LAS PALABRAS TRAMPOSAS
Cuando una persona es detenida por la policía y acusada de algún delito, los cronistas califican de inmediato a esa persona como «individuo», siempre y cuando se trate de un varón y la fechoría no sea de cuello blanco.
El infeliz cambia de categoría con velocidad de zapping: de ciudadano a individuo antes de llegar al juzgado. Si la acusación conlleva además un tinte sexual, el hombre ya convertido en individuo pasa a ser apenas un «sujeto» y además execrable. En general, ciertos adjetivos están pegados con novoprén a ciertos sustantivos, y no hay manera de desprender al uno del otro. Si el sustantivo para el caso es individuo, el adjetivo será «despreciable». Pero si el cronista elige «sujeto», el calificativo correspondiente será «execrable». Todos conocemos ejemplos de esas atonías idiomáticas llamadas lugares comunes: el execrable sujeto, el despreciable individuo, el voraz incendio, la breve pero emotiva ceremonia.
Tales vicios no son exclusivos de los periodistas que cubren las noticias policiales. Ni siquiera de los periodistas. En este mundo palabrero, la comunicación pública aparece profundamente marcada por condicionantes que son culturales y sociales y que ocultan en el fondo de sus significados fuertes improntas ideológicas. En torno a ellas a veces se debate, pero casi nunca parece haber espacios propicios para hacerlo, quizá porque los réditos de tales debates son magros cuando no nulos. Es así que la frase oblicua, cargada de intencionalidad, aviesa en su misma concepción, termina siendo un lugar común aceptado por todos y que se reitera ad infinitum.
En la reciente y tan mediática cumbre de Santo Domingo, el presidente Evo Morales explicó cómo él mismo había sido calificado primero de comunista, luego de narcotraficante y después de terrorista, al compás de las operaciones psicológicas pergeñadas en Estados Unidos a lo largo de los años y replicadas por una vasta caterva de plumíferos en toda América Latina. La secuencia de las acusaciones, según el presidente boliviano, fue la siguiente: comunista en la década de 1980, cuando la guerra fría estaba en su apogeo; narcotraficante en la década siguiente, cuando el fantasma para consumo internacional era Pablo Escobar y su banda mafiosa; terrorista después de los atentados de 2001, cuando ya Osama estaba en el centro de aquel «eje del mal» de George Bush. En República Dominicana el otro día nadie reparó demasiado en las palabras de Evo Morales, sino en la hilarante comedia de enredos que protagonizaban, incansables, Los Tres Chiflados en su enfrentamiento con el malvado Chirolita.
El manejo acrítico de los lenguajes públicos a veces abisma. Mentiroso y pobre, tiende a recorrer siempre el mismo trillo, como el ganado que rumbea al atardecer para los tajamares. Uno detrás del otro, los emisores se amontonan para decir la misma falacia y llegar así a millones y millones de personas en todo el mundo. La consigna es: repite que algo queda. Cuando estalla un coche bomba en Bagdad, la etiqueta de «atentado terrorista» está garantizada. Pero si lo que explota es una bomba lanzada desde un avión norteamericano en las montañas de Afganistán, entonces corresponde hablar de una «operación militar». No importa que en ambos casos mueran niños y mujeres, que además son inocentes y ajenos al conflicto. No importa que las semejanzas sean escandalosas. El prestigio social de un cazabombardero norteamericano es infinitamente superior al de un simple automóvil cargado de trotil. El aura justiciera que posee un piloto de combate de EEUU ha sido cimentada durante décadas a través del cine y la televisión. Tom Cruise pilotea un F14. El entretenimiento, como nunca, al servicio de la ideología.
Imaginemos por un instante el desconcierto que provocaría informar acerca de un «atentado terrorista perpetrado por un piloto norteamericano en el norte de Afganistán». O aseverar que «un execrable sujeto evadió al fisco y estafó a sus conciudadanos en varios millones de dólares». Estupor. La subversión de las palabras vuelve, por un momento, incomprensibles las noticias. Este idioma no es el mío. ¿Un piloto norteamericano se pasó al talibán? ¿El que evadió al fisco era, además, un abusador sexual? La verdad pura y dura, expresada de forma sencilla, a veces resulta difícil de entender. Hay tanto acostumbramiento a las trampas del lenguaje que la ruptura de los moldes habituales descoloca y molesta. Cierto es que, a primera vista, el lenguaje parece aguantar cualquier cosa. Todos los días lo retuercen, violentan y deforman sin piedad. Sin embargo, al final se termina por mostrar la hilacha.
Un caso ejemplar lo tenemos en estos días. La tortura es formalmente rechazada y despreciada a nivel internacional, a tal punto que existen pactos y convenios internacionales para denunciar y castigar su práctica. La semana pasada, sin embargo, el mundo político hizo silencio o apenas si se permitió unos muy educados murmullos– cuando el presidente Bush vetó una ley que prohibía a la CIA torturar a los detenidos. Es aleccionador analizar el comportamiento de muchos lenguajes públicos en torno a este asunto. La agencia AFP, por ejemplo, habló de «determinados métodos de interrogatorio, calificados como tortura por sus detractores». La inefable BBC describió el hecho como «controvertidas técnicas de interrogación». Terra España se fue por la tangente utilizando ese nuevo esperanto que es el inglés, y habló de «waterboarding» en lugar de submarino. Otras trampas del lenguaje, para este caso, fueron: «métodos intensos de tratamiento a detenidos», o el espeluznante firulete de «procedimiento de ablandamiento psicofísico», utilizado por El Diario de Durango, en México. Me recuerda los días en que el entonces presidente uruguayo Juan María Bordaberry defendía en público y con energía «el rigor de los interrogatorios» que practicaban las Fuerzas Conjuntas a los presos políticos en cuarteles y comisarías.
Vale señalar que, en aquel tiempo, el dislate bordaberriano generó una ola de indignación y señalamientos en ámbitos políticos, sindicales, periodísticos y culturales, tanto domésticos como internacionales. Nadie se quedó callado, pese a la represión y al miedo. Se fustigó la palabrería presidencial y las ideas que apuntalaban semejante discurso. A ese lenguaje canallesco se le opusieron otros lenguajes y otras miradas, que empleaban el territorio de lo público para denunciar la trampa del referido circunloquio. El supuesto «rigor de los interrogatorios» fue señalado con la palabra exacta: tortura. Los interrogadores fueron señalados para siempre como torturadores y el entonces presidente no pudo alegar que su investidura lo colocaba por encima de la gramática. Sin vueltas. Al pan pan y al vino vino. Fueron las luchas y el tiempo los que terminaron con aquella retórica del terror.
Lo de Bush no es novedad hoy, como no lo fue hace tres décadas lo de Bordaberry. La trampa de ciertos lenguajes tampoco es novedosa. Aunque ya me imagino la cara de Mauricio Rosencof cuando le comente que ahora al submarino le dicen «waterboarding».
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