En un agitar de cuadriles
Todavía haciendo cruces y genuflexiones me presenté donde mis padres. Los hallé rodeados de sirvientes, entre los que se encontraba Donata, antigua aya de mi hermana y ahora esposa de Liborio. Turbada de emoción se vino a mí y ambos nos unimos en cálido y largo abrazo.
Respetuoso aguardaba Liborio a que diésemos fin a nuestras muestras de afecto para juntarse a su vez a Donata, quien, sin duda por cariños, lo llamó «malandrín y trotavientos». Una vez pasadas las primeras vehemencias, todo fueron plácemes y alegría en aquella casa. Y más algazara hubo cuando a toda carrera se presentó mi hermana en el salón, seguida de las otras damas, y se me arrojó a los pechos, jubilosa.
¡Ah, Fadrique, hermano pródigo! Hora era ya de que te tuviésemos entre nosotros. Te hemos echado de menos.
Era mi hermana una criatura risueña, de tez pálida y cabellos de azabache. Siendo de talla menuda tenía armoniosas las proporciones, cosa que pese a nuestro estrecho parentesco, nunca pude dejar de apreciar y admirar.
Tomándola por la cintura, la alcé en volandas y poniéndole ósculos en ambas mejillas, la hice dar vueltas por toda la estancia mientras ella no cesaba en sus risas. «¡Qué bien que hayas vuelto, qué bien que hayas vuelto!» Hasta que mareados de tanto volatín, nos miramos frente a frente.
Más cenceño estás, hermano, pero también más alto y gallardo.
Sin soltarle la cintura, sonreí.
No son buenas las gorduras cuando tu vida pende de la presteza de tu cuerpo.
Mi madre, radiante, se nos abrazó a ambos.
Hijos, no sabéis cuánto me complace que el Señor nos haya reunido a toda la familia en un día como hoy.
Aunque bergante y todo como era, Liborio había sido mi compañero en muchas malandanzas, y de algún que otro aprieto me había sacado, así que lo presenté a la concurrencia. Pero el mamarracho, siempre falto de comedimientos, se arrojó a los pies de las damas.
Liborio, mayor que nosotros en unos pocos años, había entrado al servicio de la casa siendo un cagoncillo, hijo de nuestro herrero. Pronto se hizo mozo de cuadra y le dieron la tarea de acompañarme y cuidarme de daños. Bien es cierto que me enseñó cosas impropias de un caballero, pero que en la corte de París sirvieron para sacarme de apuros. Porque así me enseñó a cómo regatear a las verduleras, a afanar una bolsa descuidada o a mirar por el ojo de la cerradura en los aposentos de las doncellas.
Una de aquellas doncellas era Donata, aya y confidente de mi hermana, y mientras fui menor, también un poco mía.
Un día, tras haber estado fisgando ambos por el ojo de la puerta de la que después iba a ser su parienta, me llevó a las caballerizas y me invitó a medir nuestras respectivas longitudes. En un momento nos bajamos los calzones y fuimos a la justa. Alborotado como él andaba por la oronda visión del trasero de Donata y de las otras criadas, me dejó en último lugar.
Mal gusto de boca me dejó la escaramuza, de modo que se la juré, y no tardó mucho en que llegara el tiempo del ajuste. Porque fue el caso que cuando cumplí mis quince años, Liborio, se conoce que harto de conocer el trasero de Donata a hurtadillas, la pidió en matrimonio a mis padres. No tardaron en desposarse.
Para ser villanos no fue mala boda y tuvieron cuantiosos presentes, y el mejor fue el de mis padres, que les donaron una habitación y un llar en el ala de los criados para que así pudieran hacer su vida separados de los demás.
Pasados los nueve meses, aunque por mi cuenta no fueron más de seis, Donata parió una lucida niña. Ambas, parturienta y parida, disfrutaron de solícitos cuidados, ya que mi madre le preparaba sustanciosos caldos de gallina a Donata, quien habiendo tirado siempre a flaca, cogió carnes y lustre.
