Escrito por: Por Antonio Pippo
Según Aldous Huxley, “el arte busca imponer un orden de belleza y forma significativas tanto sobre la realidad externa como dentro del propio artista; y en el sentido de que tiene en cuenta el mundo interior y el exterior, difiere notoriamente de la mayoría de las ciencias”.
Por eso, la psicología moderna aplica el aspecto catártico, terapéutico y reconstructivo del arte.
Preguntará usted, lector, de qué arte hablamos. Aun a riesgo de incurrir en una simplificación, sugiero que de todo aquel capaz de conmover, produciendo unas emociones benévolas. Si afinásemos la selección, sin desdeñar lo más general, nos hallaríamos ante un arte clásico que ha sobrevivido al tiempo y a las culturas: es el representado por las obras maestras de las distintas expresiones del hombre que, tal como sabemos, distan de ser infinitas.
Mirando alrededor, con espíritu crítico pero también compasivo, uno se siente tentado a decir que nuestra única esperanza de una vida más digna si por tal tenemos la creación de un hombre nuevo es el arte. Walt Whitman indicaba ingeniosamente el camino: “No somos mejores que vosotros. ¿Acaso suponéis que hay un solo Supremo? Puede haber innumerables y que uno no compense a otros y los ojos de uno no compensen los ojos de otro. Por tanto, acercaos a nosotros en igualdad de términos”.
Pues bien, la enseñanza de ese arte desde la escuela, concebida con un espíritu que no sé si he descrito con claridad, es una de las asignaturas pendientes de la educación nacional. Ignoro si entre la multitud de aportes que dejó el debate sobre la nueva ley educativa sobreviven ideas que se aproximen a esto. Ojalá.
A mi amigo Epifanio le costó dejar de chupar como un cosaco. Pero dejó. Fue desde el día en que le hicieron escuchar “El ocaso de los dioses” de Wagner, diciéndole que era un disco de Canaro. Lloró de felicidad sin ayuda de la grapa. Fue una sensación que tal vez no entendió jamás, pero que le cambió la vida.
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