Ranas toro
Me tomó por sorpresa. No sólo desconocía la existencia de las ranas toro, sino que jamás se me hubiera pasado por la cabeza que andarían haciendo de las suyas que no son pavadas en estas tierras. Pero así son las cosas de la naturaleza.
Y de la política, añado yo.
La rana toro se caracteriza por su gran tamaño y amplia dieta, o sea que prácticamente come todo lo que halla a su paso, modifica el hábitat y disemina enfermedades, lo que la convierte en una especie invasora de especial cuidado, que acarrea daños ambientales y económicos. Compite y consume a las especies autóctonas con efectos irreparables en determinados ecosistemas.
Igualito, igualito a lo que hacen algunos políticos, añado yo.
Pues bien, un montón de ranas toro ha invadido la zona cercana a Dolores y el arroyo Bizcocho. Hasta ahora se carece de datos verosímiles acerca de su cantidad y hasta dónde han llegado, por lo que el cálculo de los males que podrían causar es más que un desafío. Un biólogo que las ha estudiado con minuciosidad, aclaró que son difíciles de manejar, pueden ocasionar efectos indirectos en otras especies y tienen una capacidad muy fuerte de expandir su influencia en los alrededores.
Muy parecidos a los hábitos de ciertos políticos, añado yo.
Obviamente, el mundo científico se ha interesado en su inmediato control y ha pedido a las intendencias y a varios ministerios que colaboren en tamaño esfuerzo. Es que los técnicos tienen claro lo que podría ocurrir si las ranas toro, dispersadas por el Bizcocho, arrancan a recorrer el país de un lado a otro. ¡El Ronco López nos salve de este exótico intruso!
Pero mientras tanto, lector, no me niegue que le ha sacudido algunas neuronas un pensamiento más bien un escalofrío mental que he ido sugiriendo metafóricamente y que a mí me ha dejado más atolondrado de lo que era.
Al final, ¿habrán sido dos ranas toro las que abrazaron mostrando sus bocazas abiertas, allá por el Paso del Tigre?
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