro de 600 páginas sobre la brujería a partir del Malleus Maleficarum. Me basé para ello en innumerables escritos elaborados, entre otras personas, por entrañables figuras de la Iglesia. El camino de mi fe pasó también por esas pruebas de la razón. ¿Y qué? Es la fe de mis padres. ¿Por qué se manosea de esa manera? ¿No es un ideal democrático lo que sustenta la lucha por una ley que despenalice de una vez y para siempre el aborto? ¿Es con agravios desmedidos, con posturas burlonas y con presuntas superioridades intelectuales que van a convencer a los que opinan diferente? ¿O, peor aún, las articuladoras consideran que ya no hay nadie para convencer y que por lo tanto lo mejor es desarticular y, de paso, divertirse a costa de los ámbitos sagrados de otros? ¿No nos merecemos los cristianos y las cristianas el respeto y el cariño que se merece cualquier ser humano, más allá de sus opiniones, de su credo y de su condición social? Si no lo merecemos, pues que se diga. ¿O el afiche es apenas una guiñada para intelectuales laicos, aunque no gratuitos y mucho menos obligatorios? ¿O creen las articuladoras que los católicos y las católicas del Borro, de Santa Catalina, de la Cantera y del Casabó no vot
an en los plebiscitos?
Esta boca es mía, sí. Pero mejor me callo, para no seguir con preguntas que pueden terminar por provocar el incendio del que nos advertía, a todos, la sabia pluma de Alfonso Reyes.
|*| Periodista y escritor
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