COMO SE HIZO EL LIBRO DE DIEGO ACHARD SOBRE WILSON
El martes 8 de mayo de 2007 estuve conversando con Diego Achard desde un rato antes de las cuatro de la tarde hasta alrededor de la seis. En realidad, a eso hay que descontarle unos 40 minutos en que salí de la habitación pues la esclerosis lateral amniotrófica que le paralizaba ya todos los músculos del cuerpo en su avance sin pausas- además de postrarlo no le permitía tragar saliva y cada tanto lo ahogaba. Cuando al rato de empezar a charlar le vino la asfixia salí corriendo buscando al enfermero y a su hijo Andrés Achard y no volví a entrar hasta que, nebulización o cosa parecida de por medio, Andrés me indicó que ya había pasado la cotidiana crisis y que Diego quería seguir charlando.
Cuatro años contra reloj
Diego hablaba con un hilo de voz ella se le agotaba y no podía hablar más de una hora y media por día y lo hacía, sin embargo, con el entusiasmo de toda la vida. Ese escaso tiempo había adquirido dos características. Parecía ahora más inteligente probablemente porque ponía más horas de obligado silencio a sus reflexiones y sus frases salían luego como sentencias. Y lo dedicaba casi exclusivamente a hablar de los blancos en la versión Wilson de los mismos.
El tema fue, como los últimos tres años, su libro sobre Wilson. Lo había terminado. Me habló de las ideas generales que contenía su prólogo (se detuvo en Saravia del que Wilson admiraba, me contó, la intransigencia. Alguna vez habíamos hablado respecto que el batllismo encaja bastante con lo que en otros países fueron los laicos partidos radicales y los blancos a lo que en otros escenarios se conoce como partidos intransigentes).
Diego siempre tuvo muy claro que yo, obviamente, no estaba de acuerdo con la visión blanca del país y de su historia. Pero siempre habitamos el espacio de la discrepancia que la civilización hace tan cómodo. Siempre supimos que estábamos los dos muy comprometidos con nuestras respectivas visiones de país, visiones que no eran nuestras, que venían de antes, que quedarían después, que nos superaban como debe ser. A las que nos debíamos. Wilson fue eso para Diego: el contrato profundo con una visión de país que obligaba.
Diego estaba feliz con el fin de su libro. No era para menos. Cuatro años antes, viniendo con nuestras esposas en el auto, me dijo que ese día tenía que recoger el resultado de un examen dolorosísimo que le habían hecho, a causa de los calambres que solían afectarlo desde tiempos inmemoriales.
Yo me olvidé del asunto. Me llamó un par de días después y me dijo que lo que tenía era grave, que me fijara en internet qué era bien lo de esclerosis lateral amniotrófica, que él no tenía mucho ánimo para ello y que la doctora tratante le había dicho que tenía entre dos y seis años de vida de muy mala calidad.
Consciente de su próximo fin, Diego se dedicó primero a hacer el más vasto archivo que pueda existir sobre Wilson. Susana Sienra de Ferreira Aldunate le dio el archivo personal de Wilson. Diego juntó además las cartas que Ferreira Aldunate mandó desde el exilio pidiéndole copia a cuanto ciudadano podía tenerlas. Hizo unas 70 entrevistas a personas que habían tratado con Wilson en diferentes etapas de su vida y la desgrabación de las mismas las incorporó al archivo, junto a los casettes grabados que Wilson mandaba desde el exilio. Diego logró, por su personalidad, que amigos y adversarios de Wilson colaboraran. Hizo desclasificar material en los Estados Unidos, con los trámites pertinentes, así como lo mismo acá con el material clasificado en los archivos del Ministerio del Interior y de Relaciones Exteriores.
Cuando tuvo todo el material ya tenía el libro estructurado en la cabeza ordenó el material cronológicamente y cada año (el libro trata desde 1972 a 1988) medía por lo menos 30 centímetros de altura de hojas de papel.
