Las bases
Si uno camina, entra a un sitio público, escucha y habla con la gente, aquí y allá, descubre cosas. El problema es que a veces no entiende aunque se esfuerce- por qué ha ocurrido eso que descubrió.
En las llamadas bases de la izquierda y me refiero, obviamente, a los comités diseminados por el país- hay una preocupación que nadie disimula. Se refiere a cierta inactividad que ha ganado a la gente, tornando anémica una movilización y una participación que, en su momento, fueron no sólo garantía del triunfo electoral sino de la propia existencia y crecimiento de una fuerza política que se propone transformar la sociedad.
No creo ser quien deba explicar las causas de este proceso a la manera de un dogma de fe. Dejo eso a los politólogos que me siguen dando comezón mental-, a los sociólogos, a los historiadores y a los propios dirigentes políticos.
Pero me tienta postular unas ideas.
Por ejemplo, no es constructivo incurrir en la simplificación y decir que el proceso de desactivación comenzó porque se obtuvo el gobierno y eso cambió todo. Y tampoco es constructivo adjudicar la responsabilidad únicamente a las diferencias reales, eso sí- entre los distintos sectores que integran la izquierda desde que se fundó la coalición en 1971.
Lo otro que me atreveré a sugerir, y que a mi juicio apoya a las quizás inacabadas ideas anteriores, es que sería bueno que cada militante, desde el lugar que circunstancialmente ocupe, haga esta reflexión: ¿le cabe culpa, aunque sea por omisión, en la inexplicable demora del Frente Amplio para diseñar una nueva organización, ajustada a las circunstancias? Ante los obstáculos hallados por el cambio de presidente de la Mesa Política, ¿quién puede tirar la primera piedra? ¿Quién podría hacerlo por la aluvial y confusa propensión a los enunciados, como ese Secretariado que se dice ahora- funcionará «si hay voluntad política»?
¿Quién quiere ser Shelley, que se miraba al espejo y veía a otro?
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