Realismo
Si algo abunda aquí son ganas de exponer ideas y debatirlas. Sugiere la inquietud de muchos por el porvenir. Sin embargo, suele haber un desfase entre el verbo y los hechos consiguientes; a veces, pocas, se alcanzan objetivos plausibles, pero nunca falta sitio a la sorpresa.
Y así quedé, sorprendido, al advertir la diferencia entre los aportes de dos académicos de nota al debate sobre la necesidad de vincular la innovación y el trabajo al desarrollo nacional.
El rector de la Udelar anunció que universitarios se reunirán con gente de zonas seleccionadas de la capital, «para estudiar en qué se puede colaborar» y cómo el saber terciario «puede juntarse a otros conocimientos para atender problemas de vivienda, salud y reincorporación al mundo del estudio». Como teoría suena bien, e incluso se ha intentado antes ponerla en práctica: hubo éxitos relativos, es verdad, pero casi siempre el esfuerzo se deshilachó. Se coincide en el diagnóstico, pero luego, demasiado frecuentemente, el proceso se convierte en un diálogo de sordos o entre personas que hablan diferentes idiomas; hay un punto en que chocan los discursos y expectativas de unos y otros, y el esfuerzo se diluye. Ya ha pasado, aun mediando las mejores intenciones de ambas partes.
A su vez, el intendente de Montevideo, científico experimentado en investigación y divulgación, notició la creación de un parque de ciencia y tecnología, en coordinación con Educación y Cultura y la propia Universidad. «Será dijo- un espacio donde se tendrá una suerte de aventura intelectual personal, poniéndose en la frontera de lo que ocurre hoy en el mundo, mientras los niños descubrirán capacidades». Un proyecto sencillo, de resultado previsible: la entretenida aventura del pensamiento y la imaginación, que forma e informa porque el interesado participa con entusiasmo y obtiene dividendos inmediatos.
¿Qué diferencia ambas ideas? Pues el realismo. Las comparaciones ¿son odiosas?
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