Los vecinos
Si uno tiene varios vecinos de caracteres muy disímiles, y no se puede mudar de barrio, hay poco que ayude más a la supervivencia que llevarse bien con todos, a como de lugar.
Esa es la verdad que sostiene la experiencia desde los tiempos de la bolita.
Hace falta una estrategia, como en toda vida de relación. Uno si en una pulseada sabe que lleva las de perder tiene que vistear, como en el truco, para evitar las contiendas riesgosas y advertir por dónde renguea el perro. O la perra. Y luego decidir el arrime: ¿a quién conviene recostarse y por qué? Claro, pura sonrisa con los otros, para que no se sientan despreciados.
Como esto no es más que un juego mental, quizás una metáfora muy libre, nos puede inducir, lector, a desarrollar la imaginación. Nunca será ocioso.
Eso sí, hay que pensar en los vecinos más poderosos. A los demás, como se decía en la calle, «si te dejan hablar, les ganás».
Siempre en movimiento anda un morocho verboso y avasallador, hombre de promesa fácil y discurseo florido. Te mira y no sabes si está midiendo la ventaja que puede sacar, aunque con sus palabras y sus abrazos sugiera lo contrario, o si está dispuesto a darte una mano y a cambio de qué.
Unas calles más abajo habita ella, la vecinita que cuida tanto su estampa que ya se le nota, pero que todavía es capaz de envolverte con esas miradas intensas, ese agitar de su melena, ese caminar. Lástima su personalidad tan dominante y tan egoísta, que intimida y te hará dudar siempre de su fidelidad si, al lanzarle un piropo o una flor, te parpadea asintiendo.
Y al otro lado está el que vive en la casa grande, el de la baja estatura, el de la sonrisa un tanto socarrona, el que habla y se mueve lo justo pero consigue casi todo lo que sale a buscar por ahí. Como decía Wimpi: «Si es petiso necesita menos género, se estaciona en cualquier lado y con sólo sentarse en el diccionario llega al plato».
No sé, pero yo me recostaría a ese. Digo, por ahora.
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