LA MARCHA DE LA CRISIS FINANCIERA
La crisis financiera no encuentra todavía su lugar en la historia de las crisis financieras de los últimos 40 años. Nace en el mercado hipotecario y el sistema financiero estadounidense en los primeros meses de 2007, dispersándose a otros mercados y países. Se prevé que continuará al menos durante 2008, amenazando la solvencia de bancos, mercados de valores, aseguradoras y fondos principalmente de los sistemas financieros más robustos y antaño más rentables y solventes. Por ello está siendo comparada con la gran crisis de los años treinta.
La innovación financiera y la multiplicación de intermediarios y fondos aceleraron el crecimiento de los mercados financieros muy por encima del de la producción y del comercio en los países desarrollados. Especialmente, desde finales de los años ochenta, la innovación financiera fue el principal espacio de incremento de la rentabilidad financiera y de algunas empresas no financieras.
La crisis en el mercado de hipotecas en Estados Unidos fue el disparador de la crisis financiera, pero rápidamente se presentó en otros mercados. Desde las hipotecas de mayor riesgo a las de menor, a las tarjetas de crédito, automóviles y en general el crédito al consumo.
La incapacidad de pago afecta no sólo a familias, sino también a empresas, al mercado hipotecario comercial, gobiernos de las ciudades, agencias hipotecarias, fondos de cobertura, aseguradoras, bancos comerciales y bancos de inversión. Aunque no afecta a todos por igual, la crisis financiera está produciendo desalojos de familias de sus hogares, quiebras financieras, cierre y congelamiento de fondos, rescates de intermediarios, urgente capitalización de bancos, e incluso la nacionalización.
Los bancos centrales de Estados Unidos, Reino Unido y Europa en acciones coordinadas han dispuesto de cuantiosos fondos, nunca antes vistos, para flotar algunas grandes instituciones, más de 600 mil millones de dólares por la Reserva Federal y otro tanto el banco central Europeo. Además, numerosas instituciones han sido capitalizadas por fondos de inversión soberanos de países como Abu Dhabi, Singapur, Kuwait y China, o por sus propios gobiernos. Entre ellas: Citygroup, Merrill Lynch, J.P. Morgan, Bank of America, Morgan Stanley y Bearn Stearns, en los Estados Unidos. Northern Rock y Royal Bank of Scotland en Reino Unido e importantes bancos en Suiza, Francia y Alemania.
Los grandes bancos sustituyeron el negocio del préstamo directo por el de la titulación del crédito, originándose una nueva era financiera bajo la égida del modelo «originar-distribuir» a partir de los años noventa. Con ello, los diferentes riesgos financieros fueron ampliamente distribuidos entre instituciones y mercados, dando a los mercados una gran resistencia frente a cambios en la liquidez en algunos de ellos. Sin embargo, la globalización del riesgo está globalizando la crisis y la opacidad característica de la innovación financiera convirtió la falta de liquidez en desconfianza generalizada e insolvencia de muchas instituciones.
Este modelo de negocio financiero implica una separación institucional entre el prestatario y el prestamista. Se sostiene en la calificación de las agencias calificadoras sobre miles y miles de documentos y participantes en el mercado.
Este modelo ha entrado en una profunda crisis, puesto que ha mermado de manera vasta y penetrante la confianza entre los propios intermediarios en los mayores mercados financieros del mundo.
Las sucesivas pérdidas, bancarrotas y verdaderas quiebras y rescates se están sucediendo, desde fondos de cobertura, aseguradoras, fondos mutuos, bancos hipotecarios, y más recientemente el enorme banco de inversión estadounidense Bear Stearns.
Las pérdidas solamente en las carteras de los intermediarios financieros y fondos se han estimado hasta ahora, modestamente, en un billón de dólares por el Fondo Monetario Internacional y otros analistas. A lo que habría que agregar las incuantificables pérdidas en el patrimonio de familias y empresas.
La acelerada devaluación de muchos activos financieros ha vuelto la cara hacia los instrumentos financieros vinculados al petróleo, la minería y los alimentos. De manera que las sucesivas inyecciones de liquidez de los bancos centrales y la disminución de las tasas de referencia se han convertido en aumentos casi explosivos en los precios de las commodities, con el temor de la generalización de una crisis alimentaria también sin precedentes.
Las consecuencias de esta nueva y grave crisis financiera son múltiples: en la actividad económica, en el nivel de empleo, del salario y del gasto público. Estas se expanden entre las mayores economías y hacia algunas partes del mundo en desarrollo. Los presupuestos públicos continuarán siendo el soporte de las pérdidas masivas en los mercados, mientras que el financiamiento para la actividad productiva está encareciéndose a pesar del descenso en las tasas de referencia. Así, los diversos e incluso en muchos casos incuantificables costos de la crisis financiera aún están por aparecer.
En las últimas semanas las previsiones del crecimiento económico han ido a la baja para casi todo el mundo. Se han anunciado paquetes más o menos limitados de estímulo fiscal en muchos países, así como propuestas de regulación financiera a fin de evitar el mayor daño a la actividad económica y frenar el deterioro de los balances de las instituciones financieras.
Las propuestas se dirimen entre fortalecer la regulación prudencial, la autorregulación del mercado y el fortalecimiento de la infraestructura operacional del mercado de instrumentos que se negocian fuera del mercado organizado. Mientras que otras propuestas se plantean la necesidad de pasar al balance las operaciones fuera de él, institucionalizar el mercado no organizado, transparentar los instrumentos y sus modelos, así como volver al mecanismo de depósitos obligatorios a fin de recuperar la confianza y la solvencia de los intermediarios.
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