Caco, sálvanos
Italo Calvino, en el prólogo a «El sendero de los nidos de araña», dice: «Un libro escrito no me consolará nunca de lo que he destruido al escribirlo: esa experiencia que, custodiada durante todos los años de mi vida, tal vez me hubiera servido para escribir el último libro, y que sólo me bastó para escribir el primero».
¿Un pensamiento complejo? No, al punto que lo aprovecharé para reflexionar acerca de la reforma del Estado, mencionada desde el gobierno durante estos días. Uruguay, y por tanto sus políticos, incluidos los del oficialismo de hoy, ha custodiado, en el sentido de conocerla y entender sus efectos, la experiencia de la burocracia; ha sido una custodia extendida en el tiempo, a la espera, si uno lo mira con el aliento del optimismo, de hallar la voluntad y las armas apropiadas para enfrentarla y derrotarla.
Qué terrible si ahora, cuando se advierten esa voluntad y esas armas, se escribiera apenas el primer libro y no el último, al decir de Calvino. En otras palabras, que el país se quedase atascado en una fase primaria. No se trata de intenciones, las que descuento constructivas; no se trata de buena voluntad, la que por cierto existe; ni siquiera se trata de consenso, porque en pocas cuestiones existe uno tan sólido.
Se trata de aprovechar el momento, de no decaer en el esfuerzo y de acertar en las medidas que se apliquen.
Creo que para eso el proyecto de reforma no debería seguir encerrado en la OPP. A esta altura tendría que haberse abierto lo suficiente como para generar un intenso y necesario debate y darle velocidad.
El mundo exige de Uruguay, cada día más, una eficiencia administrativa de la que carece.
Para comprender mejor todo esto basta escuchar un viejo tema de Ruben Lena titulado «Caco, sálvanos». El Caco era un junta papeles de Treinta y Tres y la canción, repleta de ironía, convoca a ese buen hombre a llevarse todo el papelerío que desde hace décadas aplasta, inmoviliza al país.
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