Verano/caliente

La noche 40 de las mil y una

Ella dijo:

Domingo 10 de febrero de 2008 | 6:34
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La joven Kuat examinó la casa, y vio que era muy hermosa, con muebles preciosos, y vio también muchos fardos de mercancías y paños de gran valor. Entonces comprendió que Ghanem era un mercader de los principales, dueño de numerosas riquezas. Quitóse el velillo con que había cuidado de taparse el rostro, y miró atentamente al joven Ghanem. Y le pareció muy hermoso, y le amó y le dijo: “¡Oh Ghanem!, tengo mucho apetito, te ruego que me traigas algo de comer”. Y Ghanem contestó: “¡Sobre mi cabeza y mis ojos!”

Y corrió al zoco, compró un cordero asado y una bandeja de pasteles en casa del confitero Hadj Soleimán, el más ilustre de los confiteros de Bagdad. Lo llevó a su casa, y todo lo colocó delante de la joven. Entonces Kuat le sonrió, y se arrimó mucho a él, y le echó los brazos al cuello, le besó y le hizo mil caricias. Y Ghanem sintió que el amor penetraba cada vez más en su cuerpo y en su corazón.

Después ambos se dedicaron a comer y beber, y se amaron, por ser los dos de la misma edad y de igual belleza. Cuando llegó la noche, Ghanem siguió bebiendo y jugando con ella juegos muy agradables, así fue aumentando la pasión que se tenían. ¡Bendito y glorificado sea Aquel que une los corazones y junta a los enamorados!

Y no cesaron los juegos hasta que apareció la aurora, y como el sueño había acabado por pesar sobre sus párpados, se durmieron uno en brazos de otro, pero sin hacer aquel día nada definitivo.

Apenas se despertó, Ghanem corrió al zoco para comprar viandas, vinos, y todo lo necesario para pasar el día. Lo llevó a casa, se sentó al lado de la joven y empezaron a beber, hasta que se colorearon sus mejillas y sus ojos se pusieron más negros y brillantes.

Entonces el alma de Ghanem deseó besar a la joven y acostarse con ella. Y le dijo: “¡Oh soberana mía! Permíteme que te bese en la boca, para que refresque el fuego de mis entrañas”.

Y ella contestó: “¡Oh Ghanem! aguarda a que esté ebria, y entonces permitiré que me beses la boca, pues no me daré cuenta de lo que hagan tus labios”. Y como empezaba a embriagarse, se puso de pie, se despojó de sus ropas, y sólo dejó sobre su cuerpo una camisa transparente.

Al verla así, creció el deseo de Ghanem, y dijo: “¡Oh dueña mía, permíteme gustar tu boca!” Y la joven contestó: “¡Por Alah! Eso no te lo puedo permitir, a pesar de que te amo, pues me lo impide una cosa que está escrita en la cinta de mi calzón, y que no puedo enseñarte ahora”.

Ghanem sentía que aumentaba su locura y el fuego de sus entrañas. Pero la joven nada le concedía, aunque no dejaba de expresarle que compartía su pasión. Y así siguieron hasta que se hizo de noche: Ghanem enormemente excitado, y ella sin acceder.

Entonces Ghanem pegó los labios a sus pies maravillosos, que le parecieron dulces como la leche y tiernos como la manteca. Y luego subió hasta las piernas, y aun más arriba, entre los muslos. Y parecía comerse toda aquella carne sabrosa, que olía a almizcle, a rosa y a jazmín. Y la joven se estremecía toda, como se estremece la gallina dócil agitando las alas.

Y Ghanem gritó enloquecido: “¡Oh dueña mía! ¡Ten piedad de este esclavo tuyo, vencido por tus ojos, muerto por tu carne! Desde que viniste he perdido la tranquilidad”. Y sintió que las lágrimas bañaban sus ojos.

Entonces la joven contestó: “¡Por Alah !¡Te quiero con toda la pulpa de mi carne! Pero sabe que nunca podré entregarme a ti, ni que me poseas del todo”. Y Ghanem exclamó: “¿Y quién te lo impide?” Y ella dijo: “Esta noche te explicaré el motivo, y entonces me disculparás”. Pero al hablar así, se dejó caer a su lado, y le echó los brazos al cuello, y le dio millares de besos, prometiéndole mil locuras. Y estos juegos duraron hasta el amanecer, pero la joven nada dijo respecto a la causa que le impedía entregarse.