Ya para entonces Diego había perdido el movimiento de los brazos y de las manos. De manera que tuvo que escribir el libro de la siguiente manera: hacía poner un tomo en un atril. Un asistente le pasaba hoja por hoja. Con marcadores de diferentes colores hacía señalar el material. Pongamos, amarillo, debe ir textual e imprescindiblemente. Rojo, debe ir como nota al pie. Verde, señala un concepto o situación que debe mencionarse. Y así, etc., etc.. Todo un código. Luego que se armaba el material preferentemente por el hijo, o por alguien de la editorial él lo corregía oralmente una y otra vez. Al atril. Eso tachalo. Ahí agregá lo siguiente … y dictaba. No tenía manos, pero difícilmente algo sea más escrito por alguien que esto por Diego. Ya a esa altura Diego había perdido el movimiento de las piernas y usaba silla de ruedas.
Esa tarde del 8 de mayo de 2007, pues, Diego había dado el libro por terminado. Conversamos y me fui. Cuando llegué a mi casa, con la charla de Diego todavía no acallada, me llamó Andrés, su hijo… Diego había muerto unos instantes antes.
En el funeral oí a unos cuantos amigos decir que cuando Diego había terminado la misión que se había autoimpuesto con el libro, entonces se sintió liberado y se murió. Yo pensé para mí que era al revés. Que el cuerpo le pidió la muerte como seis meses antes (de varios ahogos se pensó que no salía…). Y él le pidió de prestado vida a la muerte. Esta a veces cede pero luego no deja ni un cuarto de hora de propina.
Un libro, una vida
En realidad, Achard empezó a escribir en su cabeza el libro sobre Wilson mucho antes. Era consciente que había estado muy cerca del último caudillo nacional. Había sido, en realidad, el hombre de mayor confianza. Y sentía el deber de dejar testimonio.
Yo vi cómo carburaba ese compromiso y ese libro a lo largo de mucho tiempo. Empezamos a trabajar juntos en Bolivia en el año 1991 en temas de gobernabilidad, para el PNUD. Trabajamos luego en Brasil, Paraguay y Argentina para el BID-INTAL. En las conversaciones sobre nada en las que mejor se conoce la gente Diego contaba sobre Wilson, que entonces hacía unos pocos años que había fallecido. Yo le contaba mucho, claro, sobre Batlle y Ordóñez. Diego había sido un muchacho exiliado en México que empezó en una inmobiliaria, después en un diario, después en un canal y pasó a ser director de Internacionales del Informativo. Desde su cargo llamó a Wilson por temas del Uruguay y empezaron a conversar regularmente, a cuenta del canal mexicano, calculo. Después viajó a Europa a conocer a Wilson y desde allí se hicieron inseparables.
Yo, antes, un día estaba dando clases de profesorado de literatura en el Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras (hoy Universidad Católica), en 1982, dictadura, claro, cuando me traen una carta clandestina de Juan Raúl Ferreira, a quien yo no conocía. Iniciamos, a través de ella, un diálogo con el exilio organizado. En marzo del 83, asumía Brizola en Río de Janeiro, conocí a Wilson, a Diego y a Juan Raúl (a Wilson yo lo había visto bastante de adolescente, de cuando acompañaba yo a Maneco). Después con Diego conversamos mucho mientras escribía su libro ya clásico «La transición en el Uruguay». Después fue que empezamos a trabajar juntos. Nuestro tema era la ingeniería institucional democrática. El había estudiado en México y en Flacso. Yo había hecho un intensivo teórico en cinco años de presidente de la Comisión de Partidos del Senado. Ambos teníamos alguna experiencia política. Luego, en 1994, yo dejé de hacer consultorías en el exterior porque me puse a hacer Posdata. Pero igual en el 96 y el 97 hicimos un libro juntos para la principal editorial de México, lo que nos obligó a viajar por toda América Latina e ir bastante por Washington y Nueva York. Antes habíamos publicado dos libritos con Luis Eduardo González de socio de aventuras. Cuando terminé Posdata y volví a las consultorías, trabajamos con Diego cosas de Nicaragua y alguna cosa pequeña de Honduras donde Diego era una personalidad pública. Diego ya era un consultor estrella de PNUD. L
o que quiero decir, es que le vi escribir este libro oralmente en nuestras tertulias en toda América Latina. Todos los escenarios latinoamericanos que revisábamos le daban pie para enriquecer su visión de Wilson.
Estos días el libro de Diego concebido como cuento y plasmado por una cabeza más lúcida al aligerarse de las manos comenzará a caminar solito. Su nombre es «Se llamaba Wilson». Probablemente algunos no coincidamos plenamente con sus tesis. Pero abran paso que está hecho con los huesos, corta con su lucidez y versa sobre la esencia del país.
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