¿Para quiénes?
Se concentraron de a poco, mirando tan desorientados como Ruedita en la Biblioteca Nacional. A medida que hubo más personas hombres, niños y mujeres con su digna humildad a cuestas fueron cruzando hacia la vereda de la rambla y luego, lentamente, mientras mezclaban interrogantes con teorías surgidas del parloteo, iniciaron una caminata para medir la extensión de tan impresionante fenómeno.
Es que aquello era un fenómeno, sin discusión.
Altas torres cuyo crecimiento no podían calcular, decenas de obreros desarrollando distintas tareas a ritmo febril, enormes grúas, camiones cargando y descargando, señores agitando planos y señalando alguna que otra cosilla que les desagradaba o que había que corregir, en fin: un mundo agitado, bullente, próspero.
¿La imagen de un país?
En cierto momento, a alguien se le ocurrió convocar a quienes marchaban a dejar la rambla, ir al lado de enfrente e internarse en esos barrios y seguramente le dio pudor calificar así a esos lugares suntuosos, tan diferentes de los sitios donde ellos vivían a ver si el fenómeno se agotaba frente a la maravillosa costa montevideana o se expandía al interior de la ciudad. Lo comprobaron enseguida: la edificación de torres, complejos y enormes y extraordinarias casas con áreas de exquisitos jardines no concluía en la rambla; seguía hasta los límites de esos barrios privilegiados. Era la confirmación de lo que había informado el Instituto Nacional de Estadística: durante el segundo semestre del año pasado, respecto de igual período del anterior, la construcción creció más de 40%.
¡Aleluya!
Más trabajo, qué bueno, dijeron muchos. Pero enseguida les incomodó una pregunta: ¿para qué gente se está construyendo?
La respuesta fue tan obvia que apagó no sólo la caminata sino unos intentos aislados de pataleo. El hormiguero humano se disgregó. Cada cual, a pie y mateando, regresó a su barrio. O a su asentamiento.
Confiando en que las cosas cambien.
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