Curiosidades
He llegado a pensar que nos iría mejor si nos despojásemos de algunas curiosidades sin las cuales viviríamos mejor. Por ejemplo, la abundancia de reglas para hacer práctico y seguro no loco y trágico el tránsito vehicular.
Como parece que lo que había era poco, se ha agregado una nueva ley de tránsito; ya podemos hablar de inflación normativa.
Caramba. ¿He decidido militar contra una legislación? ¿Acaso postulo una libertad irrestricta e irresponsable en las calles? ¡No, por las barbas del profeta de la desventura ciudadana! Esta ley ha concluido un extenso y minucioso trabajo interdisciplinario y su texto revela unas conclusiones incuestionables.
El problema es que ni con ella, aun sumada a lo fijado por las ordenanzas municipales y nacionales, se resolverá la cuestión.
¿Abundamiento de cinturones de seguridad y cascos? Magnífico. ¿Luces encendidas en las ciudades y en las rutas? Espléndido. ¿Mayor rigor en los controles de la velocidad y del alcohol ingerido por los conductores? Estupendo.
Ahora bien, ¿los corporativismos protectores seguirán intocados?
Que nadie se haga el distraído. Me refiero a esas redes intrincadas y poderosas que hoy permiten que los conductores de ómnibus, camiones y taxis hagan lo que se les plazca, hasta hacer que desaparezcan muchas de las responsabilidades y sanciones merecidas y a veces aplicadas, con la consecuencia de una directa estimulación de la más exquisita reincidencia.
Pero no es la única curiosidad del tránsito nacional. La otra, a mi juicio camino del Apocalipsis, es el pésimo manejo que de los vehículos hace la mayoría de los conductores y, en especial, los profesionales, devenidos dueños del asfalto, el pedregullo o la tosca, que ignoran señales y que se pasan por las entretelas, en reiteración real, a la mayoría de las normas tan meticulosamente elaboradas por los técnicos.
Como decía mi abuelo Jaime, cuando se enojaba: «No hay que sacarle el culo a la jeringa».
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