¡Reforma, ya!
Entiendo que el gobierno y sus parlamentarios están preocupados por los fallos de la Suprema Corte de Justicia sobre el IRPF. Entiendo también que hay que luchar contra la inflación y resolver asuntos pendientes en la educación y en la salud. En fin, entiendo todo.
Pero si no se encara la reforma del Estado, este país, en cualquier momento, se va a la mierda.
Trataré de ser más preciso, pues corro el riesgo de que el lector, al terminar el párrafo anterior, llame al diario a ver qué tipo de colapso mental tuve. Vea, cuando hablo de esa reforma en lo único que pienso es en matar a la burocracia. ¿Fernández Huidobro y yo seremos los únicos pasmados que hemos advertido que tantos perversos mecanismos administrativos y papelerío torturante se están comiendo a la gente?
¡Déjense de joder con el país productivo, con la innovación tecnológica, con la ciencia y con las candidaturas!
Un poquito más de burocracia y habrán desaparecido las maneras de instalar un tambo, plantar un monte, desarrollar la industria del software, ampliar la playa de contenedores, agregar computadoras al Plan Ceibal, pagar el IRPF, afiliarse a una mutualista, postular la fórmula presidencial del canoso y el refranero y respirar.
¿No fui suficientemente claro? Bueno, lector, lo invito a sacar una cédula catastral en la oficina correspondiente. Comprobará que aunque usted sea un simple ciudadano que quiere ese papel porque va a vender su casita, gastará horas esperando que se despache a los gestores, que tramitan la misma cédula pero en cantidades dignas del cálculo infinitesimal. Y advertirá que sólo hay tres computadoras y dos funcionarios, y probablemente se vuelva loco, mientras aguarda a que lo llamen, tratando de explicarse por qué sobra o falta algo. Y qué decir si resuelve comparar tan escalofriante carencia de empleados allí con la explosión demográfica que sufren muchas otras dependencias del mismo Estado.
¡Muerte a la burocracia, ya!
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