Conchillas. Luego de muchas décadas, de nuevo es el imán de los que buscan trabajo

La historia secreta de un pueblo  inglés que sobrevivió a las llamas

Finales del siglo XIX. El gobierno argentino dispuso que se construyera el denominado Puerto Nuevo en Buenos Aires, por el cual circularía toda la producción de carnes y cereales rumbo a Europa.

Para concretar la obra había que conseguir importantes volúmenes de arena y piedra, al mejor precio posible. La solución al problema surgió en la otra orilla del Plata. Un ciudadano de nacionalidad inglesa ­Luis Hill­ era dueño de una cantera y de ésta podrían extraer todo cuanto necesitaban.

El empresario inglés Charles Walker inició las conversaciones en 1887. Arrendó a Hill tres mil cuadras en la orilla derecha del arroyo San Francisco. El paso siguiente fue buscar en territorio inglés personal de confianza para que viniera a trabajar. Fue así como comenzaron a construir el primer caserío de Las Conchillas, así llamado por la gran cantidad de ese tipo de caparazones que abundaba en los médanos.

La vida de ese poblado fue muy breve. Un obrero proveniente de Buenos Aires resultó portador de difteria. La peste se expandió como reguero de pólvora y las autoridades sanitarias uruguayas ordenaron que se quemara el caserío.

 

Mal olor

Al cabo de varios meses, la empresa retomó el trabajo. Construyeron enormes barracones de piedra para hospedar a nuevos inmigrantes. Los patrones ingleses dispusieron algunas normas férreas. El agua, por ejemplo, debía ser acarreada desde un pozo común hecho en las cercanías del arroyo.

También apareció en escena «El Nochero», un personaje singular que salía por el pueblito amparado en las sombras de la noche para recoger en un carro los baldes de lata de cada casa, cargados de excrementos, que llevaba luego muy lejos de allí y volcaba en el río.

 

Náufrago con suerte

Los ingleses, por su lado, disponían de lujosas residencias. En Conchillas la producción iba en constante aumento. Cierto día, ya en 1910, los pobladores vieron con asombro cómo se hundía a no mucha distancia un buque. Aferrado a una tabla apareció en la costa un náufrago, David Evans, que era cocinero de la nave. Se afincó en la zona y demostró de inmediato sus buenas condiciones como vendedor de bebidas y comestibles. Llegó a instalar un almacén, hasta que la empresa lo contrató para atender un servicio similar que había creado. Allí se fiaba a la clientela de todo, desde fideos hasta un automóvil que encargaban a Londres y que traía el vapor Bremen. Entre los obreros llegó a circular una moneda que había acuñado en Bélgica la empresa Walker.

El pueblo iba creciendo constantemente. Los ingleses instalaron en el lugar una iglesia, una escuela, el cementerio. También lo dotaron de luz eléctrica, que podía ser usada sólo durante unas pocas horas en la noche, porque había que acostarse temprano para arrancar al amanecer. Sin embargo, la buena estrella no duró demasiado.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje