Cosechemos el Calor

En estos días Uruguay vuelve a pagar las viejas imprevisiones, omisiones y equivocaciones de UTE.

Se nos convoca a ahorrar energía eléctrica estatal y domiciliaria con la meta de reducir su consumo en un 15% y así guardar agua en las represas para enfrentar la temible demanda del próximo invierno.

Pasó lo de siempre: no llovió bastante. En materia eléctrica Uruguay depende de la lluvia lo que de por sí, a esta altura de la vida y el desarrollo mundial, es una grave y elocuente acusación.

Lo que no se aclara suficientemente es que además tenemos encendidas en pleno verano las centrales térmicas que, con los también tan previsibles precios del petróleo, nos pasan por sus voraces «carburadores» debiendo para ello pagar cifras siderales que, como ya sucedió, pueden llevarse por el caño los ahorros de todo el país para subsidiar a UTE (o sus tarifas). En lugar de gastos sociales, e-sos dineros irán a la compra de petróleo.

Estamos por inaugurar (recién) «el mayor parque eólico del país» (sic). En realidad: el único (y apenas de diez megavatios). Una magnitud tan vergonzosa que es mejor no difundirla para no dar lástima por el mundo.

Pareciera, además, que UTE se asigna la tarea de predicar la eficiencia energética, lo que de por sí es un contrasentido nacional.

Porque una empresa monopólica que vende electricidad no parecería ser la más indicada para todo lo contrario.

No hace mucho gastó fortunas en incitar a la población para que comprara electrodomésticos. Los mismos que hoy propone dejar de usar…

En realidad debería existir una Entidad de la Eficiencia Energética cuya mayor función sería vigilar estrechamente a UTE y a Ancap. Respirarles en la nuca. Con intereses meridianamente contrapuestos.

Ahorrar el despilfarro de energía es la más barata de las centrales eléctricas imaginables. Esto ha sido cuidadosamente calculado en el mundo y en nuestra Facultad de Arquitectura. Y ya hace mucho tiempo de ello… Sin que se le brindara la más mínima atención durante decenios.

Es bueno recordar, ahora que es verano y se habla del calefón, un aparato sencillito que desde hace años se está imponiendo, incluso obligatoriamente, en casi todos los países del mundo: los colectores de calor. Tratemos de explicar una cosa tan sencilla.

Cualquiera puede observar en estos días que el agua de una manguera o la de una cañería expuestas al sol, sale caliente.

Si uno, por ejemplo, mira fotos de las ciudades de Israel (se pueden ver por Internet) podrá comprobar que el paisaje de los techos está poblado por unos paneles sobre los que reposa un tanque de agua común y corriente. No se trata de paneles fotovoltaicos sino de serpentines de manguera industrializados.

Esas cajas chatas tienen un espejo debajo y un vidrio arriba (brutal efecto invernadero provocado); entre ambos, mejorando el «serpentín», hay una especie de radiador de auto por entre cuyos intersticios milimétricos recalentados por el sol, va pasando lentamente el agua fría proveniente de la OSE local.

Por simple convección, el agua, en la medida que se va calentando gracias al sol, fluye naturalmente por el radiador inclinado, sin necesidad de bomba alguna, hasta el tanque de arriba que es un enorme calefón gratuito desde el que sale un caño con agua caliente para la casa (incluso para la calefacción de invierno).

Como es lógico ya que el agua caliente se va para arriba (es menos densa que la fría y por eso «flota»), el caño de suministro está en la parte superior del tanque (y no abajo) con lo que a medida que sale agua caliente sube más agua caliente.

La instalación de esta simple «máquina» no ofrece dificultad alguna.

Según averiguamos, importándola cuesta unos 48.000 pesos en total (incluida la instalación) y dura más de veinte años. Ahora bien: importar esa tecnología sería para ruborizar a cualquier sanitario uruguayo y, ni qué hablar, a cualquier obrero metalúrgico (encima, esto genera puestos de trabajo).

Se dirá que Israel tiene mucho sol (casi el mismo que Uruguay) y por eso lo usan.

No es así: el paisaje de las techumbres suecas o alemanas muestra el mismísimo panorama.

Si los suecos, esa pobre gente que casi no ve el sol, usan colectores solares de calor, no se puede entender qué estamos haciendo nosotros como tampoco sospechar que los judíos, los alemanes y los suecos se volvieron tontos.

En esos países esto se hace obligatoriamente: no se pueden construir casas que no tengan colectores de calor. Se han percatado desde hace muchos años del precio del petróleo, de la eficiencia energética y de la contaminación.

Obviamente que si vemos en esas fotos los techos de los edificios de apartamentos, hospitales, tambos, y el de todas las instalaciones que usan mucha agua caliente o requieren calefacción, veremos gigantescos paneles colectores de calor.

En esos casos, además, guardan agua caliente en depósitos bajo tierra para lo que sí necesitan usar bombas de no mucha potencia.

Obtienen, y sólo de ese modo, ahorros de energía eléctrica cercanos al doble (un 30%) de lo que nos está proponiendo ahora la UTE (un 15%).

Claro: dejaría de facturar dicho ahorro y lo que es más, perdería el monopolio de esa generación, transmisión y distribución.

Cada casa en esos países (y en el mundo), se va transformando inexorablemente y en creciente medida, en su propia «UTE» (usan además paneles fotovoltaicos y, en las zonas rurales y suburbanas, sus propios generadores eólicos amén de otras diversas fuentes de energía «caseras» incluso su basura).

Y, obviamente, ya sucede en barrios, localidades, cooperativas…

Esta es una ineludible transformación cultural y civilizatoria en marcha imparable.

La vida destruye monopolios, tecnologías, y hasta ideas. Como por ejemplo viejas y otrora eficaces concepciones del Estado, del socialismo y hasta de las utopías. Vienen llegando, jóvenes, otras nuevas y mejores. La vida se encarga de eso como bien lo sabemos. O, mejor dicho: para que haya vida, tiene que pasar eso.

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