Insólito
La política vernácula es fascinante; un día te impele al elogio tal como pasó con la unánime decisión parlamentaria de designar a los nuevos ministros de la Suprema Corte de Justicia y el Tribunal de lo Contencioso Administrativo- y al otro te hunde en la perplejidad con una contorsión extraordinaria.
Pues bien, perplejo cualquiera queda al advertir hasta dónde se malentienden cosas elementales. Por ejemplo, se ha pretendido convertir a la Suprema Corte en una suerte de cuadrilátero donde, desde cada rincón, se enarbolan encendidos verbos bajo el paraguas de la libertad de crítica o de la necesidad de defender a uno de los poderes del Estado.
No me molesta la crítica ni creo que les moleste a los señores ministros de la Corte; expuesta con decoro y respeto es legítima y hasta necesaria en ciertas circunstancias. Distinto asunto es el agravio gratuito, la amenaza grosera o la presión desembozada.
Tampoco me incomodan las manifestaciones colectivas de respaldo al máximo órgano del Poder Judicial. Eso sí: se me ocurren absolutamente ociosas y, aun con la mejor de las intenciones, mal disimulan otra forma del tironeo partidario.
Montesquieu, en «De l’espirit des lois», imaginó una sociedad en que la ley coartase la autoridad, dado que ésta, por sí misma, tiende a ser violencia y abuso; para ello pensó la descomposición en vectores de la fuerza de esa autoridad, de modo que se compensasen entre sí y produjeran un equilibrio dinámico. He ahí la forma básica de la democracia: la división del poder en judicial, legislativo y ejecutivo.
Montesquieu -yo no, porque aún vivo y siento una fuerte tendencia a la tolerancia y a la piedad- debe estar revolviéndose en su tumba al ver cómo tantos hombres públicos de una nación, con rica y costosa historia democrática, se pasan por las entretelas sus ideas y pretenden influir, dando un penoso espectáculo, a un poder independiente.
Ruedita sería más prudente, si lograse pensar.
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