Justicia
A veces se hacen buenas cosas por estos pagos y no todos se enteran. Ciertas obras no logran, quién sabe por qué, el conocimiento general que merecen.
Es el caso del libro «Centenario de la Suprema Corte de Justicia», editado por el Centro de Estudios Judiciales del Uruguay y el propio máximo órgano judicial del país.
No creo sorprender a nadie si digo que de los tres pilares que permiten el equilibrio de nuestra democracia, el Poder Judicial es el menos conocido y el más injustamente sospechado. En parte, la responsabilidad ha sido de los mismos magistrados, que han llevado a un nivel casi patológico su aversión a la prensa y a la exposición pública. De todos modos, es difícil criticarlos cuando tienen ahí nomás, en la vereda de enfrente, un ejemplo deplorable de colegas que precisamente han hecho del exhibicionismo más ramplón su voto de fe.
Siempre he postulado que hay un camino del medio entre ese distanciamiento, que causa desconcierto y malos entendidos en la ciudadanía, y la conversión de los respetables magistrados en actores principiantes de telenovelas melodramáticas. Algo se ha hecho en la dirección correcta durante los últimos años. Este libro es, en ese sentido, un aporte invalorable.
Su objetivo, además de la celebración del centenario, es permitir que el ciudadano común »y en particular las jóvenes generaciones», según sugiere el prólogo conozca los orígenes, la evolución, el funcionamiento y las potestades y limitaciones de la Suprema Corte de Justicia. Está escrito en un estilo sobrio de alcance general y debería ser bendecido con la distribución más amplia posible. Todo está allí, detallado y preciso, de manera que nadie pueda argüir que lo ignora: la historia, la tradición y la jurisprudencia, los fallos destacados, la vinculación de la Corte con la sociedad y una visión del Poder Judicial del siglo XXI.
Hasta Ruedita, y en copas, podría entenderlo. Claro, si el Chiquito Otegui se lo lee.
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