Siguieron haciendo las mismas cosas incompletas todos los días y todas las noches, durante un mes. Y su amor aumentaba. Pero cierta noche entre las noches, estando tendido Ghanem al lado de la joven, ebrios de vino y de excitación, Ghanem aventuró la mano por debajo de la fina camisa, y pasándola suavemente por el vientre de la joven, le acariciaba la piel, que se estremecía a cada contacto. Luego deslizó la mano lentamente hasta el ombligo, que se abría como una copa de cristal, y con los dedos le hizo cosquillas en los armoniosos pliegues. Y la joven se estremeció toda, y se incorporó bruscamente, repuesta de su embriaguez, y llevándose la mano al calzón, vio que estaba bien sujeto con la cinta de borlas de oro. Ya tranquilizada, se quedó otra vez medio dormida. Y Ghanem paseó de nuevo su mano a lo largo de aquel vientre juvenil, aquella maravilla de carne, y llegó a la cinta del calzón, y tiró de ella rápidamente para libertar de su prisión al jardín de delicias.

Pero la joven se despertó entonces, se sentó en la cama, y dijo a Ghanem: “¿Qué intentas, oh luz de mis entrañas?” Y él respondió: “Poseerte, amor mío, tenerte por completo, ver cómo compartes mis delicias”. Y ella contestó: “Escúchame, ¡oh Ghanem! Te revelaré mi secreto. Ahora comprenderás por qué me he resistido a que me atravesaras deliciosamente con tu virilidad”. Y la joven, recogiéndose un poco la camisa, sacó la cinta del calzón y dijo: “¡Oh mi señor! lee lo que ahí está escrito”.

Y Ghanem leyó en la cinta unas letras bordadas de oro que decían: “Soy tuya y tú eres mío, descendiente del tío del profeta”.

Al leer estas palabra, Ghanem retiró en seguida la mano y dijo: “Explícate qué significa todo esto”. Y la joven dijo:

“Sabe, ¡oh mi señor! que soy la favorita del califa Harún AlRaschid. Las palabras escritas en mi calzón prueban que pertenezco al Emir de los Creyentes, al cual debo reservar el sabor de mis labios y el misterio de mi carne. No puedo entregarme a ti completamente, a pesar de sentirte palpitar en mis entrañas. Tal es mi historia.

Cuando Ghanem supo que ella era favorita y propiedad del Emir de los Creyentes, ya no se atrevió a levantar sus miradas hacia la joven, pues se había convertido para él en cosa sagrada.

Y así fue a sentarse en un rincón, pensando cuán poco le había faltado para ser un criminal y lo audaz que había sido sólo con tocar la piel de Kuat. Y comprendió lo imposible de su amor, y cuán desgraciado era. Y acusó al destino por los golpes tan injustos que le reservaba. Pero no dejó de someterse a los designios de Alah.

Entonces la joven se acercó a Ghanem, le estrechó contra su seno, le besó, y por todos los medios, menos uno, procuró consolarle. Pero Ghanem ya no se atrevía a corresponder a las caricias de la favorita del Emir. Se sometía a lo que ella le hiciese, pero sin devolver beso por beso ni abrazo por abrazo. Y la favorita, que no esperaba este cambio tan rápido, al ver a Ghanem tan excitado antes y ahora tan respetuoso y tan frío, multiplicó sus caricias. Y con la mano quiso iniciarle a que compartiese su pasión, que se encendía más cada vez con aquel apartamiento.

Y así les sorprendió la mañana. Ghanem se apresuró a marchar al zoco, para comprar las provisiones del día. Y permaneció a-llí una hora comprando mejores cosas que los demás días, por haberse enterado del rango de su invitada. Compró todas las flores del mercado, los pasteles más frescos y las frutas más sabrosas, y todo lo llevó a la casa y se lo presentó a Kuat. Apenas le vio, la joven corrió a él, y llena de deseos, restregó su cuerpo contra el suyo, le miró con ojos negros de pasión y húmedos de ansiedad, y le sonrió insinuante, diciéndole: “¡Cuánto has tardado, querido mío, deseado de mi corazón! ¡Por Alah! La hora de tu ausencia me ha parecido un año. Comprendo que ya no me puedo reprimir. Mi pasión ha llegado a su límite, y me consume toda. ¡Oh Ghanem! ¡Tómame! ¡Poséeme! ¡Me muero!.

Entonces Ghanem la poseyó completamente.

Extracto de “Las mil y una noches”, de autor anónimo.

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