Agresividad
La tragedia cotidiana del tránsito vehicular tiene varias causas. No soy un especialista; hay personas con capacidades específicas que están haciendo aportes para el diagnóstico y para la solución gradual del problema.
Sólo me permitiré postular lo que quizás le parezca, lector, una simplificación: creo que el principal factor desencadenante es la agresividad. Y de la agresividad puedo hablar, pues más de una vez la he exhibido a bordo de un automóvil. Es que no sólo conducimos mal, sino enojados; en las calles y en las rutas bulle una suerte de alterada competencia donde el otro es un enemigo y sacarle ventaja, cualquiera sea, el premio mayor.
Como los etólogos me han convencido hace rato, no tengo dudas de que la conquista de Darwin colocar al hombre dentro del mundo zoológico ha sido jaqueada hoy por quienes, al decir de Tálice, «se obstinan en mantenerlo en un reino aparte». ¿La consecuencia? No se analiza la agresividad del modo correcto y, peor aún, muchas veces se la desatiende.
Y vuelvo a Tálice: «Hace más de diez millones de años que los miembros de nuestra familia zoológica se agreden entre ellos, además de agredir al resto del mundo viviente y no viviente». Ya nadie niega la estrecha relación entre lo innato y lo adquirido; acerca de lo adquirido, no parece haber mejor camino, por largo que sea, que ir a una nueva educación basada en la tolerancia, la solidaridad y la benevolencia; en cuanto a lo innato, la ciencia ha hecho comprobaciones que merecen ser consideradas por quienes pretenden resolver la cuestión: los animales pacíficos, como el hombre, se agreden si ocupan espacios reducidos, el comportamiento agresivo es mayor en su propio hábitat y el cambio de éste altera la conducta.
En fin. La Unidad Nacional de Seguridad Vial tiene abundante paño para cortar.
De quien no deberá preocuparse es del Chiquito Otegui: rara vez sale del boliche y, cuando lo hace, en lo único que anda es en chancletas.
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