Crónicas de tragedias anunciadas

Uruguay tiene memoria flaca y olvidos gordos. Solamente por la expansión forestal… Oígase bien: sólo por ella, era evidente hace ya muchos años que cuando los árboles crecieran (esa maldita costumbre) su «derrumbe» boscoso hacia el Puerto de Montevideo colapsaría los accesos, rompería carreteras vecinales y nacionales, y ocasionaría problemas de todo tipo.

 

Era muy previsible, y segurísimo, tamaño bosque de «chips» y troncos en camión.

En notas como ésta, hace años, informamos (en base a cálculos elementales), cuántos camiones por hora irían llegando a los exiguos portones del Puerto y cómo sus escuálidas 34 hectáreas de «playas» terrestres disponibles iban a ser totalmente tapadas con madera en cuestión de días (hoy pueden verse los alrededores de la Ruta 1 y de la 5 cumpliendo esa función de almacenaje).

Clamamos inútilmente por el urgente desarrollo del ferrocarril asesinado y de la destruida navegación fluvial para sacar camiones del camino. Por salvar a AFE. Por evitar el fatídico Plan Fénix y la desubicada Torre de Antel…

Poderosos intereses hormigoneros y carreteros se opusieron desde anteriores gobiernos a esa obvia medida.

La Estación Central del ferrocarril iba y va a ser destinada a Centro Cultural (¡¡!!), su Playa de Maniobras junto al Puerto a un Hotel de Cinco Estrellas con Casino incluido; la zona portuaria de Depósitos, en populosos barrios clamorosos y, como frutilla de la estúpidísima torta, la Torre de Antel, casi sobre los muelles, le pondría un formidable candado al Puerto y a los ferrocarriles.

Todo resultó, literalmente, una sangría contra (valga la obviedad) el Banco Hipotecario.

AFE fue destruíida pormenorizadamente porque «daba pérdida».

Primero le sacaron los pasajeros y después todo lo demás hasta dejarla en huesos.

De los astilleros, puertos secundarios, y navegación nacional de cabotaje, mejor ni hablemos: hicieron hasta lo imposible para demolerlos.

Fue una lucha desesperada para destruir toda posibilidad de un Uruguay Productivo.

Por nuestra parte también fracasamos: no logramos que nuestro clamor (de muchos) fuera oído y, mucho menos, atendido.

Ni sospechábamos entonces (para colmo) la expansión agrícola, logística, portuaria e industrial… En fin: el actual pujante crecimiento de la economía que, sobre aquella vieja alarma forestal, agregó muchos más camiones sobre las carreteras y el Puerto (los puertos).

Por si todo ello fuera poco, en medio de nuestra grave crisis energética resultaba y resulta obvio cambiar urgentemente la «matriz de transporte». No se puede ni hablar de energía sin hablar de transporte.

Vamos a omitir las cifras concretas por respeto a los lectores: es mundialmente conocidísimo que el «flete» más conveniente para ahorrar petróleo es el fluvial o marítimo. Que en segundo lugar viene el ferroviario y que, muy lejos, como el más oneroso y despilfarrador, viene el carretero-camionero.

No hay país que se precie que no desarrolle sus transportes ferroviarios y fluviales hasta incluso construyendo en tierra firme canales artificiales navegables porque resultan por lejos a mediano plazo mucho más baratos que las autopistas.

Porque en esos países al calcular costos se calculan TODOS. Inclusive la contaminación y, especialmente, la energía gastada. Y los accidentes (cuyo costo uruguayo asciende hoy a la friolera de 900 millones de dólares anuales).

Por más que agreguemos Policía Caminera, multas, controles, y hasta una excelente Ley Vial como la que aprobamos premonitoriamente hace meses, esto tan dramático no tendrá arreglo hasta que el Ministerio de Transporte no logre poner de nuevo en pie el ferrocarril y la navegación fluvial.

Que nadie se llame a engaño. Ni engañe a la gente.

En cualquier lugar del mundo, es inconcebible que troncos de madera y otros graneles por el estilo viajen tanto en camión. Sólo en el Uruguay de los irresponsables puede hoy verse eso.

Este no es un ataque al transporte carretero: tiene y tendrá de sobra, en un país productivo, ancho campo para su desarrollo lógico.

Pero lo otro es, además de un peligro, un absurdo. Y un derroche.

Sale caro en materia de combustibles; rompe todo; agrega costos de mantenimiento que la población debe pagar con impuestos y, por si ello fuera poco, produce accidentes.

Pensemos hoy en una sola cosa: Nueva Palmira, ese Puerto en plena expansión: carece de ferrocarril. Esto no se puede ni creer, pero es así.

No pido que, además, se calculen gastos de energía, poluciones y «externalidades» de todo tipo, incluida entre ellas la muerte.

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