Un amor prohibido
No puedo escribir toda la historia de la vida de Padre, tal como me la contó. Lo que quiero es describir al rey, al visionario solitario y obstinado, visionario de equilibrio, de justicia, de lógica, de trascendentalismo.
De pronto, una chispa de ironía divertida ocupó el lugar de la piedad. Estábamos hablando de nuestro sentido diabólico. Le conté a Padre que me había gustado estar con Henry y con Eduardo en la misma habitación del hotel (¡no al mismo tiempo!) y le pregunté el porqué. Este simple relato le reveló todo un mundo. Sonrió: «Yo lo he hecho también», dijo. Vi que lo que le había dicho repercutía en él, revelaba secretos. Un secreto, un pacto irónico de similitudes entre nosotros.
Cuando lo dejé, lo besé filialmente, sin los sentimientos de una hija. Súbitamente, inclinó la cabeza y me besó en el cuello.
Cuando iba por el pasillo hacia mi habitación, estuvo mirándome, pero no lo supe. Antes de entrar en mi habitación, me volví, esperando verlo. Estaba lejos, en la oscuridad, y no lo vi. Pero él me vio cuando me giré.
A la mañana siguiente no podía moverse de la cama. Estaba desesperado. Lo rodeé de alegría y ternura. Finalmente, deshice sus maletas mientras me hablaba. Y continuó con la historia de su vida. Nos trajeron la comida a la habitación. Yo llevaba mi négligé de satén. Las horas pasaron velozmente. También hablé yo y le conté la historia de la flagelación. Cuando le dije que permanecí distanciada, observando la vulgaridad de la escena, Padre se quedó atónito. Como si también pulsara un resorte de su propia naturaleza. Hubo un momento en que creí que no me escuchaba, absorto en el sueño de su descubrimiento, como a mí me pasa con la gente. Pero, entonces, dijo: «Eres la síntesis de todas las mujeres que he amado».
Me miraba constantemente.
-Cuando eras niña -dijo-, estabas maravillosamente bien hecha, formada. Me volvía loco tomando fotografías tuyas.
Pasé todo el día sentada a los pies de su cama.
-¿Crees en los sueños? -me preguntó.
-Sí.
-Tuve un sueño contigo que me asustó. Soñé que me masturbabas con tus dedos ensortijados y que te besaba como un amante. Por primera vez en mi vida me sentí aterrorizado. Fue después de visitarte en Louveciennes.
-Yo también he tenido un sueño contigo.
-No te siento como si fueras mi hija.
-No te siento como si fueras mi padre.
-Qué tragedia. ¿Qué vamos a hacer con esto? Conozco a la mujer de mi vida, al ideal, ¡y resulta que es mi hija! Ni siquiera puedo besarte como me gustaría. ¡Estoy enamorado de mi propia hija!
-Todo lo que sientes lo siento yo también.
Tras cada una de estas frases había un largo silencio. Un pesado silencio. Una gran simplicidad de frases. Ni siquiera nos movíamos. Nos mirábamos como en sueños, y yo le contestaba con un raro candor, directamente.
-Cuando te vi en Louveciennes, estaba terriblemente preocupado por ti. ¿Te diste cuenta?
-Estaba trastornada contigo.
-Trae aquí a Freud, a todos los psicoanalistas. ¿Qué pueden decir de esto?
Otra larga pausa.
-Yo también he tenido mucho miedo -dije.
-No debemos permitir que este miedo nos impida actuar con la naturalidad que debe haber entre nosotros. Cuando tuve más miedo, Anaïs, fue cuando me di cuenta de que eras una mujer liberada, affranchie.
-Ya he tenido que frenarme algunas veces.
-Sentía unos celos desesperados de Hugo.
Padre me pidió que me acercara. Estaba echado de espaldas y no podía moverse.
-Déjame besar tu boca -dijo.
Y me rodeó con sus brazos. Dudé. Me torturaba la complejidad de mis sentimientos. Quería su boca, pero sentía miedo, como si fuera a besar a un hermano. Tentada, al mismo tiempo asustada y deseosa. Tensa. Sonrió y abrió su boca. Nos besamos, y aquel beso desató una oleada de deseo. Yo estaba inclinada sobre su cuerpo y sentí su deseo en mi pecho, duro y palpitante. Otro beso. Más terror que gozo. El gozo de algo innombrable y oscuro. Era bello, como un dios, y femenino, seductor y cincelado, duro y suave. Pasión intensa.
Entonces quise dejarlo. Y él temió mi reacción. Quise echar a correr, dejarlo. Pero lo vi tan vulnerable. Había algo terrible, impulsivo, al verlo allí, tendido de espaldas, crucificado, y sin embargo tan poderoso. Y recordé que en todos mis amores hubo siempre un rechazo, que yo temía tanto. No podía herirlo con mi huida. No, no después de tantos años del dolor causado por mi último rechazo. Pero, en este momento, después de la pasión, tenía que, por lo menos, retirarme a mi habitación, quedarme sola. Me sentía envenenada por esta unión. No podía gozar de su esplendor, de su magnificencia. Un sentido de culpa pesaba sobre mi alegría, y continuaba pesando, pero no podía revelárselo. Era libre apasionadamente libre, con más años y más coraje que yo. Aprendería de él. ¡Sería por fin humilde y aprendería algo de mi Padre!
Me fui a mi cuarto, envenenada. Me sentía dividida, esa división me mataba, la lucha por sentir la alegría, una alegría inalcanzable. La irrealidad opresiva. De nuevo la vida retrocediendo, eludiéndome. Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. Tenía la esencia de su sangre dentro de mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez en John, la compasión en Allendy, las abstracciones en Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo en Henry. ¡Y el todo estaba allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad!
Este amor de hombre, por las semejanzas entre nosotros, por la relación de sangre, atrofiaba mi alegría. Y de este modo, la vida hacía conmigo su viejo truco de disolución, de pérdida de lo palpable, de lo normal. Soplaba el viento mistral y se destruían las formas y los sabores. El esperma era un veneno, un amor que era veneno…
Una noche [Padre y yo] hablamos de nuestras vidas: dice que sabe que seguiré teniendo amantes, porque soy joven y ardiente y porque no puede casarse conmigo; que lo entiende y no afectará a nuestro amor. Y yo me enfadé porque sabía que era verdad. Y le di la misma libertad. Había aceptado desde el principio la idea de su carrera donjuanesca, separándome de las demás mujeres, consciente de mi situación singular. Dijo: «Qué maravilloso final para mi carrera amorosa si pudiera dedicarme exclusivamente a ti. Si me hubiera casado con una mujer como tú, que lo tiene todo, le habría sido fiel».
Sé que ya no creo en el ideal de la fidelidad. Es falta de madurez. Espero que él continúe con su vida, como yo he continuado con la mía.
Todo este amor incestuoso sigue aún tras un velo, es un sueño. Quiero hacerlo realidad, pero se me escapa (…)
Habría querido terminar mi diario sin la confesión de un amor prohibido. Por lo menos, quería que mi amor incestuoso quedara sin escribir. Había prometido a mi Padre el más absoluto secreto. Pero una noche, aquí en el hotel, cuando me di cuenta de que no había nadie para hablarle de mi Padre, me sentí ahogada. Y empecé a escribir otra vez. Era inevitable. No podía eliminar mi diario cuando alcanzaba el clímax de mi vida, por grande que fuera mi crimen.
(*) Anaïs Nin (1903 – 1977), escritora francesa. Fragmento de su obra «Los diarios».
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