Negocio de familia. Durante años se ha dedicado a la restauración y lo hará por mucho tiempo más

Obras de arte y piezas añejas que son reconstruidas por su valor sentimental

El valor sentimental de cada pieza, es lo que motivó durante más de 60 años a Horacio Nigro a reparar los objetos que llegaban a su taller. Hoy está jubilado y es Horacio Atahualpa, su hijo, quien está a cargo del negocio. Sin embargo, por el amor que siente por el trabajo, no se ha podido despegar de la actividad.

Para Horacio, las piezas tienen un valor cultural o sentimental, aunque a veces tienen un poco de ambos. «A mí me emociona cuando viene una persona y dice ‘esto era de mi abuela’, ‘me lo regalaron cuando cumplí 15 años’ o ‘era de mi esposo que ya no está'», reflexionó.

 

Objetos a nuevo

Cuando se ingresa al fondo del taller de restauración, se aprecia una variedad infinita de materiales utilizados para los arreglos, así como piezas que están a la espera de ser reparadas. Hay que desplazarse con cuidado para que nada se caiga, porque cada objeto tiene mucho valor.

Al frente del taller, en un ventanal que da a la calle Canelones esquina Gutiérrez Ruiz, recibe a los clientes. «Cuando llegan las personas vemos lo que traen y le decimos si el objeto tiene salida o no, pero siempre hacemos todo lo posible para que la tenga», comentó Horacio. Y así parece ser. Durante la recorrida por el taller vimos un plato antiguo que supuestamente se había quebrado en 14 partes y, una vez arreglado, no quedaban rastros de las uniones, ni de los cortes. También apreciamos un jarrón que llegó roto en 20 piezas y luego de ser restaurado, se convirtió en la magnífica pieza que era antiguamente.

El valor que cada persona le da a los objetos enriquece la tarea, que Horacio definió como «divertida». «Vino una señora con una virgen muy rota, había que hacerle parte del busto y de la cabeza y el trabajo costaba mucho. Por el estado en que estaba la estatua era más conveniente que le aplicara el busto de otra virgen. Me emocioné cuando la señora me dijo ‘Usted no se preocupe por cuánto me cobra y cómo la arregla, simplemente quiero que quede bien porque esta virgen me facilitó la curación de un hijo, pude resolver un problema de dinero y con ese dinero compré mi casa, lo único que le voy a pedir es si me puede guardar los pedacitos, así yo los pongo en una caja, los entierro y prendo una vela’. Esas son las cosas que no puedo calificar y que realmente me emocionan».

 

En familia

En el taller de restauración las tareas son en familia. Horacio Nigro fue el pionero. Se inició en un taller que dirigía un alemán. Durante siete años, ambos se dedicaron a la decoración de imágenes religiosas. Luego de aprender mucho sobre las distintas corrientes estéticas de siglos pasados y de elementos religiosos, decidió iniciar su propio negocio.

Desde el comienzo, Leila, su esposa, lo ayudó. En épocas de mucha demanda se quedaban trabajando hasta la madrugada en silencio, para no despertar a sus hijos.

Horacio Atahualpa fue el hijo que decidió aprender el oficio de su padre y trabajar junto a él. «Me crié entre estos cacharros y desde chico aprendí a andar esquivando cosas, había que mirar muy bien por donde caminábamos para que nuestras travesuras no incidieran en el trabajo de mi padre», recordó mientras terminaba de pintar el jarrón que llegó en 20 pedazos.

Cabe destacar que el costo de restauración del jarrón fue de aproximadamente 7000 pesos. «No cobramos por la calidad del trabajo, sino por el tiempo que lleve el arreglo», dijo Leila. El grueso de los clientes son de clase alta. También llegan personas que aprecian el valor de las antigüedades, agregó Horacio.

 

Firma o sentimientos

«Una cosa vale porque vale, por tener valores intrínsecos, artísticos o históricos», puntualizó Horacio. «Hay gente que tiene otros criterios ­más frívolos a mi entender­ porque busca la marca, pero yo considero que con marca o sin marca lo que es bueno es bueno», enfatizó.

La restauración de la capilla San Cono fue una de las obras más importantes que Horacio realizó. Asimismo tuvo la oportunidad de restaurar una pieza de colección que había sido de Mahatma Gandhi y una de las copias de las «Manos» de Auguste Rodin, hechas por el mismo artista.

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