A mí, aquella criatura me pareció de lo más simple, porque ni siquiera con la vista sabía encontrarme. Más tarde fui tomándole afición a tontear con ella, lo que a Donata le placía. Y más me aficioné cuando vi que apenas la nena berreaba de hambre, Donata se abría el corpiño y le ensartaba el pezón en la boca.
Primero le daba una teta y luego la otra, hasta que la nena quedaba dormida y en la gloria. Luego, Donata echaba los pechos para dentro, decía «mi ángel» y todos quedaban tan anchos, menos yo, a quien las tetas de Donata produjeron siempre honda conturbación. En una ocasión, en que mi mirada se quedó como pasmada en sus ubres, ella me hizo seña de que me aparejara y susurró: «¿Te gustaría una chupada?». Ignoro si hablaba en serio o buscaba chancearse de mí. El caso es que, no yéndole yo a la zaga en descaros, y sin decir sí ni no, en cuanto el rorro cesó el trajín de las mamadas, tomé por asalto los pezones pegándoles enormes y gustosos sorbetones. Al principio, flujos de risas bobas atacaron a la recién parida: «Mozuelo, cómo chupas, ni que estuvieras hambriento», porque en verdad era como un regalo tirar de la teta y sentir que un chorro caliente y suave se estrellaba en mi gañote. Y por otro lado, el agarrarme a aquellos tetones tiernos le ponía un cosquilleo al extremo de mi rabadilla que luego iba para delante, justo donde yacían mis vergüenzas. Las abundosas carcajadas de Donata fueron dando paso a un «chupa, chupa más, cariño», que acabó en apretado abrazo y en un agitar de cuadriles tan tempestuoso, que a mi miembro empingorotó de brusco estirón. «No dejes de chupar, rey mío, y si además me metieras la mano bajo la falda y me llegaras a las entrepiernas, más rico me lo harías». Mientras yo, obediente, cumplía su mandato, ella hurgó por mis interiores hasta que topó con una estaca que la dejó boquiabierta, supongo que por no esperarse tal tamaño en un mozalbete de mi edad.
A achuchones y tumbos anduvimos hasta que dimos en el suelo, yo hundida la jeta entre sus senos y con la mano huroneándole por abajo. Pudo, por fin, poner Donata mi aparato al aire y, mirándolo con ojos de becerra, lo sacudió varias veces, «ah, mi jovencito señor, ya tienes un buen instrumento», y con los alientos acelerados se alzó las ropas hasta el ombligo y desplegó los muslos para ofrecerme lo que entre ellos enseñaba.
Para mí, apenas núbil, la visión de aquella rizosa espesura, en medio de la cual los dedos de Donata abrían su grieta, que me hacía sonrosados guiños, fue tentación irresistible. Caí de rodillas entre su regazo. «Eso, nene, acomódate entre los muslos de tu Donata que seguro son de tu gusto, y ahora, adelante, cuélamela toda dentro y démonos al gozo».
Siendo aquélla mi primera coyunda con mujer, anduve tembloroso y torpón, puesto que pujé varias veces y en todas marré.
Ay, señor mío suplicaba Donata, mira que no puedo más y necesito presto ese tizón en mi lumbre si no quieres que me dé un vahído.
Y la muy desdichada no tuvo otra ocurrencia, cuando yo andaba con el tizón ya enfilado, que tomarlo con ambas manos y reiterar las sacudidas. Mi resistencia de macho primerizo se licuó como un limón exprimido en medio del desconsuelo de Donata, «¡Oh, no, señor, por lo que más quiera, no!», y agarrándose al trasto con todas sus fuerzas, trató de colárselo dentro en medio de la regada.
Creo que lo logró, y tan encelada la tenía que bastó la menguada visita para que le atacaran fuertes espasmos y convulsiones. Deseo en este punto aclarar que lo que entonces, por mi bisoñería, no tuvo lugar, aconteció después en múltiples y fructíferas ocasiones, de tal modo que Donata insistía en que ni el propio Liborio le ponía unos rejones tan certeros y gustosos como los que yo tenía la destreza de colocarle.
(*) José María Páez Balgañón. Fragmento de su obra «El don prodigioso» – Memorias de un caballero español en la corte de don Carlos II.
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