La unidad de la Izquierta

Escrito por: Por Constanza Moreira Politóloga. Universidad de la República. Este espacio fue ocupado desde 1999 por los fermentales análisis de Hugo Cores.

Lunes 31 de diciembre de 2007 | 4:34
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Ante su ausencia es cubierto por Constanza Moreira como homenaje a su memoria y aporte al colectivo.

Mucho se ha hablado sobre el giro a la izquierda que se está registrando en varios países de América Latina, simultáneamente, en los últimos años. Venezuela, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia y Ecuador, harían parte de ese concierto. Mucho se ha discutido también sobre cuáles de estos gobiernos pueden ser calificados de “izquierda” propiamente dicha, en el sentido de que los partidos que los detentan correspondan a esa definición.

Y finalmente, mucho se ha discutido sobre si estas izquierdas son más bien “socialdemócratas” (en el sentido de una aceptación más o menos explícita del capitalismo) o apuestan más bien a un socialismo “tipo siglo XXI” (basados en una crítica al modelo capitalista de acumulación económica). Poco se ha discutido, en cambio, sobre si la unidad de la izquierda subyace o no a estos procesos, y a estos gobiernos. ¿Están todos los grupos, sectores y partidos de izquierda unidos en Argentina, en Bolivia, en Chile, o en Brasil? ¿Lo estaban antes de asumir el gobierno, y fue este proceso el que los diferenció, o nunca lo estuvieron? Las respuestas varían de país en país, y vale la pena repasarlas, porque Uruguay continúa siendo una excepción en este sentido.

El ejemplo quizá más notorio de un cambio en la representación de la izquierda entre un período (pre dictadura) y otro (post dictadura), es Chile. La Concertación que gobierna hoy es una alianza entre tres partidos que excluye al Partido Comunista, uno de los partidos clave en el proceso que lideró Allende. Además, dada la legislación electoral chilena, este partido ni siquiera tiene representación parlamentaria. Una situación muy diferente la conforma el caso brasileño. El PT, desde su origen, fue una creación política que no incorporó a los pequeños partidos ideológicos que ya existían en Brasil, y que fueron, durante una buena parte del siglo XX, ilegalizados. Dos vertientes distintas de izquierda existían cuando la creación del PT: la de los partidos comunistas (PCB y PCdoB) y la del Partido Democrático Trabalhista de Brizola. Sin embargo, en las cosas que importan, estos partidos en general han hecho coalición en el Parlamento, y cuando ganó Lula por primera vez, fueron parte de la base de la coalición gobernante. Una mención aparte merece el PSOL, una escisión posterior al inicio del primer gobierno Lula, cuyas principales figuras eran líderes del PT, y que fue uno de sus mayores críticos durante el anterior gobierno.

El caso argentino es bastante conocido para todos los uruguayos: la falta de un partido de izquierda autónomo y la diversificación de las opciones a la izquierda del sistema. No se generó una alternativa por izquierda con “vocación de masas”, al menos hasta la creación del Frente Grande en los años noventa. La alianza del Frepaso con la Unión Cívica Radical, y el fracaso del gobierno de De la Rúa, parecieron enterrar por algún tiempo las expectativas de una izquierda autónoma de los viejos partidos argentinos. Los casos de Bolivia, Ecuador y Venezuela merecen una consideración aparte, ya que el viejo sistema de partidos en esos tres países parece haberse derrumbado completamente. De los tres casos, Bolivia es el que ejemplifica la construcción de un partido de izquierda en clave más clásica (el Movimiento al Socialismo), aunque la mezcla del indigenismo con la cultura sindical de base minera sigue constituyendo una innovación en cualquier formato de las izquierdas clásicas. En Ecuador, Correa enfrentará el desafío de construir un partido, y al igual que en Venezuela, la figura presidencial representa en forma más cabal que los partidos de base la alternativa ideológica. De hecho, en Venezuela el propio Movimiento Quinta República (de Chávez) está en proceso de recomposición. En ambos países, además, existen izquierdas críticas al actual proceso.

Puestas así las cosas, resta un proceso en América Latina donde aún sobrevive la unidad de la izquierda: Uruguay. Esta sobrevivencia es fruto de la propia creación del Frente Amplio como partido, ya que la misma registra, como en ningún otro país de América Latina, la unión de todas las opciones del centro hasta la izquierda del sistema. Pero esta sobrevivencia muestra además el propio proceso de la izquierda uruguaya en el proceso democrático que se inicia con la dictadura. Aquí dos movimientos son resaltables. El primero es la incorporación de la vieja “izquierda armada” al partido Frente Amplio. El segundo es la incorporación al mismo de escisiones de los partidos tradicionales (como el proceso que dio lugar al lema Encuentro Progresista) o de cuartos partidos (como el Nuevo Espacio).

Con la llegada al gobierno, algunos partidos (claramente el PT) sufrieron escisiones por izquierda. Muchos pensaron que en Uruguay podía darse un proceso similar, aunque el antecedente histórico, la escisión del PGP en 1989, había sido más por centro que por derecha. Las razones para que no se haya producido refieren a varios factores, uno de los cuales es sin duda la experiencia histórica, que evidenció el escaso espacio político que en Uruguay tienen las cuartas opciones (como lo mostró la experiencia del PGP, Nuevo Espacio y la reciente votación del Partido Independiente).

Actualmente, además, con la baja votación del Partido Colorado se percibe el riesgo de perder un espacio electoralmente significativo para terceras opciones, dada la polarización ideológica que caracteriza a nuestro sistema político. Pero hay otras razones menos vinculadas al cálculo político (de lo que se gana y se pierde yéndose de un partido) y más vinculadas a cuestiones idiosincráticas de la cultura de la izquierda. Una primera es la forma en que el Frente Amplio generó su propia identidad como partido. Una identidad que se fue trasmitiendo de generación en generación y que reproduce las lealtades de la izquierda, como se reproducen los afectos en una familia, más allá de sus formulaciones ideológicas abstractas. Y estas identidades tienen un componente subjetivo, emocional y distintivo, capaz de hacerle frente a muchas desilusiones (como las que inevitablemente enfrenta buena parte de las bases cuando su partido llega al gobierno).

La segunda tiene que ver con la cultura política de Uruguay. La izquierda llega al gobierno no sólo por sus virtudes como organización política, sino porque de algún modo la cultura política de Uruguay se va volviendo de izquierda, y en un sentido muy uruguayo. Los valores vinculados a la defensa de las instituciones públicas, el rol del Estado (el famoso “estatismo” uruguayo) y la defensa de la igualdad entre las personas, son mejor representadas por la izquierda que por los partidos tradicionales. Es más, la llegada de la izquierda al gobierno ha tendido a reforzar estos valores y actitudes, como muestran las encuestas de cultura política recientes. Mezcla de primer batllismo, sindicalismo de post guerra e izquierda de los sesenta, esta amalgama cultural ha probado tener gran capacidad de sobrevivencia y penetración en la sociedad uruguaya.

Puestas así las cosas, y de cara a los procesos “de selección” que tendrán lugar el próximo año en todos los partidos uruguayos, dado el advenimiento del nuevo ciclo electoral, la unidad de la izquierda deberá ser un valor a conservar, en cualquier hipótesis. Y para ello, contará con no pocos resguardos, y una tradición ya cimentada.

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