"¡Está de viva, no tiene nada…!"

Caso:

Juana se desempeña como administrativa en una gran empresa. Siempre cumple con sus tareas manteniendo un perfil bajo. Alguna ausencia ocasional revela ante sus compañeros la verdadera carga de trabajo que cotidianamente lleva adelante sin alardes. Desde hace unas semanas Juana llega tarde mientras el trabajo empieza a acumularse en su escritorio. En la tarde de ayer repentinamente se sintió mareada, pálida y sudorosa, por lo cual consultó al médico de la empresa. Juana le contó angustiada que en los últimos tiempos tiene severos problemas familiares y económicos por lo que tiene dificultad para conciliar el sueño. En la madrugada la actividad casi febril de su mente busca soluciones que no llegan. Cuando logra dormir, su sueño es frágil y poblado de pesadillas. A la hora de apagar el cruel despertador que la atormenta no consigue levantarse de un salto como era su costumbre. Debe esforzarse por salir de la cama que últimamente la atrapa como si fuera el único lugar en el que aparentemente puede escapar a sus problemas. No le importa la ropa que usa y el estado de aseo con el que sale arrastrándose hacia el trabajo al que inevitablemente llega tarde. Los papeles se acumulan en su mesa sin que Juana consiga concentrarse para sacar el trabajo. No llega a entender lo que lee ya que su cabeza está ocupada en sus problemas, su cansancio, la culpa por no poder cumplir con sus tareas, las ganas de irse a su casa, encerrarse en su cuarto, meterse hecha un rollo en la cama y no hablar con nadie. La sobresalta cualquier ruido, aún el timbre del teléfono y la voz de su jefe reiterándole órdenes que olvidó. Es entonces cuando llora sin poder dar una explicación a sus olvidos. El médico de la empresa luego de un concienzudo examen dictamina que no hay ningún elemento físico que justifique el malestar de Juana. Le prescribe un psicofármaco y le otorga unos días de licencia médica indicándole que concurra al psiquiatra de su mutualista. Al salir del consultorio Juana se encuentra con la mirada inquisidora de sus compañeros de oficina. Desean saber qué dijo el médico, algunos por auténtico interés en la salud de Juana y otros con una indisimulada curiosidad por saber la causa de la distorsión en el trabajo que ocurre en los últimos tiempos. Disimulando sus lágrimas Juana dice: «me dijo que no tengo nada… tengo que ir al psiquiatra…»

En un corrillo a sus espaldas resuena la frase «¡no tiene nada!, yo se los dije, está de viva…».

Comentario.

La situación de Juana se repite cotidianamente en miles de personas que con mayor o menor aparatosidad de síntomas asumen que «no tienen nada». Esta suele ser también la mirada del conjunto de la población que desprevenidamente acentúa un prejuicio que confina el sufrimiento psíquico al campo de la «nada». Muchas veces los síntomas de la depresión tienen una marcha solapada, durante muchos meses. Se instalan paulatinamente y la propia persona no consigue asumir esas manifestaciones como un «sufrimiento» que requiera una consulta médica. Es penoso para el paciente suponer que «debe» recurrir a un profesional y suele vivir esta experiencia como una incapacidad personal: «no poder solo con sus problemas». Se originan frases tales como «¿para qué voy a ir a contarle mis problemas a un médico? Tengo que poder solo o sola». Se asume el cuerpo en forma mecánica. Si hay una fractura ósea es obvio que un médico debe intervenir, en cambio si el sufrimiento es psíquico la alteración biológica no es «visible» y por ello es negada, confinándola al campo del voluntarismo. «No tener nada» va acompañado de la presión de «tener que poner voluntad». Y lo dramático es que en la depresión la voluntad es la que está enferma. Una voluntad dispuesta a cambiar, a salir adelante, a soñar y poner la fuerza para llegar a los objetivos propuestos requiere un cerebro ajustado en su funcionamiento biológico. Gracias a la moderna psicofarmacología contamos hoy con recursos que permiten modular tales desequilibrios. El cerebro integra a través de sus complejas estructuras aspectos tales como la experiencia, el mundo afectivo, el entorno y sus problemas, entre otras variables. Al igual que una computadora cuyo producto final si bien virtual requiere un soporte material que debe estar en buenas condiciones, nuestro cerebro requiere una integridad biológica cuyo producto es el intrincado mundo psicológico que no puede reducirse nunca a la «nada». Comprender esta compleja interacción implica aceptar la asistencia profesional de todos esos vagos síntomas que nuestra sociedad asigna a la «viveza o la vagancia». Esta concepción agrega sufrimiento a quienes padecen depresión u otras patologías psíquicas, obstaculizan una consulta y un tratamiento precoz. Deja un sector de la población atrapado perversamente en un camino «sin salida» que descarta el recurso que el sistema de salud puede proveerle a través de sus recursos profesionales, farmacológicos, psicoterapéuticos, psicosociales y psicoeducativos.

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