El enojo
El hombre es esencialmente contradictorio e imperfecto. Ama, es capaz de la grandeza y también se enoja. Cada uno es dueño de sus enojos, como de sus heroísmos, cobardías, amores y odios.
Wimpi dijo, y no era tonto: «El tipo enojado es uno de los espectáculos más vistosos que hayan podido montarse a través de toda la historia de la escenografía».
Vistoso, quizás, pero suele asemejarse a un exceso y no estimula a ir hacia el desarrollo de lo mejor del espíritu humano.
Y si quien se enoja, aunque lo haga de modo escueto y por escrito, es el presidente de la República, ¡mamita querida! Vázquez se enojó con los maestros y anunció que no los recibiría pues se sintió «escrachado» nótese que de los epítetos a su alcance para definir lo ocurrido eligió uno muy gráfico por las manifestaciones que aquellos hicieron frente a su casa en Nochebuena y el día de su cumpleaños. Los docentes, a su vez, se sintieron agraviados por la respuesta, aclararon que sólo habían usado su derecho a la movilización reivindicativa y precisaron que sus actos no fueron, o no quisieron ser, una desconsideración.
Como yo me he enojado muchas veces, me siento con derecho a decir que hay enojos a veces explicables y no digo justificables porque no sé si, en última instancia, es posible la justificación y otros que, simplemente, son una pifia a la que algunas circunstancias conducen a ese carácter humano contradictorio e imperfecto.
Hubiese aguardado otra actitud del presidente: convocar a los maestros, ratificar lo que ya el gobierno tiene decidido acerca de los reclamos planteados y hacerles notar, ahí sí, mano a mano, con la cintura que le sobra, que se habían ido de mambo y él lo percibió como una irrespetuosidad.
Pero, en fin, después de haber hecho tantas macanas impelido por el enojo, ¿no me estaré pisando yo el palito?
Este es el baldío en el que uno queda, y no es moco e’pavo, por ejercer la libertad de pensamiento crítico y el postulado.
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