A la cama con Mario (*)

Feliz cumpleaños

El día que cumplió cuarenta años, Lucrecia encontró sobre su almohada una misiva de trazo infantil, caligrafiada con mucho cariño:

«Feliz cumpleaños, madrastra! No tengo plata para regalarte nada pero estudiaré mucho, me sacaré el primer puesto y ése será mi regalo. Eres la más buena y la más linda y yo me sueño todas las noches contigo. Feliz cumpleaños otra vez! Alfonso».

Era medianoche pasada y don Rigoberto estaba en el cuarto de baño, entregado a sus abluciones de antes de dormir. Emocionada con la carta del niño, Lucrecia sintió el impulso irresistible de ir a verlo, de agradecérsela. Esas líneas eran su aceptación en la familia, en verdad. Mientras bajaba las escaleras alfombradas de la mansión a oscuras, rumbo a la alcoba del niño Alfonso, iba pensando: «Me lo he ganado, ya me quiere».

Había olvidado echarse encima la bata, iba desnuda bajo el ligero camisón de dormir de seda negra y sus formas blancas, ubérrimas, duras todavía, parecían flotar en la penumbra. En el cuarto del niño había luz. Lucrecia tocó con los nudillos y entró: «Alfonsito!».

En el cono amarillento que irradiaba la lamparilla del velador, de detrás de un libro de Alejandro Dumas, asomó, asustada, una carita de niño Jesús. Los bucles dorados revueltos, los grandes ojos azules desorbitados tratando de rescatarla de la sombra del umbral. Doña Lucrecia permanecía inmóvil, observándolo con ternura. ¡Qué bonito niño!

­ Eres tú, madrastra?

­ Qué cartita mas linda me escribiste, Foncho. Es el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho nunca, te juro.

El niño había brincado y estaba ya de pie sobre la cama. Le sonreía, con los brazos abiertos. Mientras avanzaba hacia él, risueña también, dona Lucrecia sorprendió ­ adivinó?­ en los ojos de su hijastro una mirada que pasaba de la alegría al desconcierto y se fijaba, atónita, en su busto. «Dios mío, pero si estás casi desnuda», pensó. «Cómo te olvidaste de la bata, tonta. Qué espectáculo para el pobre chico».

¿Había tomado más copas de lo debido? Pero Alfonsito ya la abrazaba: «Feliz cumplete, madrastra!».

Doña Lucrecia sintió contra su cuerpo la espigada silueta de huesecillos frágiles y pensó en un pajarillo. Se le ocurrió que si lo estrechaba con mucho ímpetu el niño se quebraría como un carrizo. Le había enroscado sus delgados brazos en el cuello y la besaba amorosamente en la mejilla. Dona Lucrecia lo abrazó también y una de sus manos, deslizándose bajo la camisa del pijama azul marino, de filos rojos, le repasó la espalda.

«Te quiero mucho, madrastra», susurró la vocecita junto a su oído. Doña Lucrecia sintió dos breves labios que se detenían ante el lóbulo inferior de su oreja, lo calentaban con su vaho, lo besaban y lo mordisqueaban, jugando. Le pareció que al mismo tiempo que la acariciaba, Alfonsito se reía. Su pecho desbordaba de emoción. Y pensar que sus amigas le habían vaticinado que este hijastro sería el obstáculo mayor, que por su culpa jamás llegaría a ser feliz con Rigoberto. Conmovida, lo besó también, en las mejillas, en la frente, en los alborotados cabellos, mientras, vagamente, como venida de lejos, sin que se percatara bien de ello, una sensación diferente iba calándola de un confín a otro de su cuerpo, concentrándose sobre todo en aquellas partes ­los pechos, el vientre, el dorso de los muslos, el cuello, los hombros, las mejillas­ expuestas al contacto del niño.

«¿De veras me quieres mucho?», preguntó, intentando apartarse. Pero Alfonsito no la soltaba. Y, más bien, mientras le respondía, cantando, «Muchísimo, madrastra, eres a la que más», se colgó de ella. Después, sus manecitas la tomaron de las sienes y le echaron hacia atrás la cabeza. Doña Lucrecia se sintió picoteada en la frente, en los ojos, en las cejas, en la mejilla, en el mentón… Cuando los delgados labios rozaron los suyos, apretó los dientes, confusa. Comprendía Fonchito lo que estaba haciendo? Debía apartarlo de un tirón? Pero no, no, cómo iba a haber la menor malicia en el revoloteo saltarín de esos labios traviesos que dos, tres veces, errando por la geografía de su cara se posaron un instante sobre los suyos, presionándolos con avidez.

­ Bueno, y ahora a dormir ­dijo, por fin, zafándose del niño. Se esforzó por lucir más desenvuelta de lo que estaba­. Si no, no te levantarás para el colegio, chiquitín. El niño se metió en la cama, asintiendo. La miraba risueño, con las mejillas sonrosadas y una expresión de arrobo. ¡Qué iba a haber malicia en él! ¡La podrida eres tú, Lucrecia! Cuando salía del cuarto, lo oyó trinar:

­ ¡Me sacaré el primer puesto y te lo regalaré, madrastra!

­ ¿Prometido, Fonchito?

­ ¡Palabra de honor!

En la intimidad cómplice de la escalera, mientras regresaba al dormitorio, Lucrecia sintió que ardía de pies a cabeza. «Pero no es de fiebre», se dijo, aturdida. ¿Era posible que la caricia inconsciente de un niño la pusiera así? Te estás volviendo una viciosa, mujer. Porque, lo cierto es que llameaba y tenia las piernas mojadas. ¡Qué vergüenza, Lucrecia, qué vergüenza! Y de pronto se le cruzó por la cabeza el recuerdo de una amiga licenciosa que, en un té destinado a recolectar fondos para la Cruz Roja, contaba que a ella, dormir siestas desnuda con un ahijadito de pocos años que le rascaba la espalda, la encendía como una antorcha.

Don Rigoberto estaba tumbado de espaldas, desnudo sobre la colcha granate con estampados que semejaban alacranes.

­ ¿Dónde fuiste? ­lo oyó murmurar­. ¿Por qué me abandonaste, mi vida?

­Fui a darle un beso a Fonchito. Me escribió una carta de cumpleaños que casi me hizo llorar de tan cariñosa.

Sintió la mano derecha de don Rigoberto rozando su muslo. Quemaba, como una compresa de agua hirviendo. Sus dedos escarbaron, torpes, por entre los pliegues y repliegues de su camisón de dormir. «Se dará cuenta de que estoy empapada», pensó, incómoda.

­ ¿Fonchito te ha visto en camisón? ­fantaseó, enardecida, la voz de su marido­. Le habrás dado malas ideas al chiquito. Esta noche tendrá su primer sueño erótico, quizás.

Lo oyó reírse, excitado, y ella se rió también: «Qué dices, tonto». A la vez, simuló golpearlo, dejando caer la mano izquierda sobre el vientre de don Rigoberto. Pero lo que tocó fue un asta humana empinándose y latiendo.

­ ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? ­exclamó doña Lucrecia, apresándola, estirándola, soltándola, recuperándola­. Mira lo que me he encontrado, pues, vaya sorpresa.

Don Rigoberto ya la había encaramado sobre él y la besaba con delectación. Largo rato, con los ojos cerrados, mientras sentía la punta de la lengua de su marido explorando la cavidad de su boca, doña Lucrecia estuvo sumida en un atontamiento feliz. En el fondo del torbellino placentero que era ella, la vida, como asomando y desapareciendo en un espejo que pierde su azogue, se delineaba a ratos una carita intrusa, de ángel rubicundo.

Su marido le había levantado el camisón y le acariciaba las nalgas, en un movimiento circular y metódico, mientras le besaba los pechos.

Lo oyó ronronear como un gato mimoso, retorciéndose bajo su cuerpo. Apresuradas, sus manos separaban las piernas de doña Lucrecia, con una suerte de exasperación. La acuclillaron sobre él, la acomodaron, la abrieron. Ella gimió, adolorida y gozosa. No se contuvo más. Con los ojos entrecerrados, las manos detrás de la cabeza, adelantando los pechos, cabalgó sobre ese potro de amor que se mecía con ella, a su compás, rumiando palabras que apenas podía articular, hasta sentir que fallecía.

(*) Mario Vargas Llosa – (1936, Arequipa), escritor peruano. Fragmento de su obra «Elogio de la madrastra», Editorial Tusquets.

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