Escrito por: Tercera época Por Antonio Pippo
Está claro que la decisión de la Suprema Corte de Justicia sobre la constitucionalidad del IRPF aplicado a las pasividades devenida gran batahola por culpa de una filtración que usó alguna prensa no hará cesar las discusiones. Las diferencias de opiniones especializadas se mantendrán hasta el fin de los tiempos.
Hablando de filtraciones, cuyo origen en este caso aún no se conoce, lo ocurrido es, tal cual declamaría mi amigo Epifanio, “para arrancarse el vello del pubis a puñados y sin misericordia”. Eso sí, buena memoria ante todo: ha sido un hábito poco estimulante en la vida institucional del país desde que tengo memoria; yo diría que es una latencia perniciosa que no hemos logrado sacudirnos para que haya más transparencia y menos corcoveos morales absolutamente explicables.
Debido a que el tema sigue encima de la mesa de los ciudadanos, y con la misma honestidad con la que admito mi incapacidad para debatir sobre constitucionalidades, he de mantener mi repetidísimo postulado: cualquier impuesto a las pasividades, hasta el que se aplica supuestamente para financiar la construcción de viviendas, es una suerte de inmoralidad política. Acerca del IRP sostuve, en su momento, y lo hago hoy sin dudar, exactamente lo mismo. El famoso problema de las cuarenta, cincuenta o ciento veinte jubilaciones de privilegio se puede resolver de otro modo.
Pero hay un asuntillo que me perturba.
Antonio Elías, un reconocido economista, hombre del Frente Amplio desde el principio, ha informado que casi ochenta por ciento de la recaudación del IRPF sale de rentas de trabajadores y pasivos y sólo el resto de rentas del capital. No he advertido quizá me distraje por la resurrección de Peñarol que se le haya refutado.
Entonces pregunto: ¿Esa distribución de porcentajes se corresponde con ideas esenciales de izquierda?
Se ha dicho, es cierto, que la reforma es flexible y que se ajustará a una mayor justicia tributaria. Ojalá.
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