PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

Días de playa

Días de playa, cuando para llegar a la Ramírez había que cruzar el Parque Urbano, donde los sábados y domingos tocaba una banda en su glorieta. Otros acalorados vecinos llegaban en los tranvías de la Sociedad Comercial o La Transatlántica que bajaban por la calle Jackson. Todos iban muy vestidos con medias, zapatos, livianos trajes de verano y elegantes gorras o ranchos de paja. Al llegar a esa Ramírez de los años 20, los vecinos se dirigían a la zona de casillas que existía cerca de las rocas y enfrente a un enorme predio donde muchas décadas después se levantaría el Teatro de Verano. En la íntima y amarillenta penumbra por el color de la tela de esas carpas, todos se cambiaban y vestían los largos y púdicos trajes de baño. Como la Ramírez, a diferencia de las otras playas como la Capurro, no tenía zona de baño dividida por sexos, la mayoría de las damas se quedaban vestidas con frescas blusas y largas polleras y apenas se quitaban el calzado. Sólo algunas extranjeras, polacas o alemanas, se colocaban unas mallas de tela que las cubrían íntegramente pero mostraban sus relieves y pantorrillas, lo que aceleraba la taquicardia de los caballeros de engominados bigotitos.

Por la playa de Los Pocitos, las familias rodeaban al aristocrático hotel con sus terrazas y una pendiente de madera que llegaba casi a la orilla. Entre esas numerosas proles y clanes andaban los pobres mozos con zapatos de charol y corbata de moñita. Servían jarras de jugos de frutas y a veces en algunas copas, a pedido de muy serios caballeros, echaban un chorrito de gin con una petaquita que llevaban en un bolsillo de sus blanquísimos sacos.

Las playas Malvín y Carrasco tenían fama de ser casi exclusivas para los deportistas. Como no concurrían damas, se podía ver audaces camisetas a rayas de las cuales asomaban pelos y músculos. Un personaje de esas playas fue el músico Pintín Castellanos, un bohemio fanático de la natación. La playa Honda y también el Buceo se rodeaban de misterios y leyendas porque habían sido protagonistas de peligrosos desafíos entre nadadores que terminaron con la vida de muchos de esos caballeros. En el otro extremo de la ciudad estaba la playita Capurro, la coqueta, como le decían los muchachos de antes. Llegaban vecinos de las casonas del Prado y también de los barrios Bella Vista y Capurro. Para bañarse, por un lado entraban los hombres y por el otro, a veces en un carrito, las damiselas, que alejadas de las pícaras miradas se daban un rápido chapuzón. Luego se cambiaban en las casillas y a pasear con las tías y abuelas haciendo girar sus sombrillitas de mano enfrente al Parque Capurro, con su terraza hacia la playa llena de vecinos que disfrutaban del atardecer degustando empanadas de chorreante membrillo acompañadas por un helado té de Ceylán. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje