"Nadie tiene hoy la verdad de la historia en la mano"
Tomás de Mattos admitió sentirse «desbordado» en el cargo, lo que lo llevó a leer menos «y prácticamente no he escrito», destacó en diálogo con LA REPUBLICA.
–¿Cuál es el límite entre arte a secas y arte comprometido? En los años sesenta había una corriente muy fuerte a favor del «arte comprometido». Había casi una obligación de los artistas, de los escritores, de hacer «arte comprometido», con lo cual se caía frecuentemente en el panfleto.
–A mí me gusta hablar más bien de una reformulación del compromiso. Como lector, y como autor, pero fundamentalmente como lector, me gusta la obra que me desasosiega. Me gusta leer obras que me perturben, que me cuestionen, que generen en mí transformaciones; que me aporten una visión del mundo que yo no tenía en ese momento o que me den la expresión precisa de las palabras que yo necesitaba para definir lo que yo veía en el mundo que no lo veía tan claramente antes de leer ese libro.
Me gusta, por supuesto, la literatura de esparcimiento en la medida en que no sea previsible, es decir en la medida en que no caiga en el lugar común. Ahora bien, si empiezo a adelantarme al autor y voy confirmando esas previsiones, el libro pierde interés. El caso más reciente fue «El Código da Vinci». Lo fui leyendo con gusto (porque está bien escrito desde el punto de vista del interés) pero me defraudó el final; independientemente de que lo que se afirma en el libro no era verdad ni me interesaba… Pero la aventura, la trama, esa triple persecución que tiene la estructura de la novela (la pareja perseguida por dos entidades pero al mismo tiempo ellos persiguiendo la verdad) era interesante… lástima que al final, todo eso queda en una pompa de jabón.
Pero en definitiva, la novela que me gusta es –como decía Horacio– lo que entretiene y al mismo tiempo da lustre, alimenta. Y yo creo que esa literatura que buscó eso, que buscó la verdad, es una literatura comprometida. Los sesenta fueron una época en la que se partió de una concepción de la verdad que hoy no tenemos. Una verdad asible con la mano que daba lugar a que quien la tenía estaba olbligado a subirse a una tribuna y esclarecer a la gente, concientizarla.
–Pero ahora los tiempos han cambiado, ¿verdad?
–Naturalmente. Yo considero que pertenezco a otra generación. Hay un autor americano que me gusta mucho porque me hace pensar aunque no estoy de acuerdo con muchas de sus conclusiones: Richard Rorty. Es un autor joven, posmoderno –por eso no me gusta del todo (se ríe)– pero tiene una imagen excelente: dice que vivimos en una época de atalayas derrumbadas y de espejos rotos; nadie puede pretender tener un espejo que refleje íntegramente el mundo, ni nadie que pueda encaramarse a una atalaya para de allí mirar a los que están abajo y decirles lo que viene. Es una época de estar sumidos en la noche en torno a fuegos, en círculos, y contarnos historias sobre las exploraciones que hicimos durante el día, y a través de eso, tratar de reconstruir el país que cohabitamos.
El gran atractivo que tiene la novela de Dostoyevsky –o la poesía de Circe Maia– es el diálogo. Son autores que están dialogando permanentemente con el lector; en Circe es muy común la utilización de la segunda persona, y en Dostoyevsky, uno nunca sabe dónde está Dostoyevsky… Si uno ve una obra de Molière, por ejemplo, uno sabe que tal personaje es el álter ego de Poquelin, que está diciendo su verdad, su opinión o su ideal. En cambio en Dostoyevsky, uno nunca sabe cuál de los personajes es el mayor porta-voz del autor; son personajes que se contradicen, que discuten y que tienen parte de la verdad pero no toda la verdad.
–¿Hay una sola verdad?
–En definitiva, yo creo en la verdad objetiva… tanto creo que soy creyente. Es obvio que hay verdades objetivas, que determinados hechos ocurrieron aunque a veces sea difícil probarlos. Pero en cuanto a los temas metafísicos –si hay otra vida, las verdades éticas, si tiene sentido el sacrificio de los intereses personales por una causa superior, sacrificar una generación por la generación siguiente, si las normas son siempre válidas o admiten excepciones– todo eso es discutible. Pero yo creo que sólo a través del diálogo se puede llegar a una verdad objetiva; nadie tiene hoy la verdad de la historia en la mano. El compromiso de hoy es ser lo más sincero que se pueda, y buscar, hurgar, porque los humanos no nos sentimos cómodos ante el misterio: siempre estamos buscando certezas que nos auxilien. A mí me gustan las novelas que nos dejan incertidumbres.
Creo que hay verdades que son objeto de conocimiento, aunque sean provisorias. Pero en cuanto a la sabiduría, en cuanto al discernimiento del bien y del mal, es mucho más difícil; debemos tener un gran respeto por la posición del otro salvo que vaya contra normas elementales que son evidentes, como los derechos fundamentales de los seres humanos.
Lo contrario a esa actitud de diálogo es el nihilismo, que también es una forma de huir del misterio: como no puedo tener certezas, niego todo.
–¿Se puede decir que su novela sobre Cristo –Las puertas de la misericordia– es una novela mística?
–No, no es mística. Yo diría que es una novela histórica y metafísica, donde trato de hacer un acercamiento al personaje histórico de Jesús, que para mí es Dios encarnado, algo de lo cual tengo la certidumbre pero no tengo la certeza. Creo que Jesús es un gran desconocido y yo pretendí mostrar a ese Jesús de carne y hueso.
–¿Y qué opina de la novela de Saramago «El Evangelio según Jesucristo»?
–Tengo un gran respeto por esa novela, así como por otra novela de Katzanzakys, «La pasión griega» que en español se conoce como «Cristo de nuevo crucificado». Es curioso, porque fíjese que los grandes abordajes a la figura de Jesús de Nazareth del siglo XX, son todos desde la increencia.
–¿Está seguro de que la novela de Saramago está escrita desde la increencia?
–Bueno, recuerdo que una vez en Madrid Saramago, refiriéndose a mí, dijo: «Este señor pretende convertirme». Y yo le contesté: «Este servidor lo único que pretende demostrar es que ya está convertido al catolicismo» (se sonríe). Saramago combate (y yo estoy de acuerdo en que la combata) una figura mitificada de Jesús. De algún modo busca un Jesús histórico, pero le niega la posibilidad de ser Dios. Ahora bien, ocurre que esta novela de Saramago ha sido instrumento de atracción, de captación de fieles, y por la honestidad con que está escrita, por los valores que defiende, vino a romper el envoltorio, la cáscara del mito de ese Jesús de manito quebrada, asexuado y con facciones occidentales; y le dejó un rostro oriental y le dejó las angustias que realmente tuvo el Jesús histórico.
–Y ya que estamos en este tema, no sé si usted vio una película canadiense, «Jesús de Montréal»…
–¡Preciosa película! En clave contemporánea, recrea el mensaje cristiano y termina con una versión que por supuesto rebaja el sentido de la resurrección, con la donación de los órganos. Esto último me parece que es expresión de ese sentimiento muy típico del no creyente, «qué lástima que Jesús no sea Dios»; creo que eso es lo que late en la novela de Saramago, y particularmente en «Jesús de Montréal».
En la película canadiense es un Jesús al servicio del hombre, desprendido, absolutamente generoso. En cambio en Saramago Jesús tiene un matiz de Prometeo, un Jesús que se rebela contra el padre.
–¿En qué consiste el compromiso de un creyente?
–Yo no estoy de acuerdo con Pascal cuando dice que hay que aprovechar este poquito de tiempo para asegurarse la eternidad. Es como una inversión que se hace, o como apostar todo a un número de la ruleta. En cambio yo, no sacrifico esta vida, sino que le doy el mejor sentido que le puedo dar; eso es lo que veo en el Jesús histórico, en el Jesús hombre.
Realidad y pe
rspectivas
–Después de más de dos años al frente de la Biblioteca Nacional, ¿qué balance hace de su gestión?
–La secretaria me dice que a todo director le ha costado dos años tomarle la mano a la biblioteca. Cuando asumí, dije que me proponía que la biblioteca fuera auténticamente nacional: en aquel momento yo pensaba que la Biblioteca Nacional era una biblioteca de Montevideo… ahora sé que es una biblioteca del Cordón (Se ríe).
–¿Se ha sentido cómodo en el cargo de director de la Biblioteca?
–Ni cómodo ni incómodo; me he sentido desbordado. Tuve que abandonar mi profesión, radicarme en Montevideo… Pero lo que más me duele es que he tenido que reducir mis lecturas y mi producción literaria: leo menos y prácticamente no he escrito.
–Se puede decir entonces que la dirección de la Biblioteca ha conspirado contra la actividad creadora.
–Totalmente. No he podido escribir más que un cuento en todo el período. Ocurre que hay muchos frentes. Está por un lado la remodelación del edificio…
–Recuerdo que hace unos meses hubo problemas de inundación.
–Sí, fue catastrófico porque cayó agua en el «CTI» de libros, libros en etapa de recuperación.
–¿Hay personal idóneo en la recuperación de libros?
–Por supuesto. Para preservar y para reconstruir libros. Precisamente en esa emergencia pude aquilatar las condiciones excepcionales de esos técnicos. Libros que yo di por perdidos porque eran un amasijo de agua, de tarde ya estaban muchos de ellos desarmados página por página y en proceso de secado… La Biblioteca tiene problemas de todo tipo pero tiene también verdaderos puntales.
Pero volviendo a los problemas edilicios, tenemos problemas de infraestructura sanitaria, de instalación eléctrica. Las instalaciones datan de 1947, época en que no había equipos de informática ni de aire acondicionado. Ahora habría que hacer todo de nuevo, pero preferimos ir de a poco de modo que las reparaciones duren mucho tiempo. Pero se ha avanzado. Tenemos un sitio web que hay que desarrollar, donde se va a poder consultar el catálogo de los autores nacionales desde el año 90 hasta 2007, porque se va llevando al día, y eso permite la consulta a distancia de nuestro acervo bibliográfico, y la idea es ir año por año hacia atrás. En definitiva, creo que al término del período se verá el resultado en cuanto a la remodelación de la sede pero los esfuerzos nuestros van a la extensión cultural, y a lograr liderar la cooperación interbibilotecaria de todo el país mediante una red informática. También nos proponemos la capacitación del personal. Coediciones con editoriales privadas y coordinación con bibliotecas populares. Edición de cuadernos de apoyo al docente, etcétera.
APOYOS VALIOSOS
Cutcsa es una de las empresas que más ha cooperado con la Biblioteca; se comporta como una de esas empresas aliadas estratégicas, como Antel, por ejemplo, porque hay una confluencia de intereses. A Antel le interesa fomentar internet, tener contenidos culturales, y las comunicación por teléfono celular. En el caso de Cutcsa, hay como una vocación por ayudarnos.
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