La plaga burocática

No somos abogados ni médicos, y tal vez por ello algunos sucesos muy notorios nos hunden en confusa confusión.

Inaugurado un Hospital de Ojos y existiendo cuatro mil personas esperando atención, han pasado dos meses sin que ello fuera posible, debido a un diferendo contencioso de franco tono burocrático que, como resulta obvio, encubre intereses monetarios.

Una de las tareas primordiales del Estado civilizado es asegurar la salud pública… O por lo menos permitirla.

Y es razonable pensar que el derecho a la vida debe estar por sobre todos los demás imaginables.

Sin embargo, es dable descubrir que por lo menos en Uruguay eso no sólo está por verse, sino que además es discutible.

Aunque ello parezca mentira, hasta ese extremismo ha llegado, por lo menos en medicina, nuestra muy enferma cultura burocrática.

Se dice, reclama y alega (llenándonos en nuestra inocente ignorancia de suma confusión) que la Universidad de la República (a través de su Facultad correspondiente) habilita el ejercicio de la medicina.

Mejor dicho: quedándonos cortos, se afirma que la corporación, agremiación, o como quiera llamársele, de cada especialidad, es la que «expide» dicho «permiso» (nos negamos a creer en esta última exageración: deben ser rumores malintencionados).

Algo así como que la libreta de chofer la expidieran las «Academias de Choferes» o, peor aún si cabe, Cutcsa, o la gremial de taxímetros.

O como si el Sunca o el PIT-CNT expidieran y manejaran los permisos imprescindibles para poder ser albañil o mozo de café.

O como si la corporación nacional de escultores emitiera el título habilitante como para poder llegar a serlo con lo que, de paso, bastaría con él para serlo efectivamente.

Nosotros creíamos hasta hace poco, en nuestra loca imaginación equivocada, que cualquier Diploma expedido por cualquier centro de enseñanza, desde el más humilde hasta el más encumbrado, certifica que Fulanito de Tal hizo y aprobó los cursos correspondientes. Y punto. Ni más ni menos.

Es más: luego de senador, hemos sido beneficiados (para nuestra agradable sorpresa) con generosos «Diplomas» certificando que quien habla no sólo ha concurrido a ciertas conferencias y seminarios, sino que hasta ha llegado al colmo de ser panelista en alguno de ellos a los que, simplemente, y aún contra su voluntad, fuera invitado.

No sabíamos, hasta hoy, que tal vez alguno de esos papiros da la habilitación (y la exclusividad) para ciertos ejercicios o mercados.

Una «papita».

Antes, no hace mucho, habíamos descubierto otra maravilla: un simple Carné de Prensa, expedido por cualquier publicación (incluso alguna nuestra), daba entrada gratis a espectáculos artísticos y deportivos y, lo que era por entonces más importante, a los museos europeos por lo que, cantidad de viajeros hacían colas en la Sala de Redacción para o pedir la gauchada o comprar un cartoncito de esos que con la foto dice «prensa» en tres idiomas.

Comprobamos que, efectivamente, los europeos son tan tontos, que dejan entrar gratis sólo con exhibirles tamaña grosería.

Nosotros siempre pensamos, también en nuestra inocente ignorancia, que la habilitación para el ejercicio de la medicina no era un certificado académico, sino una decisión gubernamental de total e inalienable tono político.

En realidad, según creemos, muchas de nuestras Facultades estatales fueron creadas por extranjeros que solamente portaban acreditaciones académicas de lejanos países o pública notoriedad.

Incluso que, aún hoy, existe gente como esa que viene no sólo a dar cursos sino diagnósticos y hasta operaciones quirúrgicas para estudiantes y médicos. ¿O no?

Parece ser que son autoridades mundiales en ciertas materias a pesar de que no tienen Diploma uruguayo. ¡Qué barbaridad!

Para colmo, hay pacientes uruguayos que, teniendo plata, se van a otros países para curarse por obra de médicos sin habilitación acá lo que debería estar totalmente prohibido y, en caso de ser averiguado, esas personas deberían ser enfermadas nuevamente y sin más trámite.

Lo imperdonable es que haya, como hay, médicos (incluso el Presidente) que acostumbran ir a remotos Congresos y traerse «Diplomas», hasta en inglés, que fueron emitidos por gente que no ha pisado la Facultad de Medicina. Y que esos falsos documentos son exhibidos como méritos (y reconocidos como tales) en concursos y currículums vítae.

Nosotros, como ya dijimos, siempre pensamos (parece que equivocadamente) que en caso de guerra, epidemia, o en el que fuera, todo gobierno puede y debe importar resmas de médicos del país que los tenga, como por ejemplo hace España con los médicos uruguayos.

Y como hacen los médicos uruguayos cuando se van a España.

Que no hay que confundir el amor con la caña de bajar higos y que, por ende, una cosa es el certificado académico y muy otra el título habilitante para el ejercicio de la profesión que solamente lo puede y debe dar el Estado.

Además lo quita: un juez puede con sus sentencias no sólo anular nada menos que el título de ciudadano (o suspenderlo), sino que, por consecuencias vinculantes, quitar otros de mucha menor cuantía.

Cualquier inspector de Tránsito, hasta incluso un simple espirómetro, puede anular en Uruguay la libreta de chofer de Hamilton. O la de Alonso.

Y así sucesivamente, porque cualquiera de estas obviedades está en la «tapa del libro».

Uno ni se imagina qué harán entonces, mediante dichos errados criterios, con los títulos académicos de todo tipo que se vienen produciendo por Internet, otorgando por parte de las más grandes y famosas universidades y reconociendo por los gobiernos del mundo.

Da la impresión, puede sospecharse, de que a nivel profesional y universitario, en Uruguay nos estamos quedando en un país extraterrestre, perdedor y equivocado, llamado Burocracia.

Importante: la plaga burocrática puede ser pública o privada. Este caso muestra palmariamente cómo la privada destruye el interés público y además estatal.

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