Entender
Un respetable lector se dirige a mí con escasa tolerancia actitud más extendida de lo que yo creía acusándome, a raíz de una reciente columna, de intenciones que sólo pueden existir en su imaginación.
No entendió mis reflexiones y asumo la responsabilidad. Con frecuencia, sea por una excesiva necesidad de síntesis, sea por la pobreza de mi escritura, ocurren ciertas interpretaciones erróneas que me conmueven. Días atrás me referí a la popularización del acceso a la actividad parlamentaria y la califiqué de paradójica: es, por un lado, esencialmente democrática y, por otro, encierra el riesgo del descenso de la calidad de su práctica.
Aunque el amable corresponsal no lo haya advertido, fue una generalización y ni me pasó por la mente relacionar este fenómeno, que nadie ignora, con partido político alguno ni negar las capacidades existentes, que no son pocas, aun entre aquellos a quienes falta experiencia o formación específica; acerca de estas capacidades he escrito antes en abundancia, como es fácil comprobar. Él interpreta lo contrario y me imputa, desde una notoria militancia y un notorio dogmatismo, el atrevimiento de «aterrorizarme porque en el Parlamento resuene la verdadera voz del pueblo».
No es su peor equivocación, porque además parece creer que el concepto de popularización se vincula con profesiones u oficios y que estos separan a buenos de malos; y entonces dice: «…supongo que se refiere sobre todo a la bancada del Frente Amplio, donde en lugar de abogados hay una predominancia de militantes sociales, sindicales, maestros, médicos, etcétera».
¡Pobres abogados, qué de palos siguen recibiendo! ¡Pobres bancadas de la oposición, donde también hay médicos, maestros, profesores y hasta granjeros!
Siempre he postulado que cada vez que un lector no entiende, o entiende mal, la culpa es de quien escribió el mensaje.
Perseveraré en mi esfuerzo por hacerlo mejor, aunque haya gente que me lo ponga difícil de verdad.
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