ENERGIA: LA INDUSTRIA PUEDE

En materia de «energía» es demasiado frecuente oír y leer que Uruguay carece de capacidad industrial para tal o para cual cosa. Esa supuesta falencia o incapacidad se afirma como al pasar, dando el asunto como demostrado, incurriendo en grueso error y en una injusticia. Que incluye obreros, empresas y maquinaria.

Conozco el caso de alguien a quien le «informaron» eso pero que, por las dudas, puso avisos en un diario. Pudo constatar entonces la existencia de una muy calificada mano de obra vacante y por lo tanto iniciar los trabajos que necesitaba. De más está decir que esos obreros especializados y desperdiciados trabajaban hasta ese momento en otras tareas.

En Uruguay, que exporta (¡!) gasógenos industriales y maquinaria para la producción de diesel en base a basura domiciliaria, hay suficiente capacidad no utilizada para la generación de electricidad a leña y otras biomasas (por lo general desperdicios) y para la construcción de maquinaria necesaria en la explotación de nuestros esquistos bituminosos. Y dichas centrales, que además otorgan independencia, son de rápida instalación.

No cabe tampoco decir que no tenemos capacidad industrial para ciertas producciones: si hay una Ley, normas municipales o decretos ministeriales que abran esas canchas, no faltarán industrias uruguayas que las fabriquen. ¿Para qué y por qué lo van a hacer hoy?

Por ejemplo: los aparatos generadores de energía eólica, por lo que pudimos ver, mover y tocar «in situ» y por lo que nos aclararon muy especialmente autoridades españolas amigas de Uruguay, visitadas al efecto recientemente, no tienen ninguna mecánica «de precisión» sino todo lo contrario. Claro: el que hoy fabrica tales máquinas va a tratar de hacernos creer que están fuera del alcance de nuestros técnicos y de nuestra mano de obra. No sea cosa que entremos a no comprar los suyos. La capacidad industrial también se crea con leyes y decretos en los que el gobierno sólo gasta papel y tinta. Esa es la historia de la industria, por otra parte. Nadie, salvo un deportista, va a fabricar cosas para actividades que de hecho no están permitidas o solicitadas.

Pero obviamente: tampoco nadie va a montar esa actividad industrial, o una parte de ella, para construir muy poquitos generadores eólicos.

La producción de diesel con biomasa (y no sólo con granos) y con la basura domiciliaria era una vieja tecnología alemana para tiempos de guerra, renovada y mejorada, que ahora se usa, y en forma creciente, en muchos lados. Es una de las vertientes principales por donde también va discurriendo la investigación de punta. La Intendencia Municipal de Montevideo la está estudiando y ha visitado plantas que funcionan. La ex Funsa está fabricando maquinaria para ella… Para su exportación (¡!).

Otro ejemplo: la energía solar térmica no puede ser una decisión de cada núcleo familiar o empresario. Sobra capacidad industrial en Uruguay para dar cumplimiento cabal a una Ley que obligue, en determinado plazo, a su utilización en domicilios y empresas.

Deben ser obligatorios los paneles solares para colectar calor así como hoy son obligatorias en la construcción ciertas normas para las instalaciones eléctricas, sanitarias, prevención de incendios, etcétera. Lo referido debe pasar a ser tan «normal» como estas normas a las que estamos tan acostumbrados. Hoy ya es más necesario que muchas de las vigentes.

Genera ahorros de dinero al consumidor, energía al país y contaminación al mundo; fuentes de trabajo y «certificados de carbono».

En Uruguay existe un vacío legal e institucional vinculado a los innovadores a secas. Ni profesionales, ni académicos, ni empresariales: simplemente gente común y corriente.

En estos ocho años en el Senado y muy especialmente desde que los precios del petróleo «estallaron», hemos podido ver, discutir y hablar con mecánicos de motores y turbinas, ingenieros a medio terminar que siguieron estudiando «por la suya», mecánicos industriales, etcétera. Algunos han innovado, otros creen haberlo hecho y es probable que sí pero necesitan apoyo para comprobarlo. Algunos han «vendido» sus inventos (que están en funcionamiento cabal) a precio vil. Otros no tienen cómo hacer prototipos aceptables. Otros necesitan asesoramiento científico para seguir adelante.

Para esta gente, sin más requisitos que una idea seria, sin diploma alguno, debe haber un lugar dónde ir y en el cual aportar o en el que compartir.

Hay en Uruguay otro grave problema con las patentes: no sólo las de rodados sino (como en este caso) las de invención (o como quiera llamárseles). La gente común y corriente, sin grados académicos, sin apoyo alguno, sin formación al respecto, sin asesoramiento ni modo de pagarlo, sabe que debe cuidar sus trabajos patentándolos y sabe también que la patente uruguaya (o registrada acá) no tiene mucho valor internacional. Debería haber para estos casos un cuidadoso y garantizado asesoramiento, financiación y ayuda.

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