A la cama con Isabel
Isabel Allende, escritora chilena, nació en Lima, Perú, en 1942. En 1997 escribió «Afrodita», un compilado de cuentos y recetas de cocina constituyen un ensayo sobre lo afrodisíaco, «sobre la gula y la lujuria», respecto del efecto que ciertos alimentos producen sobre el deseo y la potencia sexual.
«No puedo separar el erotismo de la comida», dice Isabel, que abona la importacia de los afrodisíacos en «las limitaciones del caprichoso apéndice masculino, que suele desmayarse no sólo por debilidad del propietario, sino también por hastío». Cuenta el caso de un negro llamado Mimún que estuvo practicando el juego del amor por sesenta días sin hartarse porque sólo se alimentó de yemas de huevo y pan». Isabel prefiere el caviar. «Se me ocurren mil maneras pornográficas de servirlo, pero, como es tan caro…» elaboró una alternativa más modesta pero igual de eficaz: «huevo crudo, servido en el ombligo de mi amado, con cebollines picados, pimienta, sal, limón».
De sus recetas incluidas en Afrodita, la siguiente es sin duda la más famosa.
Sopa de la Reconciliación
Ingredientes
2 tazas de caldo (carne, pollo o verdura)
1 taza de champiñones frescos
1 taza de hongos portobello picados (o bien 2 taza secas)
1 diente de ajo
4 cucharadas de aceite de oliva
1 cucharada de aceite de oliva trufado
1 taza de vino de aporto
2 cucharadas de crema de leche
sal y pimienta
«Si no encuentro hongos frescos y debo recurrir a los secos, los remojo en media taza de un buen vino tinto hasta que se esponjen alegremente, mientras me bebo el resto del vino con toda calma. Luego pico el ajo por el puro gusto de olerme los dedos, porque igual podría usarlo entero, y lo frío junto a los hongos y los champiñones en aceite de oliva, revolviendo con fervor por unos cuantos minutos, no los he contado, pero digamos cinco. Agrego el caldo, el poco de oporto y el aceite de oliva, no todo, dejo un par de gotas para ponerme detrás de las orejas, no olvidemos que es afrodisíaco. Aliño con sal y pimienta, y cocino a fuego suave con la olla tapada hasta que las callampas se ablanden y la casa huela a paraíso. Al final lo trituro en la licuadora; esto es lo menos poético del cocinamiento, pero inevitable. Debe quedar con una textura algo gruesa, como de lodo, con un perfume que hace salivar y llama a otras secreciones del cuerpo y del alma. Me coloco mi mejor vestido, me pinto las uñas de rojo y sirvo la sopa decorada con crema en platos calientes».
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