Escrito por: Por Niko Schvarz |*|

¡Si podré acordarme de Marcos Ana! Lo recibimos en El Popular, cuando todavía estaba en Justicia y Lima. Fue una nochecita de emoción a flor de piel, allá por setiembre de 1963, primeros días de una anunciada primavera. Recibíamos al poeta que venía de la muerte, de la dictadura franquista que lo mantuvo 23 años encarcelado. Se dice rápido: 23 años. Más de ocho mil días con sus noches. Nos traía el hálito de los grandes de la poesía española que cautivó nuestra adolescencia, del Mío Cid, el Romancero, el divino Arcipreste, del Siglo de Oro, de Antonio Machado, de García Lorca y la poesía fusilada, de Rafael Alberti y Miguel Hernández y de la pléyade renovada que lo incluía, aunque él relegara su condición de poeta con extrema modestia.
Él mismo nos contó el secreto de su resistencia y de su amor a la vida, a pesar de todo: “Yo he podido soportar 23 años de cárcel, y lo he hecho incluso con la alegría del hombre que vive la vida que ha preferido vivir, yo he pisado dos veces la raya de la muerte y a pesar de todo me ven ustedes aquí, confiando en el porvenir de mi pueblo, confiando en el porvenir de todos los pueblos del mundo porque soy comunista y porque las ideas del Partido me dieron la fuerza suficiente para ser más fuerte que los enemigos”.
La visita de Marcos Ana permitió reverdecer aquellos días lo que había sido el movimiento de ayuda y solidaridad con la República Española durante la guerra civil, y que se mantuvo vivo en la continuidad de la lucha contra el franquismo. Movimiento que, en una simbiosis fecunda, se amalgamó con la resistencia contra los resabios de la dictadura terrista y por la recuperación democrática en Uruguay. Precisamente, los dirigentes de todos los partidos y movimiento antifranquistas que se habían unido en aquella gesta solidaria, recibieron a Marcos Ana como un símbolo de la lucha del pueblo español contra la dictadura de Franco.
Desde su llegada al Aeropuerto de Carrasco fue acogido por una Comisión muy amplia, que integraban el Movimiento de Solidaridad con el pueblo español, la Universidad y la FEUU, la Central de Trabajadores, la Asociación de Escritores y la Asociación de la Prensa, Casa de España, el Centro Republicano Español y el Ateneo del Uruguay. Fue recibido en el Parlamento y en la Junta Departamental de Montevideo, se realizaron con su presencia actos en la Universidad y el Ateneo, se editó un LP con sus poemas y su voz grabados en charlas y recitales con una presentación de Angel Rama. Destacó en escritos posteriores la significación de la gala cultural en el Teatro Solís, en la que un grupo de actores dirigidos por Carlos Maggi escenificaron pasajes de la revista MURO (edición clandestina de la prisión), intervinieron la soprano Virginia Castro y el concertista Daniel Viglietti con canciones de García Lorca, Alberti y Nicolás Guillén, y luego de una presentación del director teatral Ruben Yañez el propio Marcos Ana habló y recitó unos poemas. La culminación de la gira fue un acto popular masivo en el Palacio de la Cerveza. También se dio tiempo para participar en una actividad en el Teatro Larrañaga de Salto y una fugaz visita a Punta del Este.
Andan por ahí fotos amarillentas que fijaron estos momentos inolvidables. Una lo muestra abrazado al general Líber Seregni. Otra en el Parlamento con los diputados Luis Hierro Gambardella (activo participante en el movimiento de ayuda a España), otros diputados colorados, y Rodney Arismendi, Enrique Rodríguez y José Luis Massera. Hay fotos también de las visitas a los diarios Acción (en que aparecen Hierro y Julio María Sanguinetti), Epoca y El Popular, junto a redactores y linotipistas. El diario El Debate hizo una virulenta campaña en su contra.
Un acto de profundo significado, que todos los veteranos comunistas recuerdan, se realizó en la sede central del PCU de la calle Sierra 1720 el sábado 7 de setiembre de 1963.
Allí Arismendi dijo en su presentación: “No somos una secta ni un grupo escogido de conspiradores; nacemos de la clase obrera y el pueblo, somos pues hombres sencillos y alegres, amamos el pan y el vino, la alegría de vivir, las mujeres y los niños, la paz y la mano cordial del amigo, la guitarra y los cantos, las estrellas y las flores; no somos iracundos ni desarraigados, ni gente que pretende meter la vida en los zapatos estrechos de la fraseología (…) También amamos el oscuro heroísmo del trabajo revolucionario de todos los días y no tememos por eso el otro trabajo, cuando toca, de vencer la tortura, las balas o la muerte”. La primera parte de esta frase fue incluida en el carné partidario. Este discurso y la extensa respuesta de Marcos Ana fueron publicados en el Nº 26 de la revista Estudios, de octubre 1963, incluido en el disquete de la colección de la revista editado por la Fundación Rodney Arismendi.
Han pasado 38 años. Ahora, para nuestra alegría, Marcos Ana vuelve.
Lo hace precedido de la publicación de su libro “Decidme cómo es un árbol, Memorias de la prisión y la vida”, con prólogo de José Saramago. Nada menos. Son tal para cual. El libro tiene un capítulo dedicado a Uruguay, escrito con cariño y ternura. Cuenta anécdotas entrañables sobre su estadía en la casa del médico Dr. Juan Carlos Badano y su familia, en particular su hija Alondra, lo que a su vez remueve viejos recuerdos. Una página está dedicada a su entrevista con Juana de Ibarbourou.
No se me ha borrado de la memoria uno de los poemas escritos por Marcos Ana en la cárcel, que repite: “Todos los pulsos en hora”, y lo asocio al verso de García Lorca: “A las cinco en punto de la tarde”, con el cual se convocó a la gran manifestación contra la dictadura del 9 de julio de 1973.
|*| Periodista
Con Juana de Ibarbourou (*)
“Concertamos una cita y fui a visitarla. Me recibió en un salón a media luz. Estaba sentada en un amplio sillón y sonriendo me tendió la mano sin levantarse. Era una mujer enorme, vestida de negro, una figura severa, que impresionaba. Pero tan afable y familiar conmigo que no sé por qué me llenó de ternura y me senté en el suelo, en la alfombra, como junto al regazo de una madre.
-Siéntate en esa silla me dijo señalándome una cercana.
-No por favor, estoy muy bien así, quiero estar cerca de usted.
Estuvimos una hora hablando, me pidió que le recitara algún poema, lo que hice muy emocionado. Tomó un cuaderno de una mesilla que tenía con libros a su costado y me rogó:
-Cópiame, por favor, el poema “La Vida”, que me acabas de recitar, es tremendo y me ha conmovido.
Mientras yo se lo escribía, ella me dedicó dos de sus últimos libros, que aún conservo: Mensajes del destino y Cantos rodados. Al despedirnos, no me tendió sus manos, me abrió sus brazos y me retuvo en ellos con maternal ternura. Me fui impresionado, sin saber por qué no se movió del sillón durante todo el tiempo que duró nuestro encuentro permaneciendo en él como una diosa oscura, llenándolo todo con su grandeza física y humana, posando de vez en cuando su mano temblorosa sobre mi cabeza”.
(*) “Decidme cómo es un árbol”, de Marcos Ana.
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